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Laredo
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Muñeca
Tenía la fe perdida; él mismo me lo dijo. Por más esfuerzos que hago no logro recordarlo; yo tenía tres años cuando murió. Cuenta mamá que era guapo, simpático, elocuente, alegre y, además, poeta. Por ser el hermano que más se aproximaba a ella en edad, lo adoraba. Dice, también, que su esposa lo idolatraba y que toda la familia lo quería mucho, así que no me explico cómo rodeado de tanto cariño pudo perder la fe; él así lo afirma en aquellos versos que para mí escribió al conocerme.
Eres tan bella, sobrina mía
Que no pareces criatura humana
Pues en el cielo, de querubines
Serías la reina, la soberana
Raudal de encantos es tu sonrisa
Y en esos ojos color de cielo
Hay mil reflejos que dan la vida
Y hacen que olviden su desconsuelo
Los que tenemos la fe perdida.
Hoy creo en ángeles te lo juro
Pues de ellos eres reflejo fiel
Eres tan bella que no te pintan
Ni Víctor Hugo, ni Rafael
Tu tío que te quiere, Guadalupe de la Garza
Tú, precisamente tú
Está tan nuevecito que me dan ganas de envolverlo como un vistoso regalo. Pero, ¿qué papel escogería?, ¿cuál será digno de tal presente?, ¿el fino de china con su tímido crujir?, ¿el brillante celofán con su reveladora transparencia?, ¿el elegante dorado con su regia apariencia? o ¿el de esta carta escrita para ti?
¡Y estabas envuelta en brillante papel celofán! Al menos así debe haberle parecido a mi entonces borrosa visión; debo haberte contemplado con asombro y haber dormido tranquila en tus brazos que para mí formaban cuna, refugio y todo.
Ahora, treinta y ocho años después, copio los mismos versos. ¡Sí!, aquéllos que tanto me gustaban y que alguien escribió en tu pequeño libro de dedicatorias:
Caiga del cielo como lluvia de oro, la bendición de Dios sobre tu frente
En este día, en que por ser el que dirige la marcha que han de seguirle los demás del año, parece distinto, pero mis oraciones son las mismas, pues doy gracias a Dios, como siempre, de que entre todos los millones de madres que ha puesto sobre la Tierra me tocaste tú, precisamente tú; con tu inteligencia, belleza, temple, hermosa disposición, alegría, fineza, distinciones y lindo carácter.
Tú, precisamente tú. ¡Mi mami chula!
En el cielo
En esos días Rodolfo, mi hermano mayor, cavilaba taciturno. Retraído y callado encerraba dentro de sí un mundo de pensamientos de duda, inquietud, alarma y ansiedad.
Revestía extraordinaria seriedad para sus catorce años y razonaba como un adulto, por lo que a los seis años, que mediaban entre nosotros, se tendían como un puente entre los dos. Yo lo miraba largamente y él, sin evadir mi mirada, escudriñaba mis ojos queriendo encontrar reflejado un entendimiento paralelo al suyo, que pudiera comprenderlo y con quien él comentara sus temores. Pero, ¡ay!, mi risa infantil hacía que el puente se extendiera y que mi hermano quedara solo en mi compañía.
Aunque desconocíamos el trágico epílogo a aquella noche espantosa, coincidíamos en pensar que eran tristes las circunstancias que rodeaban nuestra estancia en San Antonio, Texas. Nos habían mandado allí, a casa de mi tía Adelaida, a convalecer por una larga temporada de dos meses, él de una apendicetomía y yo de una pulmonía doble, mientras papá, así lo creíamos, seguía en el sanatorio en Monterrey, muy delicado.
Yo, en ratos, me divertía animada por la presencia de mi madrina, quien siempre solícita y cariñosa barnizaba a la casa ajena con un toque maternal y hogareño. Él, a veces, viéndome contenta, bromeaba conmigo, para que yo, que en todo trataba de imitarlo, no me contagiara del constante estado de preocupación, del cual él no podía desprenderse. Seguía ensimismado, con el ceño fruncido, intuyendo que algo terrible, que no habían querido comunicarnos, había ocurrido.
Viéndome seria y circunspecta una vez, y desesperado de no tener con quien compartir sus inquietudes, cruzó el puente y me dijo con amargura:
-Algo pasa, ¿no ves que papá no nos escribe?
Yo misma había preguntado a mi madrina en más de una ocasión:
-¿Por qué papá no nos escribe? Y ahora me sentí inteligente, casi como él, al poder contestarle con lógica prestada, lo mismo que a mí me respondía mi madrina:
-No les escribe porque tiene las manos heridas.
Demasiado bien sabía mi hermano que papá, desde aquella noche de pesadilla, tenía las manos heridas, pero algo dentro de él gritaba, con el grito estridente de la rebelión, con el sentimiento desesperado de la injusticia:
-¿Por qué? ¿Por qué tenía las manos heridas él, que jamás las había levantado contra nadie?
