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ESCRITOS JOSEFINA GONZALEZ DE LA GARZA

Estos son algunos escritos de la Sra. Josefina Gonzalez de la Garza de los años 1960's y 1990's


1960's:

La Muñeca, la Sra. Josefina González de la Garza escribió estos relatos a mediados de los años 1960s. Agradezco a Homero Juambelz González quien transcribió estos escritos tan valiosos para la familia.


 
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¡Amorosas Mañanitas!:

¡Amorosas Mañanitas!

 

 

“Estas son las mañanitas que cantaba el rey David, hoy por ser día de tu santo te las cantamos así”

 

Hoy a las tres de la mañana dormíamos profundamente tu papá y yo, cuando llegó a nuestros oídos una vocecita cantando las clásicas Mañanitas.

 

Eras tú, Chelita, mi linda morenita de seis años que anoche antes de dormirte me dijiste:

 

-Déjame el regalito que te voy a dar donde lo alcance, porque yo me quiero levantar cuando este oscuro y tú estés todavía dormida, para cantarte las Mañanitas. Dice la “marde” Lupita que la niña que no le cante las Mañanitas a su mamá es que no la quiere.

 

Me invadió una oleada de ternura al contemplarte con tu piyamita, tus pomposamente llamadas pantuflas que no son otra cosa que un par de zapatitos viejos, que con gran cuidado dejas a un lado de tu cama cuando te acuestas, y tu regalito en la mano. Tenías los ojitos hinchados de sueño, pero con un brillo especial. Te acompañaba Sylvia Rosa, aunque no se unió a tu canto, tal vez por el sueño que la vencía. Ahí el regalo, era una graciosa charola hecha de una tapa de caja de zapatos, con una tarjetita pegada que dice: “Mami”

 

-También un lindo alfiletero -me dijiste-, para tus agujas, mamacita. 

 

Siempre me dices mamacita, aún cuando empezaste a hablar. Mamacita, me decías poniendo toda tu alma en esa sola palabra cariñosa y ha sido tu dulzura, día con día, para mí como constantes y amorosas mañanitas.


 
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¡Ay!, mi niña bonita!:

¡Ay!, mi niña bonita!

 

 

-¡Ay! ¡Mi niña bonita!

     

      Uniéndose el llanto callado de su madre las tres lloraban al ver la curva aguja de sutura atravesar la delicada, tierna y sonrosada carne de su hermanita; ella también lloraba con un sentimiento que la hacía sollozar.

 

      No comprendía nada, pues hace unos minutos jugaba alborozada con la alegría que la caracteriza. Se divertía con sus dos hermanitos más grandes cuando oyó que su papá decía:

 

-Fernando, levántale el pantalón a la niña.

 

Fernando, con la falta de cálculo propia de sus seis años, la levantó del pantalón hacia arriba alzándole también sus piecesitos del suelo; ella no puede guardar el equilibrio así. Ella no es un pajarito aunque por su alegría lo parezca, pues sus risas son como los más dulces trinos. Entonces cayó del banco de fierro que tiene su papá en el consultorio, sintió un dolor lacerante en la mejilla y un líquido tibio que por ella resbalaba. Su papá le gritó a su mamá, quien llegó corriendo y dijo:

 

-¡Ay! ¡Mi niña bonita!    

 

      Y sí, ella es mi niña bonita, todos lo dicen y ella en la inocencia de sus veinte meses se pavonea y abre aún más los grandes ojos azules.

 

      Pero ¿qué pasa ahora? ¿Por qué su mamá y sus hermanos la sostienen? ¿Y por qué su papá? Sí, al que ella grita pApA, dándole tales inflexiones a su voz, como si con esa palabra sola tratara de decirle todo un mundo de frases, ese mismo hombre grande y moreno, al que ella tanto quiere, por qué ahora la hace llorar? ¿Por qué la pica con esa aguja? ¿Por qué? Y la aguja tiene hilo, del mismo que su mamá usa para remendar, del mismo que sus hermanas cogen para empinar los papalotes, del mismo que a ella le encanta tirar por el suelo y con el que a veces se enreda como gatito con estambre, de ese mismo hilo le cosen a ella ahora en su cara bonita.

 

      ¡Ay, Marissa! ¡Ay! ¡Mi niña bonita! Si tu supieras cuánto hubiera dado tu mamá por poder transferir tu herida a su cara. Cuánto hubiera dado tu papá porque esa curva y brillante aguja de suturar hubiera atravesado su piel y no la tuya. Si tu supieras.

 

      ¡Ay! ¡Mi niña bonita!


 
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Canta, Linda, canta:

Canta, Linda, canta

 

 

Te gusta cantar cuando te duermes:

 

Un barquito de cáscara de nuez,

adornado por velas de papel,

se hizo hoy a la mar

para lejos llevar gotitas doradas de miel.

 

-Mamacita, dile a Linda que se calle, no deja dormir -protestan tus hermanas desde su recámara.

 

Pero no se puede callar tu alegría. Sería tanto como pedirle a un pájaro que no cante.

 

-Canta más quedito, Linda -te digo.

 

Y se sigue oyendo tu vocecita musical.

 

Y yo me pongo a pensar en las innumerables facetas de tu carácter. Eres alegre, inquieta, independiente, bulliciosa, generosa, cariñosa, sensitiva, amigable, algo flojita, eso sí, sobre todo... muy traviesa.

 

-Yo soy traviesa, pero buena -decías cuando tenías tres años.

 

Sí, mi Linda, eres buena y muy sensible. Ayer, cuando te leí el fragmento “en el cielo”, te cubriste la carita con las manos y rompiste en sollozos. Llorabas por tu papá grande, al que nunca conociste pero de quien llevas un trocito en tus ojos, que son del mismo color de los suyos.

 

¡Duérmete cantando, mi feliz pajarito! Y sigue alegrando este hogar con tu trino. 


 
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Conchita:

Conchita

 

 

-Ya regresó Conchita, -dijeron mis hijas alborozadas y contentas de tener otra vez entre sí a su querida amiguita, que había salidos unos días de vacaciones.

 

-Y todas las noches yo rezaba para que nada malo le fuera a pasar a usted.

 

-Sí, te creo, Conchita y ¿sabes? Cada vez que te veo me pareces vestida de blanco como ese día, no hace muchos en que….

 

-Y fíjese, señora, la hostia se me pegó en el paladar y no podía tragármela.

 

     

 Y en qué yo te escribí:

 

“Así como un lago refleja a la luna en una noche serena. Así tus verdes ojos, grandes y profundos, revelan la pureza de tu alma que se asoma tímidamente a través de ellos”

 

Es tu ingenuidad fresca como el agua cristalina de un arroyo cantarino, tu alegría como el trino de un ave en primavera y tu sonrisa como un nuevo amanecer.

 

No necesitas de blancas vestiduras para lucir hermosa como un ángel, pues la bondad de tu corazón te adorna como una corona de piedras preciosas.

 

Que tus virtudes sigan resplandeciendo en ti, como una aureola de luz y que, como las princesas de cuento, seas siempre feliz.


 
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De regreso a casa:

De regreso a casa

 

 

En el tramo de Acapulco a Chilpancingo el camino es árido y seco, vemos nopales y mesquites. Las chozas que están al lado del camino son tan lastimosamente pobres que me parece injusto que seres humanos vivan en ellas.

 

Nadie tiene derecho a lo superfluo mientras haya quienes carezcan de lo indispensable; pero existen tan marcados contrastes, unas personas son tan ricas que no hay capricho que no puedan poseer, y otras tan pobres que no pueden satisfacer ni el hambre con el que viven como inseparable compañero.

 

Parecen enfermizos estos pobres cerros, roñosos y feos. El ganado que vemos pastar está flaco.  El aire es caliente y molesto. Un pequeño arbolito desprovisto de todo follaje espera nuestro paso, sus ramas desnudas y secas parecen despedirnos.

 

Prestan el único colorido al camino los colmenares de madera, pintados de vistosos colores rojos y amarillos, que se me antojan figuritas naranjas para jugar.

 


 
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En el Cielo:

En el cielo

 

 

En esos días Rodolfo, mi hermano mayor, cavilaba taciturno. Retraído y callado encerraba dentro de sí un mundo de pensamientos de duda, inquietud, alarma y ansiedad.

 

Revestía extraordinaria seriedad para sus catorce años y razonaba como un adulto, por lo que a los seis años, que mediaban entre nosotros, se tendían como un puente entre los dos. Yo lo miraba largamente y él, sin evadir mi mirada, escudriñaba mis ojos queriendo encontrar reflejado un entendimiento paralelo al suyo, que pudiera comprenderlo y con quien él comentara sus temores. Pero, ¡ay!, mi risa infantil hacía que el puente se extendiera y que mi hermano quedara solo en mi compañía.

 

Aunque desconocíamos el trágico epílogo a aquella noche espantosa, coincidíamos en pensar que eran tristes las circunstancias que rodeaban nuestra estancia en San Antonio, Texas. Nos habían mandado allí, a casa de mi tía Adelaida, a convalecer por una larga temporada de dos meses, él de una apendicetomía y yo de una pulmonía doble, mientras papá, así lo creíamos, seguía en el sanatorio en Monterrey, muy delicado.

 

Yo, en ratos, me divertía animada por la presencia de mi madrina, quien siempre solícita y cariñosa barnizaba a la casa ajena con un toque maternal y hogareño. Él, a veces, viéndome contenta, bromeaba conmigo, para que yo, que en todo trataba de imitarlo, no me contagiara del constante estado de preocupación, del cual él no podía desprenderse. Seguía ensimismado, con el ceño fruncido, intuyendo que algo terrible, que no habían querido comunicarnos, había ocurrido.

 

Viéndome seria y circunspecta una vez, y desesperado de no tener con quien compartir sus inquietudes, cruzó el puente y me dijo con amargura:

 

-Algo pasa, ¿no ves que papá no nos escribe?

 

Yo misma había preguntado a mi madrina en más de una ocasión:

 

-¿Por qué papá no nos escribe?

 

Y ahora me sentí inteligente, casi como él, al poder contestarle con lógica prestada, lo mismo que a mí me respondía mi madrina:

 

-No les escribe porque tiene las mano heridas.

 

Demasiado bien sabía mi hermano que papá, desde aquella noche de pesadilla, tenía las manos heridas, pero algo dentro de él gritaba, con el grito estridente de la rebelión, con el sentimiento desesperado de la injusticia:

 

-¿Por qué? ¿Por qué tenía las manos heridas él, que jamás las había levantado contra nadie?

 

¿Por qué había estallado contra él la violencia si era incapaz de violentarse? ¿Por qué el destino implacable había apostado tan cruel emboscada en su camino, si él lo recorría alegre y confiado?

 

Han transcurrido los años y jamás hemos encontrado respuesta a esas preguntas. Persiste el grito de rebelión, anida aún el sentimiento de injusticia, pero a otra pregunta, a aquella de ¿por qué papá no nos escribe?, a ésa sí encontramos desconsoladora respuesta a nuestro regreso a casa, cuando mamá, con la voz entrecortada por los sollozos nos dijo:

 

-Su padre... en el cielo.

 

Papá no nos había escrito porque aún antes de emprender nosotros el viaje, sus manos heridas, aquellas manos que jamás se levantaron contra nadie, habían quedado inmóviles...  ¡Para siempre!

 


 
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En el fondo del corazón:

En el fondo del corazón

 

 

-Es como si tú hubieras pisoteado a Marissa y la aventaras a la calle -me dijo Linda consternada.

 

Porque la periquita, no sé si despectivamente o con doliente resignación, arrojó al piso de su jaula, que es a la vez para ella cárcel, palacio y nido, un huevito pisoteado del cual chorreaba lastimosamente una parte de la diminuta yema amarilla.

 

      Como si la crítica, tal vez injusta, la hubiera enardecido, o tal vez queriendo acabar cuanto antes su dolorosa tarea, la pajarita dejó caer los otros cuatro huevos que yacen esparcidos en el piso rotos, reventados, sin el calor que los amparó tantos días.

 

      Luego, por primera vez en veinte días, se apostó tranquila y aparentemente contenta en el palito desde el cual ella y su compañero cuchichean con gran persistencia.

 

      Así, en lugar de haber sido rotos para dar salida a la maravilla de una nueva vida, los huevitos, malogrados y abandonados, irán a dar al bote de la basura simbolizando lo que no llegó a ser, y habiendo sido negada, una vez más, mi tímida y asustadiza pajarita de alcanzar la dicha de la maternidad.

 

      Me parece, sin embargo, que ya olvidó su desventura, pues se ve alegre y despreocupada y se la pasa dándole besos al periquito, contenta de poder estar otra vez a su lado y de haber dejado el nidito que, por cierto, había acomodado amorosamente con sus propias plumas para brindarles calor a los hijitos que no llegaron.

 

      Se malograron los huevitos, igual, como en la vida, tantas veces, se malogran los sueños que yacen después de rotos y dispersos en el fondo del corazón.


 
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El botellero:

El botellero

 

 

¡Botellas que vendan!

 

El botellero tenía un ojo apagado y con el otro veía al mundo con despecho, como si todo lo viese a través del sucio cristal que lo hacía encorvarse bajo su peso tintineante. Yo lo espiaba tras de la ventana, con cierto temor, a pesar de que no aceptaba del todo la idea de que el botellero se llevaba a los niños en el costal. ¿Quién me pudo haber asustado con tal mentira? ¡Nunca, mamá! Una voz, de personalidad anónima, me había dicho que todos los botelleros son malos.

 

Tras la ventana miraba con disgusto al sucio botellero. Pasaba siempre encorvado, sin levantar la mirada al cielo. Para él no brillaba ya la esperanza, como si el peso que lo hacía doblarse no fuera tan solo el de las botellas, sino el de las penas acumuladas sobre sus espaldas, haciendo que su paso fuera lento y que su rostro trasluciera desencanto, abatimiento, soledad... 

 

Miraba siempre al suelo, deseando que en lugar de que él pisara la tierra, la tierra pesara sobre él. Si anhelara poder desprenderse ya, por última vez, de ese costal al que el destino parecía haberlo ligado para siempre.

 

¡Botellas que vendan!

 

Muchos años después, llegó a mi casa en Orizaba otro botellero. Muy distinto al de mis recuerdos infantiles; los ojos brillantes y en lugar de una mueca de desencanto, una sonrisa de esperanza, de confianza y de amor a la vida.

 

Le vendí unos enormes pomos y contando las monedas me dijo:

 

-No completo el dinero, me faltan sesenta centavos, ¿puedo traerlos después?

 

Asentí. Animado por tan inusitada muestra de confianza en su honradez, señalando los pomos preguntó:

 

-¿Puedo lavarlos aquí?

 

-No -contestó inmediatamente a través de mí la niña que espiaba al tuerto botellero, y siempre influida por aquella voz que decía que los botelleros eran malos.

 

Un destello de desilusión brilló en sus ojos, pero sin perder del todo la sonrisa dijo:

 

-Mañana vengo.

 

-!Bah! No volverá -pensé.

Pero volvió. Al día siguiente en mi puerta brillaba su sonrisa y del sucio bolsillo del pantalón extrajo unas monedas que me entregó.     

 

Lo vi irse alegre, con el costal al hombro, como si no le pesara, tal vez porque no contenía, además de las botellas, un fardo de penas cono el del aquel otro.

 

-¿Ese brillo en los ojos y aquella sonrisa podrán perdurar en un pobre y humilde botellero? -pensé, al verlo alejarse.

 

¡Botellas que vendan!


 
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El cartón de chicles :

El cartón de chicles

 

 

Así al verlo parecía como cualquier otro día frío de noviembre allá en mi tierra. Pero era una fecha muy especial. ¡Era el 25 de noviembre de 1935 y yo cumplía diez años! Me sentía entusiasmada porque el número de mis años iba a constar de dos cifras y eso me confería, de por sí, cierta importancia. Sin embargo, mi principal pensamiento iba enfocado hacia aquello.

 

-¡Dios mío! Ya voy a tener diez años. ¡Qué no vuelva a sucederme eso!

 

-Eso -decía mamá- les viene de la familia de tu papá. Algunas de mis cuñadas se mojaban ya muy grande.

 

Yo no quería nunca más ese vergonzoso y húmedo despertar de los cuales mi madrina festivamente sacaba las ropas mojadas, hacía la cama y como quien dice: aquí no ha pasado nada.

 

Al abrir los ojos y ver el vestido a rayas de colores me pareció un enorme caramelo, que mi madrina me había confeccionado para ese día. Recuerdo también con agrado el crujir del papel de china que rompí para abrir un regalo cuyo contenido ya olvidé.

 

Yo ya estaba vestida de caramelo cuando entraste a felicitarme con una sonrisa en tus labios y en tus manos un cartón que era mi regalo y que decía

 

                                              J  O  S  E  F  I  N  A

                                                            10

 

 Las letras estaban con gran cuidado formadas con chicles de a centavo, que habías pegado con engrudo al cartón. ¡Te recuerdo tan bien! Te veías tan delgado y tan contento de ver mi cara iluminada por la sorpresa.

 

Aún ahora me embarga, como entonces, la emoción al pensar en aquel delgado niño de doce años que invirtió, desde tiempo antes, sus quintos en chicles para formar con ellos, sin que ella se percatara, el regalo de cumpleaños de su hermanita

 

Mi nombre lucía vistoso y tan brillante como si hubiera estado en una marquesina.

 

-¿Me das un chicle?

 

-Bueno.

 

Así que los chicles los mascamos y tal vez algunos de ellos los pegamos indebidamente debajo de la mesa del comedor; los envoltorios multicolores que le daban a mi nombre un aspecto festivo y alegre los tiramos, y el cartón, cuando al fin quedó desposeído de todos los chicles, fue a dar a la basura, pero el recuerdo de ese regalo y de ese niño sensible y cariñoso perdura intacto, así...

 

¡No pensaste, querido Wicho, después de pegar con maravillosa paciencia los chicles a aquel cartón, que esa mañana me presentabas un regalo eterno! Sí, cada día de mi cumpleaños te veo entrando, delgado y contento, con una sonrisa en los labios, y en las manos... tu original presente.

 

                                                        J  O  S  E  F  I  N  A

                                                                      10

 


 
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El pequeño espadachín:

El pequeño espadachín

 

 

La encontraste cerca de tu cama, junto a tu zapato, dentro del cual dejaste tu cartita para los Santos Reyes. Los Reyes a veces se equivocan, según me has dicho tú.

 

-Esos traen lo que quieren.

 

Esta vez, por ejemplo, tú les pediste un machete y ellos te trajeron la espada, con su vaina y también con el escudo para que te defiendas.

 

Linda asegura que dejó sus pasos y que un dromedario resoplaba en tu recámara. ¿Serías tú que tal vez revolvías inquieto en espera de la llegada de los Reyes?

 

Linda está también perfectamente segura de que el pedazo de pastel que estaba en el comedor está más chico que anoche

 

-!De veras, Mamacita!, -me dijeron.

 

Lo que significa que ellos aceptaron en parte su generosa invitación ya que en su carta decía: “Toquen el piano, el tocadisco y coman de lo que alla” 

 

  Así, alla, sin hache, con doble ele y sin acento, pero eso no importa, ellos están acostumbrados a ver faltas de ortografía en los millones de cartitas que reciben

 

Tú te pasaste todo el día convertido en valiente y temerario espadachín. Al verte esgrimiendo tu espada diríase que ningún peligro te arredra, que nada te detiene... 

 

No me atrevo a decir que has lucido también como un gallardo caballero, pues jugando te conviertes en tal facha, con el pantalón caído un poco y la camisa salido otro poco, pero eso sí, incansable con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, combatiendo sin falla al enemigo...

 

Ahora, después de tan dura lucha, descansas ya en tu camita. ¡Duerme Fernandito!, mi pequeño espadachín de seis abriles. Duerme tranquilo, pues por hoy saliste airoso del combate.

 
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Gloria y Fernando:

Los tenis de Gloria y

los zapatos de Fernando

 

 

De una belleza tropical es el paisaje que admiramos mami y yo sentadas junto a la piscina en el Club de Ski.

 

Observamos entusiasmadas las lanchas de motor que pasan esperando ver a Gloria, Eduardo y Ricardo, que van a esquiar.

 

Me causa alegría verlos esquiar; ha de ser emocionante deslizarse sobre el agua.

 

Nos acercamos a la terraza en donde el aire fresco es acariciante.

 

Comienza a oscurecer y encienden algunas lucecitas entre los cerros, lo que me hace pensar en una diminuta procesión.

 

Al regresar nos percatamos de que en este lugar, en el cual la concurrencia se veía tan próspera, le robaron a Gloria los tenis y a Fernando los zapatos.


 

 

 


 
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Homerito, ven a jugar:

Homerito, ¡ven a jugar!

 

 

No jugaba como un niño de seis años, pero hay que ver que él no era como otros de su edad. Ellos sí tenían papá.

 

De un zarpazo injusto y cruel el destino le arrebató al hombre alegre y bondadoso a quien él llamaba papá, y quien le brindaba cariño, protección y apoyo.

 

-Ven a jugar, Homero.

 

-Al rato.

 

Mientras recordaba aquellos mediodías no lejanos en que él acostumbraba sentarse a la puerta del jardín de su casa y desde allí divisaba la calle polvorienta. El sol hacía que su cabello rubio lanzara destellos dorados y el polvo que a veces levantaba lo hacía entrecerrar los ojos, pero él permanecía firme en su puesto escudriñando la polvorienta calle hasta que al fin lo veía, casi lo adivinaba. ¡Conocía tan bien sus pasos! Entonces, corría ligero y risueño a encontrarlo.

 

A veces los pasos del hombre alto parecían un poco cansados, pero sus ojos nunca. Eran ojos alegres, traviesos, como de niño divertido. Lo alzaba en brazos y así caminaba con él hacia la casa. Le gustaba tanto tener su cara al nivel de la de su padre, pues así lo contemplaba a la perfección. Sus ojos claros le parecían amarillos, con rajitas verde y café, y a veces, café con rayitas verde y amarillo. Su piel sonrosada era iluminada por dentro y su mirada traslucía su cariño, pues no podía negarse que tenía cierta predilección entre sus hijos varones por Homero, su más pequeño hijo; pero es que era tan noble y bueno su chiquito. ¿Le recordaría tal vez a sí mismo?

 

Muchas veces el niño de cabellos de oro se sentaba a esperar a su papá acompañado de su hermanita, entonces, eran dos los que corrían a encontrarlo y era a dos a quienes su papá cargaba, a pesar de que su hermana tenía ocho años. El hombre alto los levantaba con facilidad, para eso estaba tan fuerte, para eso estaba tan saludable, para eso estaba tan lleno de vida.

 

¿De vida? Pero ahora esa vida se había truncado y sólo quedaba.... ¡aquella tumba! Su mamá lo llevó junto con sus cuatro hermanos mayores al cementerio y entre otras muchas tumbas, estaba la de su padre. La lápida tenía cuatro argollas doradas que refulgían con el sol, como su pelo cuando esperaba su llegada.

 

  ¡Las argollas!  Empezó a jalarlas con fuerza hasta que sus manitas se terminaron rojas.

 

-¿Qué haces, Ángel mío?

 

-Quiero sacar a papá.

 

Sí, extrañaba al hombre grande, alegre, risueño, bondadoso y cariñoso junto a quien él se sentía amado, apoyado, protegido...

 

 Pero nunca más volvería a verlo, por más que escudriñaba la calle polvorienta siempre permaneció solitaria, hueca, vacía... Pasarían otros hombres, muchos, pero nunca más aquél que lo alzaba fácilmente en sus brazos. Esto pensaba mientras lo llamaban:

 

-Homerito, ven a jugar.

 


 
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Las Nubes:

Las nubes

 

 

Hoy emprendimos Eduardo y yo un viaje de Orizaba a México llevando dentro del coche, además de nuestros seis menores hijos de uno a once años y a la sirvienta, una bolsa de ixtle con pañales, una canasta con botellas y todo lo necesario para prepararlas, una caja con sandwiches, tortas, pambazos, frutas y dulces, algo así como para una piñata.

 

El camino pintoresco. Los cerros de un color verde pálido están plácidamente recostados en el paisaje. Veo una casa tan pequeña, parece de muñecas. Se ve tan linda, pero de cerca y por dentro cómo será.

 

-!Mira, Jose! -Eduardo me dijo- llevan a enterrar un niño.

 

Por el cristal posterior del automóvil, cual si se tratara de un cuadro, vi el doliente cortejo con las figuras recortadas, resaltando sobre el camión con una extraña y austera dignidad.

 

Adelante iban unas niñas descalzas tapadas con sus rebozos, con las manos juntas apretando unas flores, tristes, llorosas. Muy derechas, se movían con lentitud, con unción, como si fueran a ofrecer flores a la virgen en un día de mayo. El ataúd era blanco y pequeño, forrado de brillante seda acojinada. Lo llevaban alto y al moverse pausadamente me parecía, desde el coche, que mecían al niño por última vez.

 

La indigencia de los escasos dolientes me hizo suponer que la seda nunca rozó en vida el tierno cuerpecito del niño, que tal vez carecía de zapatos y las piedras impías herían sus piececitos desnudos y que es posible, que en su anual recorrido, se olvidaran de él los Santos Reyes.

 

¡Qué pena siento por ese niño que ya no ve como yo los cerros! Pero, ¿qué pasa? Ya los cerros no son de color verde pálido, se han tornado azules, como recortados de cristal, con serena majestuosidad. El límpido cielo permite que las nubes se deslicen juguetonas formando caprichosas figuras.

 

La que está frente a mí, ¡oh!, es una nube fuera de temporada porque es exactamente un trineo; la Navidad ya pasó. Me recuerda algunas tiendas de Orizaba que dejan los adornos navideños hasta junio y en los aparadores permanecen, con terquedad adheridas, ya sucios y feos como moscas, los algodones que ponen simulando una nieve que en Orizaba nunca vemos.

 

Ahora veo unas noches deslucidas pero bellas como esa gente que no tiene gran personalidad, pero encierran bellos sentimientos. A los lados hay otras nubes, altas, todas iguales, flanqueando nuestro paso como si nos dieran honores.

 

La nube que está ahora enfrente parece, !sí!, parece un blanco ataúd acojinado.

 

Continúa el viaje, el camino, el paisaje; siguen las nubes caprichosas como las que he visto, la primera formando un precioso trineo, luego las tímidas desvanecidas, después las majestuosas figuras blancas formando valla a nuestro paso y por fin la que parecía el albo ataúd del  niño a quien, tal vez, jamás visitaron los Santos Reyes.

 

 

 

 


 
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Las Olas:

Las olas

 

 

Nos sentamos, resguardados del ardiente sol acapulqueño, dentro de una cabaña, así le llaman, en la Playa de Condesa, a unos techitos redondos cubiertos por hojas de palmera, amparando cuatro sillones de madera una mesita y una fresca hamaca. Inmediatamente coloqué en ella  a mi pequeña Marissa, quien así mecida se durmió plácidamente.

 

La arena en esta playa es pesada, vidriosa. Ricardo, Fernando y David se entretenían junto a mí haciendo montecitos de la brillante arena.

 

Las cuatro gracias, Chela, Lucero, Sylvia Rosa y Linda, juegan felices con las impetuosas olas o más bien, las olas juegan con ellas y parecen divertirse en aventar  a las niñas y al romper contra ellas, es como si el mar soltara una ruidosa carcajada.

 

Creo que al mar le gustan los niños juguetones, como estas cuatro pequeñas que llegan a sus playas contagiándolo con sus risas. Él, que ve tantas tragedias y que esconde misterios en su seno, bien puede a veces distraerse con la infantil alegría que los niños le transmiten.

 

 

 

 


 
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Mi descontenta princesita:

Mi descontenta princesita

 

   

-¿Cómo le haré para no cumplir diez años, mami? -me preguntaste hace días, la víspera de tu décimo cumpleaños-, yo quiero ser siempre chiquita, quiero tener siempre nueve años.

 

-!Ay! Sylvia Rosa, no digas eso, sólo los que se mueren no cumplen años nunca más,  -te contesté un tanto sorprendida.

 

Y de veras They’ll never be old, dice en un monumento a los soldados caídos de la Segunda Guerra Mundial. Los que mueren jóvenes nunca serán viejos y los bebés, los que se van del mundo antes de conocerlo, no llegan a ser ni jóvenes siquiera.