¿Por qué había estallado contra él la violencia si era incapaz de violentarse? ¿Por qué el destino implacable había apostado tan cruel emboscada en su camino, si él lo recorría alegre y confiado?
Han transcurrido los años y jamás hemos encontrado respuesta a esas preguntas. Persiste el grito de rebelión, anida aún el sentimiento de injusticia, pero a otra pregunta, a aquella de ¿por qué papá no nos escribe?, a ésa sí encontramos desconsoladora respuesta a nuestro regreso a casa, cuando mamá, con la voz entrecortada por los sollozos nos dijo:
-Su padre... en el cielo.
Papá no nos había escrito porque aún antes de emprender nosotros el viaje, sus manos heridas, aquellas manos que jamás se levantaron contra nadie, habían quedado inmóviles... ¡Para siempre!
Mi Nochebuena
Otra vez florecieron este año para ti.
En el otoño cuando las hojas, que sin piedad desechan los árboles, forman en el suelo una crujiente y dorada alfombra, ellas ya lucen su roja, vívida y desafiante belleza, que contrastan con las hojas caídas, simbolizando unas la vida y otras la muerte.
Yo sé que ellas florecen para ti y que la Navidad en que llegaste se engalanó para recibirte.
Se me antojan sus pétalos desiguales como rojo terciopelo al capricho recortado; no sé por qué me parecen lágrimas de sangre vertidas, uñas pintadas de carmesí o angostas lenguas de fuego.
Las nochebuenas florecen cada año para ti; pero en mi corazón, al que quiero imaginar también como rojo terciopelo, florece siempre para ti, mi dulce hermana, mi cariño.
El cartón de chicles
Así al verlo parecía como cualquier otro día frío de noviembre allá en mi tierra. Pero era una fecha muy especial. ¡Era el 25 de noviembre de 1935 y yo cumplía diez años! Me sentía entusiasmada porque el número de mis años iba a constar de dos cifras y eso me confería, de por sí, cierta importancia. Sin embargo, mi principal pensamiento -iba enfocado hacia aquello.
¡Dios mío! Ya voy a tener -diez años. ¡Qué no vuelva a sucederme eso!
les viene de-decía mamá-Eso la familia de tu papá. Algunas de mis cuñadas se mojaban ya muy grandes.
Yo no quería nunca más ese vergonzoso y húmedo despertar de los cuales mi madrina festivamente sacaba las ropas mojadas, hacía la cama y como quien dice: aquí no ha pasado nada.
Al abrir los ojos y ver el vestido a rayas de colores me pareció un enorme caramelo, que mi madrina me había confeccionado para ese día. Recuerdo también con agrado el crujir del papel de china que rompí para abrir un regalo cuyo contenido ya olvidé.
Yo ya estaba vestida de caramelo cuando entraste a felicitarme con una sonrisa en tus labios y en tus manos un cartón que era mi regalo y que decía
J O S E F I N A
10
Las letras estaban con gran cuidado formadas con chicles de a centavo, que habías pegado con engrudo al cartón. ¡Te recuerdo tan bien! Te veías tan delgado y tan contento de ver mi cara iluminada por la sorpresa.
Aún ahora me embarga, como entonces, la emoción al pensar en aquel delgado niño de doce años que invirtió, desde tiempo antes, sus quintos en chicles para formar con ellos, sin que ella se percatara, el regalo de cumpleaños de su hermanita
Mi nombre lucía vistoso y -tan brillante como si hubiera estado en una marquesina.
¿Me das un chicle?
Bueno.
Así que los chicles los mascamos y tal vez algunos de ellos los pegamos indebidamente debajo de la mesa del comedor; los envoltorios multicolores que le daban a mi nombre un aspecto festivo y alegre los tiramos, y el cartón, cuando al fin quedó desposeído de todos los chicles, fue a dar a la basura, pero el recuerdo de ese regalo y de ese niño sensible y cariñoso perdura intacto, así...
¡No pensaste, querido Wicho, después de pegar con maravillosa paciencia los chicles a aquel cartón, que esa mañana me presentabas un regalo eterno! Sí, cada día de mi cumpleaños te veo entrando, delgado y contento, con una sonrisa en los labios, y en las manos... tu original presente.
J O S E F I N A
10
Homerito, ¡ven a jugar!
No jugaba como un niño de seis años, pero hay que ver que él no era como otros de su edad. Ellos sí tenían papá.
De un zarpazo injusto y cruel el destino le arrebató al hombre alegre y bondadoso a quien él llamaba papá, y quien le brindaba cariño, protección y apoyo.
Ven a jugar, Homero.
Al rato.
Mientras recordaba aquellos mediodías no lejanos en que él acostumbraba sentarse a la puerta del jardín de su casa y desde allí divisaba la calle polvorienta. El sol hacía que su cabello rubio lanzara destellos dorados y el polvo que a veces levantaba lo hacía entrecerrar los ojos, pero él permanecía firme en su puesto escudriñando la polvorienta calle hasta que al fin lo veía, casi lo adivinaba. ¡Conocía tan bien sus pasos! Entonces, corría ligero y risueño a encontrarlo.