 

 Me da tanta tristeza esas tiernas vidas que al ser truncadas cercenan dolorosamente las ilusiones que en torno a ellas, con amor, habían tejido sus padres.

 

Así que, Sylvia Rosa, debe gustarte cumplir años, pues cada edad tiene particular encanto. Ahora de niña juegas, brincas a la cuerda, lees cuentos, te diviertes, a veces te aburres también.

 

Otras veces me dices: “Ya me dio el histeric, mami”. Así le llamas tú a ponerte nerviosa, expresión que adoptaste desde que te platiqué algo sobre la exaltada Lise de Dostoyevsky en Los Hermanos Karamásov.

 

Así van pasando los días de tu niñez rodeada de cariño, luego serás jovencita, la cuerda de saltar quedará relegada y otras cosas cautivarán tu encanto. Te gustarán los bailes, los paseos y también, sí, ya me parece verte ruborizarte al oír esto, también los muchachos. Comenzarás por pensar: “¡Qué guapo es ese muchacho, antes no me había fijado!”

 

Serás después, tal vez, novia enamorada bordando primorosos sueños, y, si se cumple en ti el destino que debería ser el de todas las mujeres, también esposa y madre. Todas las épocas de la vida, recuérdalo, pueden ser hermosas si tú sabes disfrutarlas. Si procuras que ésa, precisamente la que estás viviendo, sea la mejor.

 

Amado Nervo, nuestro insigne poeta escribió estos versos que tanto me gustan:

Porque veo al final de mi rudo camino

Que yo fui el arquitecto de mi propio destino

Que si extraje hiel o miel de las cosas

Fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas

Cuando planté rosales, coseché siempre rosas

 

Así, mi descontenta princesita, vive satisfecha, disfruta el momento presente y, como hizo el poeta, ponle miel a las cosas, planta rosales y... ¡cosecharás rosas!


 
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Minina:

Minina

 

 

Era blanca y tan pequeña, parecía un juguete. Yo la llamaba Minina.

 

Me la regalaron en una caja de zapatos aquella noche en que fuimos mamá y yo a ver a Chela batir la mantequilla. Ése era un número en una fiesta de la escuela de San Agustín en Laredo, Texas; Chela llevaba un vestido rosa y una pala de madera con la que simulaba batir mantequilla.

 

No sé si no pudimos comprar los boletos o si simplemente llegamos tarde, pero el caso es que lo que vimos de la fiesta fue a través de una ventana del auditorio. La ventana tenía tela de alambre para evitar que se metieran los insectos -y la gente-  y a mí me raspaba la tela en la nariz a fuerza de acercarme para ver mejor. El escenario estaba lleno de niñas, todas de rosa, todas con palas en las manos, todas sin  rostro, menos una que era a  la que yo nomás miraba, a mi hermana batiendo la imaginaria mantequilla.    

 

Al terminar la fiesta encontramos en el patio de la escuela a esa prima de mamá que ella tanto quería, pero que a mí me parecía muy petulante 

 

-Se compró zapatos antes de venir, -pensé mirándole insistentemente los pies y luego la caja de zapatos que en la mano traía.

 

 -¿La quieres? -me preguntó.

 

Al destapar la caja vi, con asombro, a aquella hermosa ratita blanca, Mirándome inteligentemente con sus extraños ojos color de rosa.

 

Al verme tan encantada no se atrevió mamá a negarme el permiso de tenerla. Y así, sin necesidad de pasaporte, cruzó Minina conmigo al lado mexicano y fue a sentar sus reales en un cuartito de triques que en el patio de la casa teníamos.

 

Pronto aprendió a conocer mi voz y al oírme llamarla Minina, salía corriendo y se paraba frente a mí, que de rodillas le ofrecía pan que ella tomaba graciosamente con sus manitas, causándome gran alegría. ¡Qué feliz era yo con mi Minina!

 

Apenas llegaba de la escuela corría a verla. Pero luego sucedió algo terrible, increíble, espantoso. Minina, mi dulce ratita, alba y linda, inteligente y graciosa, se convirtió en despiadada asesina. Junto del cuarto de los triques tenía mamá un gallinero, que no tenía gallinas, sino palomas. Parece ser que por las noches, Minina incursionaba al gallinero y mataba, ¡sí!, mataba a los tiernos pichoncitos.

 

Mamá dictó la sentencia que yo, llorosa, hube de obedecer.

 

Armonizaba con sus ojos el listón color de rosa, con el cual la adorné al despedirme con tristeza. Con la esperanza de seguir viéndola, la regalé a una amiguita que vivía frente a mi casa, pero, ¡ay!, a ella tampoco le permitieron tenerla y a su vez la regaló a unas primas que vivían fuera de Nuevo Laredo.

 

Jamás volví a ver a Minina, la hermosa ratita blanca que conocía mi voz y corría presurosa a encontrarme cuando yo la llamaba.

 

¡Minina!


 
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Mi Nochebuena:

Mi Nochebuena

 

 

Otra vez florecieron este año para ti.

 

En el otoño cuando las hojas, que sin piedad desechan los árboles, forman en el suelo una crujiente y dorada alfombra, ellas ya lucen su roja, vívida y desafiante belleza, que contrastan con las hojas caídas, simbolizando unas la vida y otras la muerte.

 

Yo sé que ellas florecen para ti y que la Navidad en que llegaste se engalanó para recibirte.

 

Se me antojan sus pétalos desiguales como rojo terciopelo al capricho recortado; no sé por qué me parecen lágrimas de sangre vertidas, uñas pintadas de carmesí o angostas lenguas de fuego.

 

Las nochebuenas florecen cada año para ti; pero en mi corazón, al que quiero imaginar también como rojo terciopelo, florece siempre para ti, mi dulce hermana, mi cariño.


 
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Paseo en Yate:

Paseo en yate

 

 

Bordeando la bahía de Acapulco, de asombrosa belleza, dimos hoy un paseo en yate. Éramos trece en nuestro grupo, número que los supersticiosos califican de fatídicos. La mitad del pasaje lo construían turistas de Estados Unidos que en los lugares de recreo visitan no sólo en forma pintoresca sino también, muchas veces, ridícula; aunque a decir verdad, también nosotros, los mexicanos, nos tornamos atrevidos en Acapulco respecto a nuestro atavío. Yo pienso que, si en el cuarto de hotel hubiera un espejo de cuerpo entero, jamás me hubiera atrevido a ponerme estos pantaloncitos cortos, llamados bermudas.

 

-Tus verduras, mami -dice Ricardito.

 

Una pareja de gringos cuarentones, feos y desgarbados, bailaba en la pequeña pista. Ella vestía shorts color acua y los dientes tan salidos que no le permitían cerrar la boca, siempre en perpetua sonrisa.

 

Otra gringa sobresalía con una altísimo sombrero adornado con vaporosos holanes de nylon celeste, los que por fuerza deberían enmarcar una cara joven y linda, pero esta ocasión salió defraudado el llamativo sombrero.

 

En Puerto Marqués se detuvo el yate por algunos minutos para que, los que así los desearan, pudieran nadar. El arrugado compañero de la mujer de constante y saliente sonrisa se tiró un clavado al mar y tuvo suerte de pescar no un pez sino su dentadura postiza que, cansada de estar cautivada, se le escapó al llegar al agua.

 

Los refrescos y las bebidas eran cortesía de la casa, bueno del yate, así que al cabo de dos horas de navegar algunos pasajeros se veían artificialmente animados. Me desagrada la alegría ficticia que presta el alcohol. Ya no me dan ganas de sonreírles.

 

Al grito de “a wahle, I just saw a whale”, se pone en movimiento todo el pasaje, todos quieren ver a la ballena, pero el mar de un profundo azul, con las pequeñas olas ondulantes semejando pequeños barquitos, sigue su constante vaivén sin descubrir al mamífero marítimo que todos querían ver  para sumarlo a las cosas qué contar al regreso a casa.

 

Anochecía cuando bajamos del yate.

 

 

 


 
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Plata Viviente:

Plata viviente

 

 

Bajamos a una pequeña playa frente al hotel. No sabemos su nombre pero es larga,  fresca y pacífica; está flanqueada por rocas orgullosas de ver eternamente el infinito océano azul marino. De allí salen los pescadores en sus botes. Ellos se parecen a los veracruzanos, pues son mulatos, como muchos de aquéllos; pero no veo en sus ojos la alegría que caracteriza a los jarochos.

 

Muy cerca de nosotros, donde terminan las rocas y sigue el mar abierto, echaron los pescadores la red, casi la puedo tocar, es como de seda.

 

Mientras ellos se confunden con una bella escena de alguna película mexicana, una horrible mulata, greñuda, sucia y tuerta, con un cigarro en la boca, recoge, en una lata corroída, los charales muertos que están sobre la fresca y húmeda arena.

 

Uno de los pescadores toma un cable de la red, tira tan fuerte que el rostro se llena de remangos. Cuando la malla respira aire fresco, de inmediato empiezan a jalarla con mayor fuerza, pasándola detrás de ellos, hasta que sale por completo de entre las aguas.

 

-!Mira! ¡Como plata! -me dijo Ed.

 

Me acerco y en efecto los charales son plata viviente, brillantes y transparentes, saltan desesperados cada vez con menos fuerza hasta que acaban por ceder, quedaron inmóviles.

 

En una carretilla pusieron los charales, algunos sirven de carnada pero otros se fríen para comerlos con salsita de chile. Unos de los pescadores comenzó a avanzar con la carretilla cuesta arriba por la lomita, hacia la carretera. Pesaba tanto y con gran esfuerzo la jalaba el pobre hombre desnutrido. Al subir una pequeña roca se cayeron parte de los charales y entonces el  pescador, resignado, se detuvo a recoger la agonizante plata.

 

Se fue la tuerta mulata que parecía sacada de película de horror. Dejé al pobre pescador luchando aún para subir la carretilla.

 

-Es dura la vida de los pescadores, como un cerro cuesta arriba con rocas por vencer en el camino, como ésa que le hizo tirar parte de  la viviente plata, -pensé.

 

 

 


 
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Primavera en Orizaba:

Primavera en Orizaba

 

 

En esta linda ciudad de las aguas alegres le sucedió a la primavera lo que a una ilusionada quinceañera en su propia fiesta; ella pensaba brillar como una estrella, pero quedó relegada sin recibir los honores esperados y sin ocupar el sitio de distinción que le correspondía, pues a pesar de su cuidadoso y costoso atavío no repararon en ella los desatentos invitados; quedó triste y desairada.

 

Así le aconteció este año a la tibia primavera. El día que se aprestaba engalanada a hacer su aparición deslumbrante la desplazó la fina lluvia, que en esa forma poco amable, quiso darle a entender de una vez por todas que es ella reina y señora de esta ciudad.

 

La lluvia vistió también para ese día sus galas mejores, apareció ataviada con gasas transparentes y suaves. Roció las calles con su frescura, hizo brillar los tejados descoloridos y cayó como tenue susurro sobre la entristecida Orizaba.

 

Despreciada y ofendida se retiró la primavera, su traje que tanto la entusiasmara dejó de parecerle hermoso. Se limitó desde un rincón, a ver la  lluvia lucirse, recrearse y reinar sobre ésta, mi muy querida Pluviosilla.

 

No te alejes, linda primavera, ya se cansará la lluvia de danzar, se tornará taciturna y entonces tú podrás hacer tu entrada triunfal y serás recibida con júbilo y entusiasmo. No deseches tu traje primoroso que tú también vas a reinar.


 
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¿Quiere bailar, señorita?:

¿Quiere bailar, señorita?

 

 

-¿Quién es ese muchacho que está allí?

 

      -No sé, Muñequita.

 

      -¿Quiere bailar, señorita?

 

      Ni tu ni yo imaginamos que a esas preguntas, un tanto casuales, iba a seguir al cabo de poco tiempo otra pregunta, de importancia tal que a los tres meses de nuestro encuentro nos encontraríamos arrodillados frente al altar, en el mismo donde casi veintinueve años antes se habían jurado amor eterno mamá y papá.

 

      Y de allí, de la misma iglesia de la cual salí en brazos de mi madrina de bautizo y unos años después, pálida y mareada sosteniendo mi vela de primera comunión y tratando de no pisarme el blanco vestido de organdí, salí ahora apoyada confiadamente en tu brazo que jamás me ha fallado.

 

      ¡Quién lo hubiera creído cuando pregunté!

 

      -¿Quién es ese muchacho que está allí?

 

      Y tú.

 

            -¿Quiere bailar, señorita?

 
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Raro triunfo:

Raro triunfo

 

 

-¿No compras zámago, marchanta?

 

- ¡No!

 

- Por qué no quieres? ¿Ya tienes?

 

- No, lo que no tengo son plantas.

 

Y pensaba. Pero, ¿qué tiempo tengo yo para plantas? Si así, no logro un instante de reposo. Ahora, como raro triunfo, había conseguido sentarme ante un plato de humeante sopa, pero, ¿llegaría a tomarla caliente? Seguramente, no.

 

El aparador que constituye el comedor de nuestra casa exhibe al indígena la enorme mesa con su brillante cubierta de fórmica, los platos rebosantes de guisados y media docena de niños comiendo en ruidosa compañía. Parado, frente a la ventana abierta, parece enmarcarlo como a un estrambótico retrato, pero, ¿quién ha visto que se retraten los marchantes?

 

-Debo levantarme a darle un taco,  -pensé-, sí, un taco caliente, ahorita me lo va a pedir, casi lo oía.

 

-¿Me das un taco, marchanta? -pero en lugar de eso, haciendo un esfuerzo para no mirar la mesa ni los platos ni la comida, musitó-, otro día vuelvo.

 

Y se fue. Levanté los ojos, el marco de la ventana lucía extrañamente vacío, acongojado, un marco desnudo de retrato ¿Y el marchante? Se fue... sin taco, sin pan, sin nada.

 

El tomar la sopa caliente cesó de ser un placer. No era, después de todo, tan importante. La cara me perseguía. Debía haberle dado un taco, hubiera significado tanto para él y para mí... tan poco. Solamente tomar la  sopa fría o volverla a calentar.

 

-Otro día vuelvo.

 

Sí, marchante, otro día, otro día le daré un taco caliente y dejará de perseguirme su rostro extrañamente enmarcado en mi ventana.  


 
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Rebanadas de Sandia:

Rebanadas de sandía

 

 

-Me dan ganas de llorar -les dije ayer en camino de Orizaba a México a mis hijas-, al pensar que no viene Lucerito. Hubieran disfrutado tanto las cuatro primas, de edades aproximadas, jugando juntas en la playa. ¡Casi me las imaginaba!

 

Pero con su mirada de infantil asombro, los ojos de Lucerito, brillantes, melosos, increíblemente grandes, sombreados por largas y tupidas pestañas, nos esperaban en México para viajar con nosotros a la playa.

 

Gloria me entregó una carta de Chela que decía: Te encargo a mis chiquitas, una apacible y la otra revoltosa, una segura de sí misma y la otra...

 

Iniciamos la segunda etapa de nuestro viaje, de México a Acapulco. ¡Qué distinto al agradable frescor del viaje de ayer! Ahora el calor era sofocante, agobiante, abrumador, como si estuviéramos entre dos planchas, Me parecía un mediodía estival en el Puente Internacional, entre los dos Laredos, sólo que este era un puente interminable, asfixiante...

 

-Quisiera salir de este horno, quisiera estar en mi casa, -pensaba.

 

Comparado con la exuberante vegetación de Veracruz, este camino resultaba desprovisto de colorido.

 

-!Mira! Allí hay sandías -dijo Mami.

 

Y como un oasis nos pareció refrescarnos con las rojas y jugosas rebanadas de sandía, que además de los mucho que me gustan me recuerdan a mi lejana y extremosa tierra.

 

Empieza a caer la tarde y llegamos a Acapulco.

 

 


 
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Un precioso muñeco:

Un precioso muñeco

 

 

Desde la última vez que les escribí hemos hecho de esta familia una valiosísima adquisición que no es, como alguien pudiera suponer, un coche último modelo, un lujoso yate como lo que leemos tienen los millonarios, ni tampoco una confortable residencia. Es, como ustedes saben, su pequeño hermanito David; un precioso muñeco con quien todos estamos encantados.

 

David, quien tiene dos meses de haber llegado a este mundo, hizo desde ayer un sensacional descubrimiento: ¡Que en la punta de sus extremidades superiores tiene dedos! Ha sido para él motivo de entretenimiento y profundo interés. Los ratitos que está despierto se la pasa ensimismado contemplando sus dedos, los que mueve logrando obtener así efecto diferentes.

 

- ¡Qué hermoso es ver crecer y desarrollarse a un niño -pienso yo de pie junto a su cama-, ¡qué maravilla increíble que este bebé que hace algunos meses apenas se movía tímidamente dentro de mí, sea ahora un niño que sonríe feliz al oír mi voz! ¡Que amanece cada día más grande y hermoso, antojándose como una rosa que fuera abriendo sus pétalos saturadas de rocío!

     

Una vida nueva que comienza, una promesa para el mañana, unos ojos que contemplan tantas cosas por primera vez. ¡Un  hijito mío que Dios me ha enviado como un  hermosos regalo, como un espléndido premio!

 

-¿Lo veré grande? ¿Veré crecer a mis hijos?, -yo me hago esas preguntas que no puedo contestar-, que Dios nos conceda a su papá y a mí ese privilegio, que no sufran el dolor de que el destino les trunque prematuramente la existencia de sus padres.

 

Ya todos están dormiditos, voy a darle su botella a mi pequeño David Reynaldo y a dormir también.


 
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Un regalo para mamá:

Un regalo para mamá

 

 

-Y dijo la señorita que mañana lleváramos una papa.

 

-¿Una papa, Fernandito?

 

-¡Sí!

 

Al día siguiente, al ir a dejarte al kinder, advertí que muchas mamás llevaban de una mano a su hijo y en la otra una papa. Yo, en cambio, llevaba a Marissa cargada y tú y David de la otra mano. Pero, ¡ay!, ¡ninguna papa!

 

Apresurada me fui a una tienda cercana y compré una papa, ¡bueno, dos!, las cuales te llevé al kinder.

 

Al mediodía, cuando te trajo Chelita, me encontraste como siempre en la cocina. Sin decir palabra escondiste tu cara en mi vestido, cogiéndome una mano depositaste en ella, cuidadosamente, como si se tratara de un tesoro, un montoncito de papas fritas que traías en el bolsillo del pantalón.

 

Todas las noches al revisar las bolsas de tus pantalones encuentro en ellas las cosas más diminutas, como hilo para volar palomas, canicas, charpes, corcholatas aplastadas, fichas de dominó, cáscaras de naranja, ligas, frasquitos de cristal, tapas de pomos, clavos, cerillos, llaves, conchitas, caracoles, pastillas salvavidas, libretitas y hasta alguna colilla.

 

Nunca dejan de hacerme sonreír tus tesoros. Pero esta vez trajiste algo distinto en tu bolsillo, papas fritas para obsequiarle a tu mamá. Y en lugar de sonreír me sentí emocionada.

 

Me arrodillé para abrazarte y no eran sólo mis ojos los que brillaban con una lágrima furtiva, también los tuyos relumbraban tiernamente, con orgullo por haberle ofrecido tal regalo a tu mamá.


 
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The Easter Parade:

The Easter Parade

        

 

Confeccionar ese modelo resultaba difícil, aún para mi madrina. La tela carecía de belleza en su contextura, en el color, en el estampado... era de seda azul, resbalosa como pescado. La compré una aburrida tarde que después de ver telas y más telas ya todas bailaban ante mis ojos como loco carrusel. Ya ninguna me gustaba y el escogerla cesó de ser un gusto, para convertirse en apremiante molestia.

 

Pero... había que estrenar ¡No todas las muchachas estrenan el Domingo de Pascua! The Easter Parade lo llaman nuestros buenos vecinos, ya que en Estados Unidos toda la gente estrena ese día y al salir las familias rumbo a sus respectivas iglesias o templos forman un verdadero desfile, luciendo sus nuevos atuendos.

 

Yo ansiaba ser parte de ese desfile desde que una vez, siendo niña, vi en un Domingo de Resurrección a una muchacha luciendo muy elegante, ataviada con un vestido y sombrero en color verde limón. Con la escurridiza tela entre mis manos no podía menos de pensar que jamás podría lucir elegante como ella, como aquella muchacha vestida en verde limón. Así, que, para compensar la falta de atractivos en la tela y, ¿por qué no decirlo? Tal vez en mí misma, también escogí una moda complicada. Era de dos piezas y llevaba cordoncitos forrados de la misma tela, entrelazados, adornaba el cuello, las mangas y la orilla del saco.

 

A mi madrina le gustó la moda, por difícil, porque sabía que saldría airosa en la empresa de confeccionarla.

 

Luego, salió a colación el baile del entonces Sábado de Gloria, para el cual ella pensó en reformarme un vestido de baile.

 

-Si quieres estrenar para el  baile,  no  podré  terminarte  el  vestido  para  el  domingo  -me dijo.  

 

-No le hace, madrinita -le respondí.

 

Y fue así como el vestido azul quedó relegado en un cajón del chiffonier y de las manos de ella surgía orgulloso el renovado y vaporoso vestido de baile. Envolviéndome con su cariño me despidió cuando me fui al baile.

 

Los detalles del baile escaparon de mi memoria, pero cual alhaja cuidadosamente guardada conservo el recuerdo del regreso a casa. ¡Allí estaba! Terminado, embellecido por sus manos, el vestido azul de seda estampada. Fui a verla, ella dormía... la contemplé con ternura. ¿Y ahora? Duerme también, en el cementerio de su pueblo rodeado de cerros, tranquila, serena, el lugar ideal para dormir el sueño eterno.

 

Gracias, madrinita, por el vestido azul estampado y por tantas cosas más... 


 
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Tu Llanto:

Tu llanto

 

Iba a ser el momento más maravilloso de mi existencia, el que con gran ilusión esperaba, y ahora, que finalmente había llegado, yo me encontraba francamente aterrada.

 

-¿Por qué no llora el niño?, mamá -pregunté ansiosa desde la mesa de la sala de maternidad, mirando con desesperación cómo yacías, a tu vez sobre una mesa, las piernas y brazos colgando al lado de tu morado cuerpecito, como un pequeño muñeco de trapo.

 

-Es que -respondió mamá aparentando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir- no todos lloran al nacer, algunos tardan un rato.

 

¡Un rato! En las películas que yo había visto no tardaban un rato, les daban una nalgadita y lloraban de inmediato, pero en ti, mi primogénito, la vida no alentaba y la ausencia de tu llanto marcaba un ominoso compás de angustia que a cada segundo se agigantaba.

 

Mientras tu papá, a pesar de que la angustia lo aprisionaba en tan cruciales instantes, cogía el extractor de flemas sin perder el aplomo, yo pensaba en los meses de espera durante los cuales alegre e ilusionada preparaba tu ropita y, sobre todo, en el mes último, en el cual tu papá y yo parecíamos no tener otro tópico de conversación sino el del día cercano en que llegarías, convirtiéndonos en papás.

 

Me caían tan en gracia tus movimientos en el claustro materno, primero casi imperceptibles, como tenues cosquillas y luego, ¡qué va!, eran fuertes pataditas y bruscos cambios de posición que ejecutabas con entera confianza, al fin se trataba de tu mamá.

 

Después de estar unidos por nueve meses soñaba con verte, pero ahora que al fin podía hacerlo, mi mirada maternal observaba tristemente que ya n te movías como antes; que ahora.... ¡yacías inmóvil!

 

-!Pobres!, tan ilusionados que estaban -pensaría mamá.

 

Cuando un llanto de recién nacido, tu llanto primero, resonó en la sala haciendo que todos, incluyendo al doctor y las enfermeras, lanzáramos un suspiro de alivio y que, como por encanto, se desvaneciera el fantasma ominoso que unos segundos antes presagiaba una tragedia. Tu papá había logrado extraer las flemas que en tu garganta formaban para ti una barrera infranqueable ante la vida.

 

Ahora, que a los catorce años estás tan fuerte, que me levantas con tal facilidad, como si fuera yo una muñeca de trapo, pienso en aquel día, en que morado, pequeñito e inmóvil te vi por primera vez y en que tu papá, con la ayuda de Dios, pudo derrumbar la muralla que te separaba de la vida... y de nosotros.


 
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Tú, precisamente tú :

Tú, precisamente tú

 

 

Está tan nuevecito que me dan ganas de envolverlo como un vistoso regalo. Pero, ¿qué papel escogería?, ¿cuál será digno de tal presente?, ¿el fino de china con su tímido crujir?, ¿el brillante celofán con su reveladora transparencia?, ¿el elegante dorado con su regia apariencia? o ¿el de esta carta escrita para ti?

 

Está tan recién nacido que cuenta apenas unas horas, y en él, como en todos los años mi primera carta es para ti. Sí, para ti, a quien en mi nacimiento las hadas me presentaron como mi mejor y más lindo regalo.

 

¡Y estabas envuelta en brillante papel celofán! Al menos así debe haberle parecido a mi entonces borrosa visión; debo haberte contemplado con asombro y haber dormido tranquila en tus brazos que para mí formaban cuna, refugio y todo.

 

Ahora, treinta y ocho años después, copio los mismos versos. ¡Sí!, aquéllos que tanto me gustaban y que alguien escribió en tu pequeño libro de dedicatorias:

 

“Caiga del cielo como lluvia de oro, la bendición de Dios sobre tu frente”

 

      En este día, en que por ser el que dirige la marcha que han de seguirle los demás del año, parece distinto, pero mis oraciones son las mismas, pues doy gracias a Dios, como siempre, de que entre todos los millones de madres que ha puesto sobre la Tierra me tocaste tú, precisamente tú; con tu inteligencia, belleza, temple, hermosa disposición, alegría, fineza, distinciones y lindo carácter.

 

Tú, precisamente tú. ¡Mi mami chula!

 


 
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Tu Sonrisa:

Tu sonrisa

 

 

-A éste, meterlo de político, -dijo tu tío Luis, mirándote complacido- con esa sonrisa ganaría todos los votos.

 

Hay que ver que mi primo Louie nació y ha vivido siempre en Estados Unidos, por eso se expresa así respecto a los votos, ya que en nuestro país no se rige la votación por simpatía ni sonrisas, sino por el PRIoridad, pero bueno, no es mi intención hablar de política, que de eso, después de todo, yo nada sé. Mi propósito es en realidad escribir de algo que ilumina mi vida, tu sonrisa.

 

Sonrisa rompe hielo, la llama tu tío Homero.

 

-Ricardito, sólo con sonreír, hace amigos -dijo nuestro exvecino, el señor Job Días.

 

-Yo creía que la sonrisa de Ricardito era sólo eso, una bella sonrisa, pero no, es un destello de su natural bondad, -señaló tu padrino Rodolfo.

 

-Tienes una sonrisa de un millón de dólares -comentó tu papá.

 

Sí, mi Ricardito, resplandeces cuando sonríes y aún cuando dormido te hablo sonríes dulcemente al oír mi voz, como lo hacías cuando eras un bebé de tan sólo tres meses.

 

Hoy que estás lejos y no puedo verte, evoco tu cara risueña cuando llegas de la escuela. Y yo te digo.

 

-!Ricardito! ¡Ya llegaste!


 
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Album Bodas de Oro:

     En octubre de 1947, un domingo después del cine, fui a “La Terraza” con un amigo, Alfonso Paz y Puente, como a las 8 de la noche.  Nos sentamos y pedimos una bebida, entonces entraste Tú, Muñeca, con unas amigas y tú me miraste pero yo, en cambio, fijé en ti la mirada y comenzó a tocar la música.  Entonces, fui a tu mesa a preguntarte si querías bailar a lo que accediste y comezó la conversación y después de un minuto te pregunté “¿La puedo llamar por teléfono mañana y siempre? “

    Te invité a salir y fuimos a la Plaza Hidalgo.  Me gustaste demasiado desde el primer momento.

     Varias veces te invité a salir, cuando lo hacíamos en coche, tenía que ser nada más antes de “los rieles”.  Fuimos al cine  y a la Plaza pero hay que hacer notar que tú nada más salías cada tercer día y que  nunca me invitaste a tu casa.  En diciembre, tuve que irme a México donde me ofrecieron un púesto de neumólogo en el Hospital Gea González, con un sueldo muy reducido.  El “courtship” duró apenas dos meses.