A veces los pasos del hombre alto parecían un poco cansados, pero sus ojos nunca. Eran ojos alegres, traviesos, como de niño divertido. Lo alzaba en brazos y así caminaba con él hacia la casa. Le gustaba tanto tener su cara al nivel de la de su padre, pues así lo contemplaba a la perfección. Sus ojos claros le parecían amarillos, con rajitas verde y café, y a veces, café con rayitas verde y amarillo. Su piel sonrosada era iluminada por dentro y su mirada traslucía su cariño, pues no podía negarse que tenía cierta predilección entre sus hijos varones por Homero, su más pequeño hijo; pero es que era tan noble y bueno su chiquito. ¿Le recordaría tal vez a sí mismo?
Muchas veces el niño de cabellos de oro se sentaba a esperar a su papá acompañado de su hermanita, entonces, eran dos los que corrían a encontrarlo y era a dos a quienes su papá cargaba, a pesar de que su hermana tenía ocho años. El hombre alto los levantaba con facilidad, para eso estaba tan fuerte, para eso estaba tan saludable, para eso estaba tan lleno de vida.
¿De vida? Pero ahora esa vida se había truncado y sólo quedaba.... ¡aquella tumba! Su mamá lo llevó junto con sus cuatro hermanos mayores al cementerio y entre otras muchas tumbas, estaba la de su padre. La lápida tenía cuatro argollas doradas que refulgían con el sol, como su pelo cuando esperaba su llegada.
¡Las argollas! Empezó a jalarlas con fuerza hasta que sus manitas se terminaron rojas.
-¿Qué haces, Ángel mío?
-Quiero sacar a papá.
Sí, extrañaba al hombre grande, alegre, risueño, bondadoso y cariñoso junto a quien él se sentía amado, apoyado, protegido...
Pero nunca más volvería a verlo, por más que escudriñaba la calle polvorienta siempre permaneció solitaria, hueca, vacía... Pasarían otros hombres, muchos, pero nunca más aquél que lo alzaba fácilmente en sus brazos. Esto pensaba mientras lo llamaban:
-Homerito, ven a jugar.
Minina
Era blanca y tan pequeña, parecía un juguete. Yo la llamaba Minina.
Me la regalaron en una caja de zapatos aquella noche en que fuimos mamá y yo a ver a Chela batir la mantequilla. Ése era un número en una fiesta de la escuela de San Agustín en Laredo, Texas; Chela llevaba un vestido rosa y una pala de madera con la que simulaba batir mantequilla.
No sé si no pudimos comprar los boletos o si simplemente llegamos tarde, pero el caso es que lo que vimos de la fiesta fue a través de una ventana del auditorio. La ventana tenía tela de y a mí me raspaba-y la gente-alambre para evitar que se metieran los insectos la tela en la nariz a fuerza de acercarme para ver mejor. El escenario estaba lleno de niñas, todas de rosa, todas con palas en las manos, todas sin rostro, menos una que era a la que yo nomás miraba, a mi hermana batiendo la imaginaria mantequilla.
Al terminar la fiesta encontramos en el patio de la escuela a esa prima de mamá que ella tanto quería, pero que a mí me parecía muy petulante.
Se compró zapatos antes de pensé mirándole insistentemente los pies y luego la caja de zapatos que-venir, -en la mano traía.
me preguntó.-¿La quieres?
Al destapar la caja vi, con asombro, a aquella hermosa ratita blanca, Mirándome inteligentemente con sus extraños ojos color de rosa.
Al verme tan encantada no se atrevió mamá a negarme el permiso de tenerla. Y así, sin necesidad de pasaporte, cruzó Minina conmigo al lado mexicano y fue a sentar sus reales en un cuartito de triques que en el patio de la casa teníamos.
Pronto aprendió a conocer mi voz y al oírme llamarla Minina, salía corriendo y se paraba frente a mí, que de rodillas le ofrecía pan que ella tomaba graciosamente con sus manitas, causándome gran alegría. ¡Qué feliz era yo con mi Minina!
Apenas llegaba de la escuela corría a verla. Pero luego sucedió algo terrible, increíble, espantoso. Minina, mi dulce ratita, alba y linda, inteligente y graciosa, se convirtió en despiadada asesina. Junto del cuarto de los triques tenía mamá un gallinero, que no tenía gallinas, sino palomas. Parece ser que por las noches, Minina incursionaba al gallinero y mataba, ¡sí!, mataba a los tiernos pichoncitos.
Mamá dictó la sentencia que yo, llorosa, hube de obedecer.
Armonizaba con sus ojos el listón color de rosa, con el cual la adorné al despedirme con tristeza. Con la esperanza de seguir viéndola, la regalé a una amiguita que vivía frente a mi casa, pero, ¡ay!, a ella tampoco le permitieron tenerla y a su vez la regaló a unas primas que vivían fuera de Nuevo Laredo.