       Yo, de todas maneras iba a renunciar a la labor que hacía en N. Laredo de catastro torácico, y entonces te propuse matrimonio; tú  acoptaste de inmediato y así sí ya me invitaste a tu casa donde conocí a tus familiares quienes me causaron muy grata impresión.  Tu Mamá, antes de soltar a su prenda, vino a México a conocer a mis familiares y estuvieron de acuerdo.

     El día 2 de febrero de 1948, uno de los días más significativos de mi vida,  porque me casé con una mujer hermosa, inteligente y bondadosa.  Antes de salir para la Iglesia fui a tu casa  y te vi vestida de novia.  Por cierto,  la Iglesia está enfrente de tu casa y sin embargo te fuiste en coche.   Recuerdo que en la Iglesia yo me situé en el reclinatorio del lado izquierdo y tú, del lado derecho y durante la misa, tú me miraste en dos ocasiones.    Hubo una recepción en el Casino de Nuevo Laredo.  De mi familia asistieron mi Mamá, mi hermano Abraham, mi Tía Celia y mis primos,  el Güero y Clara Elena.   Mi hermano dijo unas palabras en el desayuno.  Posteriormente, salimos en nuestro coche con destino a México y escala en Monterrey,  Inmediatemente antes de salir de Nuevo Laredo, pasamos a tu casa y nos encontramos que tu Mamá, tu Madrina Inecita y tu hermana Chela estaban llorando.  Yo le acaricié la cabeza a tu Mamá y le dije “Yo le voy a cuidar mucho a su Muñequita”.

     Después de trabajar una semana de recién casados, me enfermé de meningitis.  Cuando me alivié, nos fuimos una semana de paseo a Acapulco donde estuvimos felices. 

     Fechas hermosas, los nacimientos de nuestros ocho hijos, Eduardo(1949), Ricardo(1950), Graciela(1952), Silvia Rosa(1954), Linda(1955), Fernando(1957), David(1960) y Marisa(1962), todos en la bella Ciudad de Orizaba. Ver.  Fecha memorable, noviembre de 1965 en que Wicho, por intermedio de Chente Garza, le consiguió a Eduardo el cambio del Seguro Social de Orizaba a la Ciudad de México. Otra fecha muy impórtante, en julio de 1966, que mi hermana Chela y mis sobrinos Gloria, Pepe, Lucerito, Miguel Angel y Homerito se vinieron a vivir aquí.  Días hermosos, las bodas de nuestros hijos y  los nacimientos de nuestros trece nietos Angel(1981), Alonso(1983), Daniela(1985), Isabel(1986), Alán(1986), David Martini(1990), Carlos Alberto(1990), Linda Trujano(1991), Daniel(1992), Mariana(1993), Tania(1994), Fernandito Trujano(1994) y Marisa P.A.H.(1997).

     Días tristes, las muertes de mi Madrina Inés, quien fue como otra mamá para mí, de varios tíós y primos, de la mamá de Eduardo,  de Pepe Lois, mi cuñado, de Mamá, de Abraham, mi cuñado; el punzante dolor de la muerte prematura de mi adorado hijo Ricardo;  la muerte de mi tan llorado hermano Wicho y últimamente, el deceso de Merita, mi Tía.

     Días felices, días tristes, todos los hemos pasado unidos. con amor y con el apoyo cariñoso de nuestros hijos y de otros familiares.


 
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Boda 1948:

¿Cómo describir los sentimientos que experimenté el día de mi boda?

Emoción por unir mi vida con la del muchacho del que me  había enamorado, la ilusión de que iniciáramos una vida juntos, de formar una familia,  de ser  una inspiración para que él tuviera éxitos en su vida profesional,  ilusión de compartir nuestras vivencias, de estar juntos y ser felices; al mismo tiempo, tenía aprehensión por dejar a Mamá, a mis hermanos, a mi Madrina Inés, mi querida familia a la que estaba muy apegada; iba a alejarme de mis tíos, de  mis amigas, de mi Laredito querido, todo esto iba a dejar para embarcarme en una nueva nave.  Ya no iba a caminar todos los días  como dueña de mi ciudad natal.   Sin embargo, no  me embargaba el temor pues a pesar de lo poco que conocía a Eduardo, confiaba plenamente en él, en que me iba a proteger, que iba a estar siempre conmigo.

     Ese día de mi boda,  el 2 de febrero de 1948,   fue muy hermoso pues estuvimos acompañados de nuestros seres queridos.   Rodolfo, mi hermano mayor , quien por cierto estaba muy nervioso,fue el que me entregó en la Iglesia y  el Padre Lozano  nos casó lo que me llenó de orgullo pues me parecía que un matrimonio efectuado por él  necesariamente debía tener más validez y solidez.  Eduardo también estaba muy nervioso, tal vez pensando en la responsabilidad que adquiría.

     El festejo fue  en el Casino de Nuevo Laredo y aunque era lunes  muy temprano hubo mucha gente porque conocíamos a todo Laredo.  Por cierto,  el desayuno lo pagaron mis hermanos Rodolfo y Wicho.  Yo estuve muy contenta con Eduardo a mi lado  pero  con “butterflies in my stomach” pues después de la fiesta nos íbamos a ir. 

     Se me hizo muy duro dejar a mi familia pero con la ilusión de iniciar mi nueva vida al lado de mi flamante esposo, salí con él en su coche Chevrolet 1947 rumbo a México.  Esa noche dormimos en Monterrey.

 

    


 
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Abuelos:

                                                        LOS ABUELOS

                                                                        Josefina González de la Garza

            Durante los años que impartí cursos de conversación en español en el Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE) de la UNAM, conocí  a  muchos alumnos extranjeros.  La naturaleza de las clases se prestaba para  que cada quien  expusiera sus experiencias, su forma de pensar y sus tradiciones culturales.  Era interesante ver  que en muchos aspectos _  aunque no en todos -  había grandes divergencias de una cultura a otra.    De numerosos países  vienen a este Centro muchas personas con el objetivo de aprender nuestra lengua o perfeccionarla.  Menciono como ejemplo que en una ocasión tuve un grupo de doce alumnos, todos de diferentes países.

            Entre aquellos estudiantes, recuerdo a un alumno alemán que expresó ante el grupo algo que pareciera obvio pero que no lo es.    Lo que dijo fue que en su vida él había tenido un gran desfalco, el no haber conocido a sus abuelos;  le parecía muy terrible que la vida le hubiera hurtado la oportunidad de disfrutar de esta tierna relación que consideraba  relevante en la formación de un niño y resentía esta carencia aún en su vida adulta.

            Esto me llevó a pénsar que, en realidad, yo  había padecido el mismo desfalco pues contaba apenas con cuatro años cuando murió la última de mis cuatro abuelos.  La nuerte me birló la oportunidad de tratarlos.   Sin embargo, lo que sí me tocó vivir fue la experiencia de la relación de Mamá con sus nietos;  era para mí un regocijo ver cómo   mis hijos y mis sobrinos  platicaban con  su abuelita de diferentes temas y hasta discutían con ella sobre algunos aspectos.  La convivencia entre abuela y nietos era no sólo cariñosa, sino divertida.

            Marcel Proust, en su obra En busca del tiempo perdido, narra cómo, siendo adolescente, fue con su abuela a vacacionar a Balbec, un lugar junto al mar.  Tenían cuartos contiguos y se comunicaban al despertar por medio de unos golpecitos en la pared.  Se refiere a ese momento como un “dulce instante matinal que se abría como una sinfonía por el diálogo rítmico de mis tres golpecitos” .  Agrega que el tabique “penetrado de ternura ”  por  la señal de  respuesta de la abuela “sabía transportar el alma de mi abuela toda entera y la promesa de su venida con una alegría de anunciación y una fidelidad musical”.

     Algunas amigas  me han comentado  que les encanta esto de ser abuelas porque pueden disfrutar a los niños sin tener absoluta responsabilidad de ellos ya que luego los “entregan” a sus mamás.   También yo  disfruto mucho la compañía de mis nietos.  Creo, además,  que, en nuestra calidad de abuelas nos tomamos otra prerrogativa y es la de ”descararnos”  al alabar a nuestros nietos sin el recato que teníamos con respecto a nuestros hijos.    De allí, que existan  tantos “nietos genios” y tantos “niños prodigio”.

            La relación entre abuelos y nietos puede ser muy enriquecedora para ambas partes.  A través de esta convivencia, los niños se convierten en los depositarios de la cultura y la tradición familiar pues los abuelos solemos contar  em esta etapa con más tiempó y disposición para hilar anécdotas del pasado, aun de los tiempos lejanos de nuestra infancia.

            En fin, creo que las abuelos somos una maravilla, un cofre de experiencias, un tesoro de cariño, de comprensión y cuando hace falta, de dedicación.   ¿Y mis nietos?  Por supuesto que ellos  también son una maravilla y de seguro (para los que son abuelos) los suyos también.  ¿O no?

                                   


 
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Hijos:

E D U A R D O, nuestro primogénito, es muy inteligente, disciplinado, cariñoso y atento; actualmente está muy ocupado con la computadora y el Internet.

R I C A R D O  era alegre, estudioso, muy inteligente  y con una personalidad muy atrayente.  Lloramos su muerte acaecida hace cinco años.  A sus hijos no nos deja verlos su mamá, pero  recuerdo a ALONSO (14) como un niño activo e inquisitivo y a ISABEL (ISI) (11) como una niña   encantadora.

C H E L I T A , quien vive en Italia con su esposo Claudio y su guapo hijo DAVID MARTINI (7), es vivaz, muy inteligente, activa y  con mucha facilidad para los idiomas.  Atiende a sus propios pacientes en terapia psicológica  en Turín.

S I L V I A  R O S A,  cumplida, graciosa, muy inteligente y estudiosa, trabaja por su cuenta impartiendo cursos con mucho éxito;  vive muy cerca de nosotros con   Angel, su hijo adolescente (16) quien es nuestro queridísimo nieto mayor. 

L I N D A ( T I N I T A) tiene un hermoso  carácter , es muy  inteligente, positiva  y muy amorosa con sus padres.  Trabaja en Banobras y atiende a su familia:  Carlos, su esposo y sus hijitos, la hermosísima DANIELA (13), ALAN (11), un verdadero galán y CARLOS  ALBERTO (7), con una chispa increíble.

F E R N A N D O,  "American Citizen",  es emprendedor, muy inteligente, analítico,   brillante en su desempeño, ahora en una empresa americana. Vive en Dallas con su esposa Silví  y sus niños DANIEL (5), muy listo  y la linda TANIA, de 4 años.

D A V I D es muy inteligente, bondadoso, dedicado y eficiente;  es director de dos carreras del TEC  en Cd. Obregón.  Vive allí con su esposa Hilda y sus dos nenas, la brillante MARIANA (4) y la hermosa  MARISA, (4 meses), nuestra nieta menor.

M A R I S A, nuestra bebita y broche de oro, extremadamente cariñosa y sensible, muy inteligente  y en palabras de Silvia Rosa, “un milagro”.  Trabaja con Fer y en su carrera de Instructora en Psico-Profilactis.  Vive en esta Ciudad con su esposo Fer y sus niños, la esplendorosa LINDA (6)  y el agradabilísimo GÚERO (FERNANDITO).


 
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El Espejo:

                                                            EL ESPEJO

 

     Homero, mi hermano, es el autor de un poema cuyo título es “Consulta al Espejo” en el cual expresa que al consultar al espejo,reflejándose en él, el espejo, carente de toda piedad, le respondió:

                        “Te devuelvo tus facciones

                        agobiadas  por los años.

                        El original se ve

                        tras los estragos del tiempo,

                        el tiempo cruel y fugaz,

                        que todo arrasa a su paso.”

     Al obtener esta respuesta inesperada y que no coincidía con la imagen suya de una cara fresca y lozana, el poeta, devastado,  se apartó  de la maléfica influencia del espejo;  al hacerlo, como por arte de magia, como si hubiera escapado de un influjo, todo volvió a la normalidad, es decir, a su “normalidad” interna:

                        “Todo volvió a ser igual.

                        El rostro dilapidado

                        se borró de mi presencia

                        y en mi pensamiento vive

                        la cara jovial y fresca

                        de los años diluídos.”

     Desafortunadamente,  esta  milagrosa transformación del momento actual a los años juveniles, este retorno al pasado no es permanente, como sería de desear, pues el espejo implacable no se da por vencido y busca una oportunidad en la cual poder demostrar que los años no pasan en balde.

                        “Pero el espejo malvado,

                        me vigila a cada paso,

                        me acecha como una fiera,

                        para recordarme vil

                        ‘¡Los años no van en balde!’”

     Efectivamente, los años pasan y dejan su huella y es el espejo el encargado de  devolver a nuestra mirada  una imagen actual que tal vez no armoniza con la imagen que celosamente guardamos porque acusa  cambios, que si bien son imperceptibles si se juzgan de un día a otro, no lo son cuando se han acumulado muchos días del calendario..  Sin embargo, este cambio es más impactante para nosotros cuando inadvertidamente vemos nuestra imagen reflejada en un espejo inesperado y sorpresivo.   El reflejo puede realmente desconcertarnos.  Me sucedió ayer.

     Aconteció en un ambiente totalmente desprovisto de sofisticaciones y en el cual no imaginé que hubiera un espejo “al acecho”. Fue en un supermercado: iba a tomar un paquete de carne para brochetas;  me incliné un poco para tomar el paquete y me encontré con una cara que me miraba con fijeza  y que no coincidía del todo con  el registro en mi memoria.  Algo se le había escapado, algo se había fugado... Me aparté rápidamente con el paquete de carne en la mano  y me dije, tal vez con el intento de extraer algún valor de esta experiencia:

     Si bien es cierto que, como dice mi hermano, refiriéndose a nuestra envoltura física, los años no pasan en balde, lo ideal es, según creo,  que tampoco lo hagan en nuestro espíritu y que éste, en lugar de declinar,  se enriquezca día a día  de forma tal   que esto, aunque sea de una manera sutil, se refleje también en el espejo.

     Acto seguido, regresé al departamento de carnes, me asomé al escondido espejo  y esta vez reflejó una sonrisa.

 

                        Josefina González de la Garza

  24 de octubre de 1997

 


 
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Familia:

     Eduardo y yo teníamos una gran ilusión de formar una familia desde recién casados.  Encargué a mi primer bebé a los tres meses de casada y ya estaba preocupada por la tardanza.   Tuve un embarazo muy bueno y esperamos a nuestro bebé con mucho amor y emoción.  Para nuestra felicidad, Eduardo Jr. nació el 23 de enero de 1949 y antes de cumplir él un año, nació nuestro hijo Ricardo, lo que nos llenó de dicha.

     Que alegría tuvimos con los nacimientos de nuestra primera bebita, Chelita,  el 15 de diciembre de 1952 y de nuestra nena, Silvia Rosa, un año después, el 4 de enero de 1954.  Así  que, a los seis años de casados, teníamos una familia de cuatro hijos, dos niños y dos niñas con quienes estábamos encantados.  Completamos el trío de bellas con la afortunada llegada de nuestra Linda  Josefina el 2 de octubre de 1955 y luego, tuvimos la felicidad de tener otros dos niños, no tan seguidos, Fernandito, el 28 de junio de 1997 y David el 12 de febrero de 1960.  Al llegar David, teníamos hijos de tres décadas.  Para cerrar con broche de oro, nació felizmente nuestra Bebita, Marisa,  el 3 de abril de 1962.  Mamá estuvo presente en los nacimientos de todos nuestros hijos, con excepción de Marisa ya que ella se adelantó un mes.   

     Así que nuestra familia, los Peña Alfaro González,  estuvo formada por ocho hijos, cuatro niños y cuatro niñas, todos hermosos y todos inteligentes, nacidos entre 1949 y 1962.  Todos se casaron y todos se recibieron de una carrera universitaria y casi todos hen hecho estudios de Posgrado. Desafortunadamente, esta unidad formada por nuestros ocho hijos se desgarró al morir nuestro adorado hijo Ricardo el 26 de febrero de 1993, a la edad de 43 años, lo que nos causó a todos un enorme dolor. 

     Durante la infancia de nuestros hijos, toda nuestra dedicación y entusiasmo versó en ellos.  Ahora, compartimos sus preocupaciones y sus dichas son las nuestras. Estamos muy orgullosos de nuestros hijos y muy contentos con  nuestros  hijos políticos y nuestros nietos.


 
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Amigos:

     Un poco antes de cumplir tres meses de casados, el 29 de abril de 1948, nos fuimos a vivir a Orizaba, Ver.  La primera pareja de amigos que tuvimos allí fueron Pepe y Gloria Blanchet a quienes fuimos a visitar un día después de llegar a esa hermosa Ciudad  pues ´Pepe y Eduardo se conocían desde secundaria  y habían sido compañeros en la carrera de medicina.  Nos recibieron con los brazos abiertos  y de inmediato nos brindaron  su afecto.  Además, tuvo Ed la suerte de encontrar en Orizaba a un amigo suyo de Ciudad Juárez,  Pedro Estrella - Perico - simpático y alegre Veracruzano quien con su esposa Ofelia se hicieron grandes amigos nuestros.  También reencontró Ed a Humberto Blanchet, hermano de Pepe y compañero de Ed desde secundaria, casado con Olivia, una encantadora Tampiqueña.  Eduardo Jr. tenía un mes cuando yo los conocí y ellos ya tenían cuatro niños. Nos caímos muy bien desde el principio. Con estas tres parejas nos hicimos compadres posteriormente.  El Compadre Humberto era un gran promotor de las familias grandes y nos animaba con gran entusiasmo a que tuviéramos muchos niños;  predicaba con el ejemplo pues  ellos tuvieron 13 hijos. Otras parejas de amigos fueron Flori Blanchet y su guapo esposo, Pepe Tello de Meneses, Anita y Carlos Pous, quienes tenían cuatro niñas, Eduardo y Lolita Torreblanca, todos ellos originarios de la Ciudad de México.  No puedo dejar de mencionar a mi vecina veracruzana,  Enriqueta Consejo de Villa,


 
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Gloria:

       G LO R I A     En este día tan especial en que cumples medio siglo de vida quiero felicitarte muy cariñosamente y motivos hay muchos para hacerlo pues llegas a los 50 años radiante de hermosura, delgada, activa y con una vida plena.  No  todo esto  te llega por casualidad sino que hay muchos elementos que son el resultado de tu esfuerzo, disciplina  dedicación y amor.  Tienes una vida familiar feliz,   sin fin de actividades de trabajo, sociales  y relacionadas con los niños lo cual contribuye a tenerte muy ocupada pero contenta. 

      Creo que tu existencia ha llenado de felicidad a los que han estado en estrecho contacto contigo empezando por tus padres y hermanos, Memo, con quien has formado una pareja muy unida  y Lorena y Willy con quien tienes una bella relación.  Por mi parte, no puedo olvidar que tú fuiste la primera que me dijo Mamá.  Lo curioso del caso es que en aquel tiempo en que tu Mamá y yo eramos jóvenes no nos parecíamos nada, al contrario, la gente comentaba sobre lo diferentes que éramos.  Sin embargo, tú, con tu inteligencia, aun siemdo bebita,  percibiste el estrecho lazo fraternal que nos unía a  mi hermana y a mí y nos juntaste en una sola persona al decirnos a ambas “Mamá”.  Más adelante, cuando eras un poco más grandecita,  hiciste la distinción en dos personas pero no queriendo desposeerme del honroso título que me habías conferido, me dijiste “ota Mamá”. 

     Has sido una sobrina cariñosa y atenta con tu Tío Eduardo y conmigo.

Te deseo que sigas teniendo una vida dichosa al lado de tu  encantadora familia y que cumplas muchos, muchíximos  años más siempre tan bonita y positiva.

 

                                    Tu Tía Muñeca

27 de marzo de 1998


 
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Año Nuevo:

            Recuerdos muy bonitos de días festivos son principalmente los de Navidad y Año Nuevo que siempre pasamos los Peña Alfaro en familia en la casa y acompañados por los Juambelz.  Wicho y Manolo pasaban Navidad con nosotros,  ahora nada más Manolo y extrañamos a Wicho.  Mi Richard por lo general pasaba Año Nuevo con nosotros pero la última Navidad la pasó aquí y su último cumpleaños, el 6 de enero de 1993,  le festejó Wicho en su departamento y allí lo pasamos todos.

            En la cena de  Navidad es tradición que haya lugares  en la mesa para chicos y grandes juntos, a veces hemos sido más de treinta. Ponemos el ártol en el comedor con los regalos para  todos; hay un misterioso personaje, ya legendario en la familia, que se firma con letra temblorosa como el COCO, que trae regalos de broma  a todos los asistentes y que mucho ha contribuído a la diversión de Nochebuena.

            En Año Nuevo hay un show tradicional que se inició como en 1970 para pasar el rato divertidos mientras dan las doce ya  que tomamos muy poco.  Muchos miembros de la familia participamos en el grandioso show en el que ha habido sketches, partes de obras de teatro, canciones, bailes, poemas, imitaciones, piezas de piano, lectura de artículos etc.  Ultimamente hemos agregado un homenaje a nuestros muertos guardando 30 segundos de silencio.  Linda siempre abre el show con la música de “Hello Dolly” o de “Cabaret” y cada vez hay un maestro de ceremonias.  Resulta muy divertido.       


 
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Homerito:

Hoy es un día de júbilo para nuestras familias por varios motivos:  el primero es que celebramos el cumpleaños de mi querido sobrino Homerito a quien le deseo lo mejor en esta vida tal y como se lo merece.  Un hecho importante, es que después de varios años de residencia en París, este año festeja su cumpleaños como residente de México en donde le deseo muchos triunfos.

     Otro razón es  la inauguración de esta casa que hace poco adquirió.  Más que una adquisición,  yo lo llamaría un encuentro pues he aquí que Homerito tenía una casa pensada en su mente con ciertas características que deseaba formaran parte de su entorno en el diario vivir,  una casa que pudiera brindarle no sólo descanso sino momentos agradables por el simple gusto de estar allí.   Al estar buscando casa, no siempre se cumple ese deseo que se tiene, no siempre se le  concede a la persona que de pronto entre a la casa  con la que  había soñado pero en este caso así fue, aquí estaba la casa, mirando a los Viveros, su casa, esperándolo y ese fue el encuentro del que hablaba.

      Ahora,  realizando una interacción con su casa, por llamarlo de alguna manera, mi sobrino le va imprimiento su sello, su esencia.  La casa va adquiriendo los toques personales en los que reconocemos a Homerito  Es una casa acogedora porque esto es lo que él logra con su presencia y por los detallles que le confieren una personalidad propia.

 

      Otro motivo de regocijo es el acierto,  digno de la sensibilidad de Homerito,  al elegir el nombre de la casa:  Polvo Enamorado .  Este nombre está ligado a mi inolvidable hermano Wicho quien escribió la letra y la música  de la bella canción Polvo Enemorado.  Wicho, como todos sabemos, además de ser un ser excepcional en muchos aspectos,  fue un hombre extraordinariamente multifacético y una de sus facetas era su  amor por la música.

     Me siento muy honrada de que Homerito me haya elegido para develar una de las placas con este hermoso nombre Polvo Enamorado.  Al darle este nombre a la casa, siento que  se le rinde un tributo a mi hermano, a su poesía,  a su talento...   que con esto se pone aún  más en evidencia lo presente que está en todos nosotros,   lo que influyó en muchas de nuestras vidas y lo vinculado que está su espíritu al nuestro.

      Como orgullosa tía de un sobrino excelente, Homerito, te quiero felicitar por tu cumpleaños, por el encuentro con tu casa la cual deseo que disfrutes mucho  y por la afortunada elección del nombre Polvo Enamorado.

 

 

 

 

 

 

     


 
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Memorias:

Memorias de Orizaba (1948-1965)

 

     Otros eventos memorables  que recordamos con emoción de esta bella Ciudad son

Las visitas de nuestros familiares que eran días de fiesta para todos.

Nuestros frecuentes paseos a la Alameda, cerca de la casa.

Los sábados y domingos en el CIDO, dende Eduardo y los niños nadaban.

Las fiestas y paseos escolares de los Colegios México y Covadonga e Inst. de la Veracruz.

Los juegos de football y desfiles en los que Eduardo y Ricardo participaban.

Las visitas a los alrededores de Orizaba, tales como Los  Quinientos Escalonmes, El

   Rincón de las Doncellas, La Laguna de Nogales, etc.  

El nombramiento de Eduardo como Director de la Clínica 1 del Seguro Social en 1960.

Nuestros numerosos viajes a Veracruz a pasar el día en la playa.

Un encantador paseo nocturno a ver los nuevos cemáforos en 1963.

Los conciertos de piano en los que participaron Eduardo Jr., Chelita y Silvia Rosa.

La graduación de Eduardo Jr. de preparatoria en el Colegio México en 1965.

 

Memorias de la Ciudad de México (1965-1998)

 

Nuestra llegada a México en 1965 al departamento gigantessco en Av. Col. del Valle

   118, donde ahora está un Sanborn's  y donde vivimos hasta 1972.

El trabajo de Ed en la Clínica 19 y en otras, donce hacía dobletes de 1965 a 1976.

El tiempo que vivieron con nosotros Chela, Gloria, Lucerito, Mike y Homerito en 1966.

El ingreso, en 1966, de Eduardo Jr. a la U.N.A.M y de mis siete hijos menores al

   Colegio Madrid donde todos graduaron de Preparatoria.

Mi debut como maestra en la iniciativa privada en 1966 y en la U.N:A.M. en 1975.

Mis estudios de Prepa del 69 al 70, de la Licenciatura en Letras Inglesas en la U.N.A.M.,  del 74 al 78 y de Maestría, del 80 al 84.  

La jubilación de Eduardo  del Seguro Social y su inicio a laborar en Pemex en 1976

La recepción profesional de nuestros ocho hijos del 80 al 86 y las subsiguientes maestrías     

   de Ricardo, Fernando, David y Marisa e ingreso de Silvia R., Linda y Fernando.

La inevitable separación de nuestros hijos de la casa materna: Eduardo (71), Ricardo                     

   (72), Chelita (80), Silvia Rosa (72), Linda (81), Fernando (83), David (85)

   y Marisa (87).

Volver a vivir los dos solos después de haber tenido niños en casa del 49 al 87.

El retiro de Eduardo de Pemex en 1991 y ahora sí a disfrutar la merecida jubilación.

Los veinte años que tuvimos a nuestros perritos Schnauzers, el temerario Melville (77-                          

   80), el temperamental Pluck (80-82), el audaz Aleph (80-83), la dulce y noble        

   Dehli (83-96) y la encantadora Bony (96-97), todos con el común denominador      

   de  haber tenido un gran amor por sus amos y habernos proporcionado gran alegría.

Para cerrar las memorias de nuestros cincuenta años de vida matrimonial, Ed dice que

   me ha tenido siempre en un concepto muy valioso y yo digo que mi amor por él               

   ha ido en aumento. Los dos decimos que nuestros hijos han iluminado nuestra

   existencia y que al ingente amor que les tenemos han correspondido con un enorme

   caudal de cariño y de atenciones.  Gracias, hijos adorados y por añadidura gracias a

   nuestros nietos por su cariño.  Gracias al Dios infinito  por habernos encontrado y

   haber formado la bella familia que tenemos.   

 

 

 

 

 


 
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Nadar:

                                     O NADAS  O TE HUNDES

                                                        Josefina González de la Garza

            Swim or sink (nadar o hundirse) se le llama a un método lingüístico para el aprendizaje rápido de idiomas que consiste en la inmersión del alumno durante muchas horas al día en la lengua meta.  Generalmente,  se trata de personas que tienen el estímulo de necesitar dicho  conocimiento para su sobrevivencia, ya sea porque viven en el país donde se habla ese idioma  o porque tienen planeado hacerlo en el futuro o tal vez debido a su trabajo o a  sus actividades.  La conjunción de estos dos elementos, el estímulo y la inmersión en la lengua  tiene como resultado que el estudiante logre avances considerables.

     En fin, esto me vino a la mente, no por problemas lingüísticos,  sino por una reflexión sobre la natación en sí.  Yo siempre había deseado saber nadar pero las circunstancias no habían sido favorables.  Primero, en Nuevo Laredo, mi  tierra natal, cuando yo era chica  sólamente había una alberca y ésta era pública.  Por supuesto que era impensable para Mamá y mis hermanos que yo fuera a aprender a nadar a un lugar “público”.