Jamás volví a ver a Minina, la hermosa ratita blanca que conocía mi voz y corría presurosa a encontrarme cuando yo la llamaba.
¡Minina!
The Easter Parade
Confeccionar ese modelo resultaba difícil, aún para mi madrina. La tela carecía de belleza en su contextura, en el color, en el estampado... era de seda azul, resbalosa como pescado. La compré una aburrida tarde que después de ver telas y más telas ya todas bailaban ante mis ojos como loco carrusel. Ya ninguna me gustaba y el escogerla cesó de ser un gusto, para convertirse en apremiante molestia.
Pero... había que estrenar ¡No todas las muchachas estrenan el Domingo de Pascua! The Easter Parade lo llaman nuestros buenos vecinos, ya que en Estados Unidos toda la gente estrena ese día y al salir las familias rumbo a sus respectivas iglesias o templos forman un verdadero desfile, luciendo sus nuevos atuendos.
Yo ansiaba ser parte de ese desfile desde que una vez, siendo niña, vi en un Domingo de Resurrección a una muchacha luciendo muy elegante, ataviada con un vestido y sombrero en color verde limón. Con la escurridiza tela entre mis manos no podía menos de pensar que jamás podría lucir elegante como ella, como aquella muchacha vestida en verde limón. Así, que, para compensar la falta de atractivos en la tela y, ¿por qué no decirlo? Tal vez en mí misma, también escogí una moda complicada. Era de dos piezas y llevaba cordoncitos forrados de la misma tela, entrelazados, adornaba el cuello, las mangas y la orilla del saco.
A mi madrina le gustó la moda, por difícil, porque sabía que saldría airosa en la empresa de confeccionarla.
Luego, salió a colación el baile del entonces Sábado de Gloria, para el cual ella pensó en reformarme un vestido de baile.
Si quieres estrenar para el me dijo.-baile, no podré terminarte el vestido para el domingo
No le hace, madrinita le respondí.
Y fue así como el vestido azul quedó relegado en un cajón del chiffonier y de las manos de ella surgía orgulloso el renovado y vaporoso vestido de baile. Envolviéndome con su cariño me despidió cuando me fui al baile.
Los detalles del baile escaparon de mi memoria, pero cual alhaja cuidadosamente guardada conservo el recuerdo del regreso a casa. ¡Allí estaba! Terminado, embellecido por sus manos, el vestido azul de seda estampada. Fui a verla, ella dormía... la contemplé con ternura. ¿Y ahora? Duerme también, en el cementerio de su pueblo rodeado de cerros, tranquila, serena, el lugar ideal para dormir el sueño eterno.
Gracias, madrinita, por el vestido azul estampado y por tantas cosas más...
¿Quiere bailar, señorita?
¿Quién es ese muchacho que está allí?
No sé, Muñequita.
¿Quiere bailar, señorita?
Ni tu ni yo imaginamos que a esas preguntas, un tanto casuales, iba a seguir al cabo de poco tiempo otra pregunta, de importancia tal que a los tres meses de nuestro encuentro nos encontraríamos arrodillados frente al altar, en el mismo donde casi veintinueve años antes se habían jurado amor eterno mamá y papá.
Y de allí, de la misma iglesia de la cual salí en brazos de mi madrina de bautizo y unos años después, pálida y mareada sosteniendo mi vela de primera comunión y tratando de no pisarme el blanco vestido de organdí, salí ahora apoyada confiadamente en tu brazo que jamás me ha fallado.
¡Quién lo hubiera creído cuando pregunté!
¿Quién es ese muchacho que está allí?
Y tú.
¿Quiere bailar, señorita?
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Orizaba
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Primavera en Orizaba
En esta linda ciudad de las aguas alegres le sucedió a la primavera lo que a una ilusionada quinceañera en su propia fiesta; ella pensaba brillar como una estrella, pero quedó relegada sin recibir los honores esperados y sin ocupar el sitio de distinción que le correspondía, pues a pesar de su cuidadoso y costoso atavío no repararon en ella los desatentos invitados; quedó triste y desairada.
Así le aconteció este año a la tibia primavera. El día que se aprestaba engalanada a hacer su aparición deslumbrante la desplazó la fina lluvia, que en esa forma poco amable, quiso darle a entender de una vez por todas que es ella reina y señora de esta ciudad.
La lluvia vistió también para ese día sus galas mejores, apareció ataviada con gasas transparentes y suaves. Roció las calles con su frescura, hizo brillar los tejados descoloridos y cayó como tenue susurro sobre la entristecida Orizaba.
Despreciada y ofendida se retiró la primavera, su traje que tanto la entusiasmara dejó de parecerle hermoso. Se limitó desde un rincón, a ver la lluvia lucirse, recrearse y reinar sobre ésta, mi muy querida Pluviosilla.
No te alejes, linda primavera, ya se cansará la lluvia de danzar, se tornará taciturna y entonces tú podrás hacer tu entrada triunfal y serás recibida con júbilo y entusiasmo. No deseches tu traje primoroso que tú también vas a reinar.
Tu llanto
Iba a ser el momento más maravilloso de mi existencia, el que con gran ilusión esperaba, y ahora, que finalmente había llegado, yo me encontraba francamente aterrada.
-¿Por qué no llora el niño?, mamá -pregunté ansiosa desde la mesa de la sala de maternidad, mirando con desesperación cómo yacías, a tu vez sobre una mesa, las piernas y brazos colgando al lado de tu morado cuerpecito, como un pequeño muñeco de trapo.
-Es que -respondió mamá aparentando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir- no todos lloran al nacer, algunos tardan un rato.
¡Un rato! En las películas que yo había visto no tardaban un rato, les daban una nalgadita y lloraban de inmediato, pero en ti, mi primogénito, la vida no alentaba y la ausencia de tu llanto marcaba un ominoso compás de angustia que a cada segundo se agigantaba.
Mientras tu papá, a pesar de que la angustia lo aprisionaba en tan cruciales instantes, cogía el extractor de flemas sin perder el aplomo, yo pensaba en los meses de espera durante los cuales alegre e ilusionada preparaba tu ropita y, sobre todo, en el mes último, en el cual tu papá y yo parecíamos no tener otro tópico de conversación sino el del día cercano en que llegarías, convirtiéndonos en papás.
Me caían tan en gracia tus movimientos en el claustro materno, primero casi imperceptibles, como tenues cosquillas y luego, ¡qué va!, eran fuertes pataditas y bruscos cambios de posición que ejecutabas con entera confianza, al fin se trataba de tu mamá.
Después de estar unidos por nueve meses soñaba con verte, pero ahora que al fin podía hacerlo, mi mirada maternal observaba tristemente que ya n te movías como antes; que ahora.... ¡yacías inmóvil!
-!Pobres!, tan ilusionados que estaban -pensaría mamá.
Cuando un llanto de recién nacido, tu llanto primero, resonó en la sala haciendo que todos, incluyendo al doctor y las enfermeras, lanzáramos un suspiro de alivio y que, como por encanto, se desvaneciera el fantasma ominoso que unos segundos antes presagiaba una tragedia. Tu papá había logrado extraer las flemas que en tu garganta formaban para ti una barrera infranqueable ante la vida.
Ahora, que a los catorce años estás tan fuerte, que me levantas con tal facilidad, como si fuera yo una muñeca de trapo, pienso en aquel día, en que morado, pequeñito e inmóvil te vi por primera vez y en que tu papá, con la ayuda de Dios, pudo derrumbar la muralla que te separaba de la vida... y de nosotros.
Tu sonrisa
-A éste, meterlo de político, -dijo tu tío Luis, mirándote complacido- con esa sonrisa ganaría todos los votos.
Hay que ver que mi primo Louie nació y ha vivido siempre en Estados Unidos, por eso se expresa así respecto a los votos, ya que en nuestro país no se rige la votación por simpatía ni sonrisas, sino por el PRIoridad, pero bueno, no es mi intención hablar de política, que de eso, después de todo, yo nada sé. Mi propósito es en realidad escribir de algo que ilumina mi vida, tu sonrisa.
Sonrisa rompe hielo, la llama tu tío Homero.
-Ricardito, sólo con sonreír, hace amigos -dijo nuestro exvecino, el señor Job Días.
-Yo creía que la sonrisa de Ricardito era sólo eso, una bella sonrisa, pero no, es un destello de su natural bondad, -señaló tu padrino Rodolfo.
-Tienes una sonrisa de un millón de dólares -comentó tu papá.
Sí, mi Ricardito, resplandeces cuando sonríes y aún cuando dormido te hablo sonríes dulcemente al oír mi voz, como lo hacías cuando eras un bebé de tan sólo tres meses.
Hoy que estás lejos y no puedo verte, evoco tu cara risueña cuando llegas de la escuela. Y yo te digo.
-!Ricardito! ¡Ya llegaste!
¡Amorosas Mañanitas!
Estas son las mañanitas que cantaba el rey David, hoy por ser día de tu santo te las cantamos así
Hoy a las tres de la mañana dormíamos profundamente tu papá y yo, cuando llegó a nuestros oídos una vocecita cantando las clásicas Mañanitas.
Eras tú, Chelita, mi linda morenita de seis años que anoche antes de dormirte me dijiste:
-Déjame el regalito que te voy a dar donde lo alcance, porque yo me quiero levantar cuando este oscuro y tú estés todavía dormida, para cantarte las Mañanitas. Dice la marde Lupita que la niña que no le cante las Mañanitas a su mamá es que no la quiere.
Me invadió una oleada de ternura al contemplarte con tu piyamita, tus pomposamente llamadas pantuflas que no son otra cosa que un par de zapatitos viejos, que con gran cuidado dejas a un lado de tu cama cuando te acuestas, y tu regalito en la mano. Tenías los ojitos hinchados de sueño, pero con un brillo especial. Te acompañaba Sylvia Rosa, aunque no se unió a tu canto, tal vez por el sueño que la vencía. Ahí el regalo, era una graciosa charola hecha de una tapa de caja de zapatos, con una tarjetita pegada que dice: Mami
-También un lindo alfiletero -me dijiste-, para tus agujas, mamacita.