            Luego, ya casada,  vivimos mi esposo, nuestros hijos y yo muchos años en Orizaba;  allí íbamos a un club precioso donde mis hijos aprendieron a nadar pero yo estaba demasiado ocupada “cuidándolos” desde afuera y luego vistiéndolos para tener tiempo de aprender.  A lo más que me animaba era a meterme un ratito a jugar con ellos en  lo bajito.  Además, confieso que existía el impedimento de que el agua era muy helada.  (Decían que provenïa del deshielo del  Citlattépetl .)

            Así se pasó el tiempo y yo seguía con la inquietud de saber qué se sentía sostenerse en el agua.  Ya en la tercera edad y despuës  de muchos años de vivir en la Ciudad de México, un día me dije:  “¿Y por qué no?  Es cuestión de nadar para no hundirse.”  Tenía reservas con respecto a mi edad al considerar que qué iban a pensar los otros alumnos y el  maestro de mi temeridad, de mi atrevimiento,,,

            Al fin me inscribí a una escuela de natación.  No causó conmoción alguna mi presencia.  El maestro me preguntó si acaso iba por orden médica para alguna rehabilitación y le dije que no.  Ese día, por única vez, después de pedirme que hiciera una demostración de mis habilidades, me tomó el pulso.

            Mis hijos se sorprendieron. ¿Cómo que no sabía nadar si siempre los estuve cuidando?  Pues no, no sabía, nomás revoloteaba un poco en el agua.

            Seguí con las clases, ir a ”lo hondo”, es decir, no tener  manera de tocar fondo, me causaba una angustia terrible.  El maestro caminaba a mi lado, por fuera de la piscina,  con un tubo de aluminio en la mano , por si acaso, pero no lo necesité.  Hacía el esfuerzo, contando las brazadas, para alcanzar la orilla.  Un día me rompí una uña de tan fuerte que me agarré al llegar.

            Ya hace un año que tomo clases.  No soy ninguna Esther Williams, pero ya hago mis pininos en “crawl” y en nado de pecho.  El otro día fue mi hija menor a ver mis progresos y el maestro le dijo:  “Mire, si hablamos de un cien por ciento, su mamá, en nado de pecho, está como en un tres por ciento.”

            La natación me ha reportado un beneficio incalculable;  los días que nado siento como que liberaron oxígeno en esta contaminada ciudad;  más que nada, el beneficio estriba en la seguridad que me ha dado de que los miembros de la tercera edad  o la llamada “edad dorada” podemos intentar algo que deseemos hacer y “sobrevivir” al intento, que podemos alcanzar logros importantes.  Es cuestión de preguntarnos “¿Y por qué no?”


 
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Lugares:

  

      Durante nuestros cincuenta años de casados,  sólamente hemos vivido en dos  ciudades, en México, D.F.  y en Orizaba, Ver.   De recién casados, estuvimos dos meses en casa de mi suegra y de mi cuñado Abraham, en Citlaltepetl no. 44, Col. Hipódromo,  en la Ciudad de México, donde fuimos muy bien tratados.  Ed trabajaba en el Hospital G.E.A. González.  Luego, Ed consiguió un empleo en el Seguro Social en Orizaba, Ver. y nos fuimos allá el 29 de abril de 1948.  Ninguno de los dos conocíamos la Ciudad pero nos encantó, con sus puentes y sus tejados rojos.

      En  Orizaba, donde nacieron nuestros ocho hijos, vivimos en varios lugares:  primero,  dos meses en una casa de huéspedes en Oriente 3 no. 4, con la Familia Arnaud;  luego, un mes en una casa preciosa en Madero no. 100, junto al río, la cual dejamos porque era muy cara la renta;  después, cinco meses en la Calle Real, en un departamento nuevecito en  el Edificio Palencia; a principios de enero de 1949,  nos cambiamos a Sur 8 no. 20A, donde vivimos primero los dos solos y luego de uno en uno fueron llegando nuestros hermosos niños a alegrar nuestro hogar; allí permanecimos casi 17 años hasta el 29 de noviembre de 1965  en que nos vinimos todos  a la Ciudad de México.  Aquí hemos vivido en dos casas, la primera , un precioso y enorme departamento donde estuvimos los diez Peña Alfaro muy contentos y luego nuestra casa propia, bonita, práctica y luminosa, en Av. Universidad 1349, frente a los Viveros de Coyoacán,  a la que nos mudamos el 18 de mayo de 1972 con Chelita, Linda, Fernando, David y Marisa.  Hemos estado muy felices en esta casa donde ahora vivimos Ed y yo  solos pero muy visitados por nuestros hijos y nietos.  


 
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Reseña Bodas de Oro:

BODAS DE ORO DE EDUARDO Y LA MUÑECA

RESEÑA por Josefina González de Peña Alfaro

     Eduardo y yo celebramos nuestro enlace el día 2 de febrero de 1948 en la Parroquia del Santo Niño de Atocha en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Para festejar los cincuenta años de este matrimonio,  se llevó a cabo una ceremonia de Bodas de Oro el día 31 de enero de 1998 en la Parroquia de Santo Tomás Moro, la cual  resultó muy bella y emotiva.

      Antes de salir para la iglesia, en la casa se observaba el bullicio natural que suele haber en la casa de la novia por los arreglos preliminares a la boda; estuvieron presentes para disfrutar con nosotros de estos momentos importantes Eduardo, mi hijo, Silvia Rosa y Angelito, Marisa, mi bebita, con su hijita Linda y su niño Fernandito,  Chela, mi hermana, Homerito, mi sobrino, Chelita, Claudio y su hijito David Martini,  quienes viajaron desde Turín para estar presentes en esta celebración, así como mi amiga Lupe Cavazos y su hija Lupita quienes vinieron de Nuevo Laredo.

      El día comenzó muy temprano, a las 7:30 en que llegó Carmelita, la  señora que  me hace manicure etc.,  acompañada de una cuñada suya para embellecernos a Silvia Rosa, a las Lupitas y a mí. Enmedio de un ambiente de gran excitación por haberse llegado el BIG DAY, nos peinaron y nos maquillaron, por cierto en una forma muy natural. 

     Ed y yo nos vestimos con tiempo,  nos sentíamos muy emocionados y contentos y a la una en punto salimos a la Iglesia.  Nuestro primógenito, Eduardo Jr.,  nos llevó en el carro New Yorker dorado  que era de Wicho y que nos prestó Manolo.  Ese carro tiene un valor sentimental para mí pues al verlo, siempre recuerdo a Wicho en él.  Además, como yo, ese carro procede de Nuevo Laredo, Tamaulipas ya que allí lo compraron.  Marisa decoró el carro para la ocasión con unos enormes moños dorado y blanco que Linda nos regaló y Marisa mandó hacer en Coyoacán a gusto de ella y mío.  Eran cuatro, uno al frente, otro, atrás y dos, en las puertas delanteras. Quedaron preciosos y el coche se veía muy adornado y tomó el tono dorado de los moños.   Ed y yo íbamos en el asiento trasero. Atrás de nosotros iba Marisa en su carro y Homerito en el suyo.  La Bebita iba tocando el claxon como se acostumbra hacer en honor de  los novios.

     Llegamos a la Iglesia como a la 1:15;  el carro entró hasta el atrio y, por sugerencia de Eduardo Jr., permanecimos  dentro del coche hasta que el Padre nos avisó que ya era hora. Ya estaban todos los invitados, muchos de ellos en el atrio, y cuando salimos del coche, todos nos aplaudieron, lo que me pareció muy tierno.    

     Esta Iglesia de Santo Tomás Moro está construída en un estilo moderno y  elegante y tiene un atrio grande con jardín.  Hay que subir varios escalones para llegar al templo.  En el altar, tiene una figura estilizada de un Cristo, y a la derecha,  una virgen.  El interior del templo es más bien pequeño por lo que lucen las celebraciones como ésta en que el número de personas era cerca de cien.  Es el templo católico de la comunidad alemana en esta ciudad así que se observa mucha exactitud en cuanto a  puntualidad y a organización.  La  ubicación es Vito Alessio Robles no. 206, está cerca de nuestra casa y como dato importante para mí, tiene la característica de  que tanto Mamá, como Wicho y Ricardo estuvieron presentes en ese templo pues allí se casó Gloria, mi sobrina.  Otro dato es que allí se depositaron las cenizas de Wicho y permanecieron en dicha Iglesia durante tres meses, así como el hecho de que nosotros, Ed y yo,  y nuestros hijos tenemos nichos en ese lugar.

     Acto seguido, nos colocamos en el orden acordado para entrar, primero mis hijos, por edades, de mayor a menor, con sus familias y, al final, “los novios”.  Se sintió mucho la ausencia de Ricardo. Sin estar físicamente, estaba con nosotros.  Yo sentí como que había que dejarle su lugar en el grupo familiar porque así le correspondía.y normalmente así debía de haber sido.  La entrada fue a la una y treinta minutos y el cortejo hizo su  aparición bajo los acordes de la Marcha Nupcial de Mendelsson.  El orden del cortejo fue el siguiente:

                                    Daniela                      Eduardo Jr.

                                          David Martini

                                    Chelita                       Claudio

                                    Silvia Rosa   Angel

                                    Alán                Carlos Alberto

                                    Linda             Carlos

                                    Tania              Daniel

                                    Silví                Fernando

                                    Hilda        David

                                    Marisa P.A.H.  en brazos

                                    Linda T.         Mariana

                                    Marisa                        Fer

                                    Güero,       de la mano

                                    Muñeca         Eduardo

     Caminamos sobre un tapete rojo que cubría desde las escaleras hasta el altar. Los miembros del cortejo se fueron acomodando al llegar cerca del altar.  Finalmente, llegamos "los novios"; el padre Héctor_Torres nos recibió muy afectuosamente y nos dijo que no nos teníamos que arrodillar durante la misa y que nos sentáramos;  las sillas estaban forradas de rojo .  La Iglesia estaba adornada con flores blancas, gladiolas y otras que le daban un toque festivo y sobrio a la vez.

     El cortejo lució muy elegante y uniforme en cuanto a colores y vestimentas Los atuendos eran como sigue:  Chelita, Silvia Rosa, Linda y la Bebita llevaban vestidos en verde botella, largos hasta el tobillo y con tirantes;  el de Chelita, confeccionado  en terciopelo y con rhime stones en el cuello; los de sus hermanas, iguales los tres, en crepé, con el talle alforzado y con un adorno en plata uniendo los tirantes del vestido con el talle; todas llevaban unas mascadas  del mismo color del vestido y zapatos negros.  Las cuatro llevaban el pelo suelto, Chelita el pelo corto y negro y Silvia Rosa, Linda y Marisa, el pelo rubio, con rayitos. Silvia, la esposa de Fernando, llevaba un modelo abajo de la rodilla en azul oscuro y manga corta e Hilda, la esposa de David, un traje largo en color mamey, con zapatos del mismo color. Ellas dos también llevaban el pelo suelto, Silví, rizado e Hilda, liso, con fleco. Mis tres hijos, Eduardo, Fernando y David, mis yernos, Claudio, Carlos y Fer así como mi nieto mayor Angel(16) llevaban trajes en tono oscuro con corbatas en las que predominaba el color vino.  Mis otros cinco nietoa, Alán (11),  David Martini (7),  Carlos Alberto (7),  Daniel (5)  y  Fernandito (3) llevaban trajes iguales en azul marino, con camisas blancas,  corbatas de moño en color guinda y zapatos negros.  Daniela, (12), lucía un vestido americano en color perla elaborado en un tejido como de gancho,  a la rodilla, con manga corta; en color perla, también llevaba los zapatos, las  medias y el adorno del chongo. En el cuello, un collar de perlas.   Ella llevaba el lazo.  Mis tres nietas pequeñas, Linda (6), Mariana (4) y Tania (3) con modelos iguales en shantoung color perla, con adornos de guipure.  El modelo lo escogieron Marisa y Silví en Dallas en la tienda ”Dillard’s;  como nada más había la talla de Tania, los otros dos los encargó la tienda, uno a Oklahoma y otro a San Antonio, Texas,  y se los enviaron a Silví quien los trajo a México .  El largo era al tobillo y las tres traían zapatos y medias color perla.  De adorno en la cabeza llevaban un moño con unas rositas en color oro y  listones perla y oro.  Estos moños fueron mandados hacer por Marisa y  confeccionados en Decoraciones Coyoacán.  Cada una de las tres niñas llevaba en las manos una charola color oro con botellitas miniatura de champagne en color verde con una etiqueta en dorado que decía “Celebration Bubbles”   para que los invitados les  echaran burbujitas a los novios a la salida, en lugar de arroz.  Esas botellitas las repartieron entre todos los invitados  las cuatro niñas durante la misa, Daniela fue acompañada de Tania y Linda, de Mariana.  La más pequeña de nuestros nietos, Marisa Peña Alfaro Hernández, de apenas dos meses de edad,  estuvo ataviada en blanco y rosa, con un faldón largo y una diadema de encaje en la cabecita,  blanca con rosa, muy propia para la ocasión y durmió plácidamente durante la ceremonia.

     El novio, mi amado esposo, de 80 años vistió un traje cruzado en color gris oxford, con camisa blanca y zapatos negros, corbata gris con dorado con un prendedor de oro con un número 50, regalo de Guille y Helen Trujano, el papá de nuestro yerno Fer,  y su esposa.  En el ojal llevaba un ramito de azahares con un moño dorado confeccionado en tela metálica caladita.

     La novia, de 72 años, con un traje de dos piezas en crepé de seda plizado, color perla, largo chanel.  El vestido tenía escote al frente con un adorno de guipure y un moñito  de listón,  el saco de manga larga con un adorno de encaje de guipure a todo lo largo, sombrero de paja de ala ancha, color perla,  con un moño de satín del mismo  en color y un prendedor en color oro, zapatos color perla nacarados  con adornos de onditas  y tacón tres cuartos de alto con la parte de abajo más ancha.  De alhajas, una gargantilla de oro con pulsera de juego, regalo del novio, un dije de oro con un 50, regalo de Guille y Helen Trujano,  una cadena con una réplica del ángel de la independencia de 18 kilates, regalo de Wicho, mi hermano y un juego de aretes y anillo con brillantitos, regalo de David e Hilda.  En el lado izquierdo del saco llevaba un corsage de una flor hecha de tela metélica color oro.  El ramo de novia estaba formado por ocho rosas simbolizando cada una un hijo y adornadas con espárragos verdes y listones dorados.  Ese  ramo estaba destinado a ofrecerlo a la Virgen al final de la misa.  El otro ramo lo llevaba Chelita y era de margaritas con listones dorados para que la novia lo llevara a la salida del templo.. 