Siempre me dices mamacita, aún cuando empezaste a hablar. Mamacita, me decías poniendo toda tu alma en esa sola palabra cariñosa y ha sido tu dulzura, día con día, para mí como constantes y amorosas mañanitas.
Mi descontenta princesita
-¿Cómo le haré para no cumplir diez años, mami? -me preguntaste hace días, la víspera de tu décimo cumpleaños-, yo quiero ser siempre chiquita, quiero tener siempre nueve años.
-!Ay! Sylvia Rosa, no digas eso, sólo los que se mueren no cumplen años nunca más, -te contesté un tanto sorprendida.
Y de veras Theyll never be old, dice en un monumento a los soldados caídos de la Segunda Guerra Mundial. Los que mueren jóvenes nunca serán viejos y los bebés, los que se van del mundo antes de conocerlo, no llegan a ser ni jóvenes siquiera.
Me da tanta tristeza esas tiernas vidas que al ser truncadas cercenan dolorosamente las ilusiones que en torno a ellas, con amor, habían tejido sus padres.
Así que, Sylvia Rosa, debe gustarte cumplir años, pues cada edad tiene particular encanto. Ahora de niña juegas, brincas a la cuerda, lees cuentos, te diviertes, a veces te aburres también.
Otras veces me dices: Ya me dio el histeric, mami. Así le llamas tú a ponerte nerviosa, expresión que adoptaste desde que te platiqué algo sobre la exaltada Lise de Dostoyevsky en Los Hermanos Karamásov.
Así van pasando los días de tu niñez rodeada de cariño, luego serás jovencita, la cuerda de saltar quedará relegada y otras cosas cautivarán tu encanto. Te gustarán los bailes, los paseos y también, sí, ya me parece verte ruborizarte al oír esto, también los muchachos. Comenzarás por pensar: ¡Qué guapo es ese muchacho, antes no me había fijado!
Serás después, tal vez, novia enamorada bordando primorosos sueños, y, si se cumple en ti el destino que debería ser el de todas las mujeres, también esposa y madre. Todas las épocas de la vida, recuérdalo, pueden ser hermosas si tú sabes disfrutarlas. Si procuras que ésa, precisamente la que estás viviendo, sea la mejor.
Amado Nervo, nuestro insigne poeta escribió estos versos que tanto me gustan:
Porque veo al final de mi rudo camino
Que yo fui el arquitecto de mi propio destino
Que si extraje hiel o miel de las cosas
Fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas
Cuando planté rosales, coseché siempre rosas
Así, mi descontenta princesita, vive satisfecha, disfruta el momento presente y, como hizo el poeta, ponle miel a las cosas, planta rosales y... ¡cosecharás rosas!
Canta, Linda, canta
Te gusta cantar cuando te duermes:
Un barquito de cáscara de nuez,
adornado por velas de papel,
se hizo hoy a la mar
para lejos llevar gotitas doradas de miel.
-Mamacita, dile a Linda que se calle, no deja dormir -protestan tus hermanas desde su recámara.
Pero no se puede callar tu alegría. Sería tanto como pedirle a un pájaro que no cante.
-Canta más quedito, Linda -te digo.
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Viajes
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Las nubes
Hoy emprendimos Eduardo y yo un viaje de Orizaba a México llevando dentro del coche, además de nuestros seis menores hijos de uno a once años y a la sirvienta, una bolsa de ixtle con pañales, una canasta con botellas y todo lo necesario para prepararlas, una caja con sandwiches, tortas, pambazos, frutas y dulces, algo así como para una piñata.
El camino pintoresco. Los cerros de un color verde pálido están plácidamente recostados en el paisaje. Veo una casa tan pequeña, parece de muñecas. Se ve tan linda, pero de cerca y por dentro cómo será.
-!Mira, Jose! -Eduardo me dijo- llevan a enterrar un niño.
Por el cristal posterior del automóvil, cual si se tratara de un cuadro, vi el doliente cortejo con las figuras recortadas, resaltando sobre el camión con una extraña y austera dignidad.
Adelante iban unas niñas descalzas tapadas con sus rebozos, con las manos juntas apretando unas flores, tristes, llorosas. Muy derechas, se movían con lentitud, con unción, como si fueran a ofrecer flores a la virgen en un día de mayo. El ataúd era blanco y pequeño, forrado de brillante seda acojinada. Lo llevaban alto y al moverse pausadamente me parecía, desde el coche, que mecían al niño por última vez.
La indigencia de los escasos dolientes me hizo suponer que la seda nunca rozó en vida el tierno cuerpecito del niño, que tal vez carecía de zapatos y las piedras impías herían sus piececitos desnudos y que es posible, que en su anual recorrido, se olvidaran de él los Santos Reyes.
¡Qué pena siento por ese niño que ya no ve como yo los cerros! Pero, ¿qué pasa? Ya los cerros no son de color verde pálido, se han tornado azules, como recortados de cristal, con serena majestuosidad. El límpido cielo permite que las nubes se deslicen juguetonas formando caprichosas figuras.
La que está frente a mí, ¡oh!, es una nube fuera de temporada porque es exactamente un trineo; la Navidad ya pasó. Me recuerda algunas tiendas de Orizaba que dejan los adornos navideños hasta junio y en los aparadores permanecen, con terquedad adheridas, ya sucios y feos como moscas, los algodones que ponen simulando una nieve que en Orizaba nunca vemos.
Ahora veo unas noches deslucidas pero bellas como esa gente que no tiene gran personalidad, pero encierran bellos sentimientos. A los lados hay otras nubes, altas, todas iguales, flanqueando nuestro paso como si nos dieran honores.
La nube que está ahora enfrente parece, !sí!, parece un blanco ataúd acojinado.
Continúa el viaje, el camino, el paisaje; siguen las nubes caprichosas como las que he visto, la primera formando un precioso trineo, luego las tímidas desvanecidas, después las majestuosas figuras blancas formando valla a nuestro paso y por fin la que parecía el albo ataúd del niño a quien, tal vez, jamás visitaron los Santos Reyes.
Rebanadas de sandía
-Me dan ganas de llorar -les dije ayer en camino de Orizaba a México a mis hijas-, al pensar que no viene Lucerito. Hubieran disfrutado tanto las cuatro primas, de edades aproximadas, jugando juntas en la playa. ¡Casi me las imaginaba!
Pero con su mirada de infantil asombro, los ojos de Lucerito, brillantes, melosos, increíblemente grandes, sombreados por largas y tupidas pestañas, nos esperaban en México para viajar con nosotros a la playa.
Gloria me entregó una carta de Chela que decía: Te encargo a mis chiquitas, una apacible y la otra revoltosa, una segura de sí misma y la otra...
Iniciamos la segunda etapa de nuestro viaje, de México a Acapulco. ¡Qué distinto al agradable frescor del viaje de ayer! Ahora el calor era sofocante, agobiante, abrumador, como si estuviéramos entre dos planchas, Me parecía un mediodía estival en el Puente Internacional, entre los dos Laredos, sólo que este era un puente interminable, asfixiante...
-Quisiera salir de este horno, quisiera estar en mi casa, -pensaba.
Comparado con la exuberante vegetación de Veracruz, este camino resultaba desprovisto de colorido.
-!Mira! Allí hay sandías -dijo Mami.
Y como un oasis nos pareció refrescarnos con las rojas y jugosas rebanadas de sandía, que además de los mucho que me gustan me recuerdan a mi lejana y extremosa tierra.
Empieza a caer la tarde y llegamos a Acapulco.
Las olas
Nos sentamos, resguardados del ardiente sol acapulqueño, dentro de una cabaña, así le llaman, en la Playa de Condesa, a unos techitos redondos cubiertos por hojas de palmera, amparando cuatro sillones de madera una mesita y una fresca hamaca. Inmediatamente coloqué en ella a mi pequeña Marissa, quien así mecida se durmió plácidamente.
La arena en esta playa es pesada, vidriosa. Ricardo, Fernando y David se entretenían junto a mí haciendo montecitos de la brillante arena.
Las cuatro gracias, Chela, Lucero, Sylvia Rosa y Linda, juegan felices con las impetuosas olas o más bien, las olas juegan con ellas y parecen divertirse en aventar a las niñas y al romper contra ellas, es como si el mar soltara una ruidosa carcajada.
Creo que al mar le gustan los niños juguetones, como estas cuatro pequeñas que llegan a sus playas contagiándolo con sus risas. Él, que ve tantas tragedias y que esconde misterios en su seno, bien puede a veces distraerse con la infantil alegría que los niños le transmiten.
Paseo en yate
Bordeando la bahía de Acapulco, de asombrosa belleza, dimos hoy un paseo en yate. Éramos trece en nuestro grupo, número que los supersticiosos califican de fatídicos. La mitad del pasaje lo construían turistas de Estados Unidos que en los lugares de recreo visitan no sólo en forma pintoresca sino también, muchas veces, ridícula; aunque a decir verdad, también nosotros, los mexicanos, nos tornamos atrevidos en Acapulco respecto a nuestro atavío. Yo pienso que, si en el cuarto de hotel hubiera un espejo de cuerpo entero, jamás me hubiera atrevido a ponerme estos pantaloncitos cortos, llamados bermudas.
-Tus verduras, mami -dice Ricardito.
Una pareja de gringos cuarentones, feos y desgarbados, bailaba en la pequeña pista. Ella vestía shorts color acua y los dientes tan salidos que no le permitían cerrar la boca, siempre en perpetua sonrisa.
Otra gringa sobresalía con una altísimo sombrero adornado con vaporosos holanes de nylon celeste, los que por fuerza deberían enmarcar una cara joven y linda, pero esta ocasión salió defraudado el llamativo sombrero.
En Puerto Marqués se detuvo el yate por algunos minutos para que, los que así los desearan, pudieran nadar. El arrugado compañero de la mujer de constante y saliente sonrisa se tiró un clavado al mar y tuvo suerte de pescar no un pez sino su dentadura postiza que, cansada de estar cautivada, se le escapó al llegar al agua.
Los refrescos y las bebidas eran cortesía de la casa, bueno del yate, así que al cabo de dos horas de navegar algunos pasajeros se veían artificialmente animados. Me desagrada la alegría ficticia que presta el alcohol. Ya no me dan ganas de sonreírles.
Al grito de a wahle, I just saw a whale, se pone en movimiento todo el pasaje, todos quieren ver a la ballena, pero el mar de un profundo azul, con las pequeñas olas ondulantes semejando pequeños barquitos, sigue su constante vaivén sin descubrir al mamífero marítimo que todos querían ver para sumarlo a las cosas qué contar al regreso a casa.
Anochecía cuando bajamos del yate.
Los tenis de Gloria y
los zapatos de Fernando
De una belleza tropical es el paisaje que admiramos mami y yo sentadas junto a la piscina en el Club de Ski.
Observamos entusiasmadas las lanchas de motor que pasan esperando ver a Gloria, Eduardo y Ricardo, que van a esquiar.
Me causa alegría verlos esquiar; ha de ser emocionante deslizarse sobre el agua.
Nos acercamos a la terraza en donde el aire fresco es acariciante.
Comienza a oscurecer y encienden algunas lucecitas entre los cerros, lo que me hace pensar en una diminuta procesión.
Al regresar nos percatamos de que en este lugar, en el cual la concurrencia se veía tan próspera, le robaron a Gloria los tenis y a Fernando los zapatos.
Plata viviente
Bajamos a una pequeña playa frente al hotel. No sabemos su nombre pero es larga, fresca y pacífica; está flanqueada por rocas orgullosas de ver eternamente el infinito océano azul marino. De allí salen los pescadores en sus botes. Ellos se parecen a los veracruzanos, pues son mulatos, como muchos de aquéllos; pero no veo en sus ojos la alegría que caracteriza a los jarochos.
Muy cerca de nosotros, donde terminan las rocas y sigue el mar abierto, echaron los pescadores la red, casi la puedo tocar, es como de seda.
Mientras ellos se confunden con una bella escena de alguna película mexicana, una horrible mulata, greñuda, sucia y tuerta, con un cigarro en la boca, recoge, en una lata corroída, los charales muertos que están sobre la fresca y húmeda arena.
Uno de los pescadores toma un cable de la red, tira tan fuerte que el rostro se llena de remangos. Cuando la malla respira aire fresco, de inmediato empiezan a jalarla con mayor fuerza, pasándola detrás de ellos, hasta que sale por completo de entre las aguas.
-!Mira! ¡Como plata! -me dijo Ed.
Me acerco y en efecto los charales son plata viviente, brillantes y transparentes, saltan desesperados cada vez con menos fuerza hasta que acaban por ceder, quedaron inmóviles.
En una carretilla pusieron los charales, algunos sirven de carnada pero otros se fríen para comerlos con salsita de chile. Unos de los pescadores comenzó a avanzar con la carretilla cuesta arriba por la lomita, hacia la carretera. Pesaba tanto y con gran esfuerzo la jalaba el pobre hombre desnutrido. Al subir una pequeña roca se cayeron parte de los charales y entonces el pescador, resignado, se detuvo a recoger la agonizante plata.
Se fue la tuerta mulata que parecía sacada de película de horror. Dejé al pobre pescador luchando aún para subir la carretilla.
-Es dura la vida de los pescadores, como un cerro cuesta arriba con rocas por vencer en el camino, como ésa que le hizo tirar parte de la viviente plata, -pensé.
De regreso a casa
En el tramo de Acapulco a Chilpancingo el camino es árido y seco, vemos nopales y mesquites. Las chozas que están al lado del camino son tan lastimosamente pobres que me parece injusto que seres humanos vivan en ellas.
Nadie tiene derecho a lo superfluo mientras haya quienes carezcan de lo indispensable; pero existen tan marcados contrastes, unas personas son tan ricas que no hay capricho que no puedan poseer, y otras tan pobres que no pueden satisfacer ni el hambre con el que viven como inseparable compañero.
Parecen enfermizos estos pobres cerros, roñosos y feos. El ganado que vemos pastar está flaco. El aire es caliente y molesto. Un pequeño arbolito desprovisto de todo follaje espera nuestro paso, sus ramas desnudas y secas parecen despedirnos.
Prestan el único colorido al camino los colmenares de madera, pintados de vistosos colores rojos y amarillos, que se me antojan figuritas naranjas para jugar.
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