     Durante la misa, el Reverendo Padre Torres ofreció una homilía sobre el matrimonio, el amor cristiano y lo ejemplar de  haber formado una familia y llegar a cumplir 50 años juntos. También dijo refiriéndose a nosotros "Eran jóvenes en aquella ocasión que se presentaron ante Dios para unirse en matrimonio". Silvia Rosa leyó el Evangelio y Linda una lectura bíblica.  En el evangelio, tocó Corintios 1-13  de la Epístola de San Pablo que dice:

1  Si yo hablase lenguas humanas y angelicales y no tengo amor, vengo a                   ser como metal que resuena o címbalo que retiñe.

2  Y si tuviese profecía y entendiese todos los misterios y toda ciencia y si tuviese toda la fe de tal manera que trasladase los montes y no tengo amor, nada soy.

3  Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres y si entregase mi cuerpo para ser quemado y no tengo amor, de nada me sirve.

4  El amor es sufrido, es benigno, el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece.

5  No hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor.

6  No se goza de la injusticia más se goza de la verdad.

7  Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

8   El amor nunca deja de ser;  pero las profecías se acabarán y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.

9   Porque en parte conocemos y en parte profetizamos;

10 Más cuando venga lo perfecto entonces lo que es en parte se acabará.

11  Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño, mas cuando ya fui hombre dejé lo que era de niño.

12  Ahora vemos por espejo oscuramente;  mas entonces veremos cara a cara.  Ahora conozco en parte pero entonces conoceré como fui conocido.

13  Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor estos tres: pero el mayor de ellos es el amor.

     Las madrinas de anillos fueron Linda y Marisa,  quienes nos los regalaron.  Son unas argollas de 14 kilates delgadas con dos brillantitos cada uno.  Hicimos el cambio de anillos con el juramento consiguiente, nos los pusimos uno al otro en seguida de los anillos de los 25 años que vamos a continuar usando.  También nos hizo el Padre renovación de votos.  Los padrinos de lazo fueron Angel, quien me puso el lazo a mí y Daniela, quien se lo puso a su Abo.   Angel es el mayor de todos nuestros nietos y Daniela,  de nuestras nietas.  El lazo que se usó hoy es el mismo lazo con el que hace 50 años mi amiga Cuquis Barrero, a quien hoy tuvimos el gusto de tener con nosotros,  y Wicho, mi hermano simbólicamente nos unieron.  

     Después de la Comunión, pasamos al frente Eduardo y yo para decir unas palabras de acción de gracias. Las mías fueron las siguientes:

     Eduardo y yo venimos hoy con nuestra familia a esta Parrroquia de Santo Tomás Moro a ofrecer a Dios nuestras oraciones en acción de gracias por habernos permitido llegar a esta fecha en que celebramos nuestras Bodas de Oro.  Dios, nuestro Señor, bendijo nuestra unión hace cincuenta años en la Parroquia del Santo Niño de Atocha en Nuevo Laredo, Tamaulipas.  De todo corazón queremos agradecerle el habernos concedido todo este tiempo juntos y unidos, tanto en las penas como en las alegrías.

     Damos gracias a Dios muy fervorosamente porque bendijo nuestro hogar con la llegada de nuestros adorados hijos Eduardo, Ricardo, a quien Dios llamó a su seno hace cerca de cinco años, Graciela, Silvia Rosa, Linda, Fernando, David y Marisa, quienes han sido una luz en nuestro camino.  Damos gracias también por nuestros queridos hijos políticos que forman parte integral de nuestra familia y pór nuestros trece nietos adorados que han alegrado nuestro hogar y con quienes se ha cumplido, en nosotros, la promesa bíblica aquella de "Bendígate Yahvé... para que veas a los hijos de tus hijos".

     Le damos gracias a nuestro Señor, también, por tener el cariño de mis hermanos, de nuestros sobrinos, de Manolo y de otros familiares quienes revisten gran importancia en nuestras vidas.

     Le aagradecemos a Dios por contar con el apoyo incondicional de amigos entrañables, quienes han hecho más significcativa nuestra existencia.

     Queremos darle las gracias, también, al Reverendo Padre Héctor Torres quien ha oficiado esta hermosa misa de Acción de Gracias por la celebración de nuestras Bodas de Oro.

      Cuando terminé de decir estas palabras, los asistentes aplaudieron, acto que me conmovió.  Acto seguido, Eduardo dijo el Salmo 23:

1   “El señor es mi pastor; nada me faltará.

2   En lugares de delicados pastos me hara repósar;

      Junto a aguas de reposo me pastoreará;

3   Confortará mi alma;

      Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

4   Aunque ande en valle de sombra de muerte,

      No temeré mal alguno,  porque tú estarás conmigo;

      Tu vara y tu cayado  me infundirán aliento.

5   Aderezas mesa delante de mí

      en presencia de mis angustiadores;

      Unges mi cabeza con aceite;

       mi copa está rebozando.

6   Ciertamente el bien y la misericordia

      me seguirán todos los días de mi vida,

      Y en la casa de Jehová

      moraré por largos días.

     Después Eduardo dijo un proverbio sobre la bendición de que el Señor le hubiera dado una buena esposa y que él fue el afortunado.  También A él lo aplaudieron.

     El grupo de asistentes a esta celebración estaba formado por una mayoría de familiares,  para empezar con nosotros, los Peña Alfaro González somos 25, sin contar a mis nietos Alonso e Isabel, hijos de mi hijo Ricardo, quienes, muy a nuestro pesar, no asistieron;  los Juambelz González son 15 por lo que entre estas dos familias  hay un total de 40 personas; luego,  otros familiares como Manolo y Rocío, su hermana; Yoíta Olga Quintanilla, mi prima y su hija Alejandra; mi sobrina Norma Botello, hija de Armandito, mi primo, su esposo, Héctor Gómez y su hija Dulce; Chuíto Faz, luego los familiares integrados por lazos políticos como  Guille Trujano, papá de Fer y su esposa Helen;  Aurora Girón, mamá de Fer; Poncho y Chela Hernández, padres de Hilda y sus hermanos Luisa y Agustín; Vicky Helbing y Pablito Salazar, madre y hermano de Silví; Diana Cavazos de Alanís y su hijo Javier,  mamá y hermano de Memo así como Claudia Alanís y su esposo Juan Ignacio Fernández.  Esto nos deja una cantidad como de 30 personas de amistades entre las que estaban el grupito “Ad Hoc” de la Universidad con quienes me reúno desde hace 21 años, el grupo de Laredo, conocidas de siempre, otro grupo de Laredo y el grupo de las del viaje a Canadá.  Por lo tanto,  se puede decir que no sólo era un grupo familiar, sino exclusivo.

     Durante el ofertorio tocaron una aria para cuerda de sol de Bach y en la comunión el Concierto de Aranjuez de Rodrigo (2. mov. adagio) Al terminar la misa, se despidió el Padre de nosotros y yo me encaminé, acompañada de Eduardo, con los acordes del Adagio de Albinonai, a ofrecer el ramo a la virgen, muy emocionada,  recordando que, de niña,  durante todo el mes de mayo ofrecía flores a la Virgen en el rosario que tenía lugar en las tardes y que aunque no estuviera Mamá en la casa,  yo me vestía de blanco, me ponía mi velo de la primera comunión, cruzaba la calle para llegar a la Iglesia y me iba a ofrecer flores.   En esta ocasión dejé mi ramo con las ocho rosas para la virgen y tan pronto como me retiraba de dejarlo, Chelita me entregó el otro ramo, el de margaritas,  con el que salí.

     Salimos de la Iglesia a los acordes de la Marcha Nupcial de Wagner, ahora sí nosotros al frente del cortejo  y nuestros hijos después, por orden de edades.  Las tres niñas pequeñas, Linda, Mariana y Tania, con sus preciosos  vestidos iguales, salieron juntas tomaditas de la mano. 

     A la salida, los niños y algunos adultos comenzaron a hacer burbujitas impulsadas hacia los novios lo que dio a este momento una especie de ensoñación;  los novios, por cierto, estábamos siendo fotografiados por los “paparazzi”, palabra que, en broma, usó David  .  En esta etapa nos tomaron fotos con nuestros hijos.  Luego, siguieron las felicitaciones de la mayor parte de los invitados y después otra sesión de fotos en familia cuando ya la gente había partido para el lugar de la recepción:  el Club France.  En esta etapa, tomaron fotos de grupos diversos de los Peña Alfaro González.

     Luego, de nuevo con Eduardo Jr. al volante del carro dorado y Ed y yo atrás, partimos para el Club France, cercano a la Iglesia, en la calle de Francia 75.  Es un Club francés muy hermoso, con jardines preciosos del cual es socio Fernando, mi hijo.  Fue fundado en 1870 y tiiene un gran prestigio por su excelente cocina y por la tradiciional elegancia y calidad de su servicio.  El banquete se llevó a cabo en la planta baja, en un salón aparte del restaurant;  allí se instaló una mesa de honor redonda para quince personas que incluían a nuestros siete hijos y a nuestros hijos políticos es decir,  Eduardo,  Chelita con su esposo Claudio, Silvia Rosa, Linda con Carlos, Fernando con Silví, David con Hilda y Marisa con Fer, además de Chela, mi hermana; (por cierto,  ella y su esposo Pepe Luis Juambelz fueron los padrinos de arras en la primera boda), y los novios "dorados".  Había ocho mesas más para diez personas cada una;  la mesa más cercana a la nuestra estaba reservada para nuestros diez nietos, Angel,  Daniela, Alán, David Martini, Carlos Alberto, Linda Trujano, Daniel,  Mariana, Tania y el Güero Peña Alfaro (Trujano)  La bebita de dos meses Marisa Peña Alfaro Hernández naturalmente estuvo cargada, en ratos por sus papás o por sus abuelos o tíos.

     Había un cuarteto de cuerdas amenizando la reunión, eran dos violines, un violenchelo y una viola;  llevaron, además, un pequeño piano eléctrico.  Tocaron música clásica y popular

     Las mesas tenían mantelería blanca de encaje con un centro de mesa con rosas y lirios blancos y un candil y una vela al centro.  La decoración estuvo a cargo  y fue regalo de Marisa quien fue a principios de mes a una exposición en Dallas y allí compró los adornos muy bonitos, novedosos y originales, además de otros detalles que consiguió acá y fue agregando.  Ella llevó al Club France a realizar la decoración a unas empleadas  a quienes les puso una muestra de cómo quería que se adornara todo. Regados en toda la superficie de la mesa había confettis en papel metálico dorado con figuras  con el número 50 y en la mesa de honor había, además,  otras figuras que decían “Happy Anniversary”.  Encima de cada centro de mesa colocaron un recipiente dorado imitando una bolsa de cuero de dinero.  Adentro tenía 50 chocolates en forma de moneda forrados en dorado y por fuera un letrero que decía “Contenido: 50 monedas, cada una por un año compartido juntos.  Gracias por acompañarnos, Eduardo y Muñeca, 1948-1998” .  En cada lugar, encima de las copas para el vino, había un collar dorado muy brillante que por cierto toda la gente se puso.  Encima del plato había una servilleta blanca con dorado, con un letrero 50th y encima de ésta una campanita con un letrero que decía:

                                    May laughter and joy fill this room.

                                    As we toast the Bride and Groom

                                    Take this tiny Wedding Bell

                                    A sign of love to wish them well.

                                    Ring it loud so all may hear,

                                    When the bride and groom are near.

De esta campanita estaba suspendido en el aire con un listón dorado, con un adorno de ricito, un globo dorado que  estaba  inflado con helio.  Junto al centro de mesa, un racimo de uvas dorado deteniendo una foto de los novios el día de la Boda  hace 50 años y una copia enmicada de la invitación a esa ceremonia.

     Atrás de la mesa de honor, una guirnalda dorada grande con un 50 y un listón ancho que decía “Happy Anniversary”.  En la mesa de honor, un ángel dorado como de 30 centímetros, regalo de Marisa,  hecho de polvo de alabastro a imitación de figuras del siglo XVI.  El angel tiene pelo largo ondulado, un vestido largo con grandes pliegues, un adorno al borde de la falda de donde se le asoma un pie y está tocando la flauta. Al centro de la mesa de los niños había un ángel vestido de tela dorada metálica, con alas doradas.  

     Al entrar al salón,  el cuarteto de cuerdas nos tocó la marcha nupcial y los invitados nos aplaudieron. Nos sentimos muy emocionados.  Se veía muy impresionante el decorado y toda la gente se había puesto los collares que brillaban mucho.  Acto seguido, por micrófono anunció Silvia Rosa que yo iba a decir unas palabras que incluyo aparte en el álbum y en las cuales di la bienvenida a los invitados, recordé el día de nuestra boda e hice algunos apuntes de nuestra vida de casados. Siguieron unas emotivas palabras de parte de nuestros hijos que leyó Marisa, luego un  hermoso y cariñoso artículo de Homero, mi hermano que  se titula “Feliz Aniversario” y que leyeron Chela y Homerito.  Después leyó Silví un poético artículo suyo dedicado a nosotros, “Tiempos Dorados”. En el álbum incluyo copias de todo esto. Inmediatamente después,  Silvia Rosa agradeció a las personas que habían viajado para estar presentes en las Boddas de Oro.  Mencionó a mi "amiga desde la cuna", Lupe Cavazos y a su hija Lupita, quienes vinieron de Laredo, a mi sobrino Miguel Angel, quien viajó de Cancún así como a mis hijos, Chelita, Claudio y David M., de Turín, Italia; Fernando, Silví, Daniel y Tania de Dallas, Texas y David, Hilda, Mariana y Marisa P.A.H. quienes vinieron de Cd. Obregón, Sonora.  Fue todo un "highlight" en este festejo que todos mis hijos, exceptuando a Ricardo+, y once de mis nietos pudieron estar presentes. Trerminados los "speeches",  Silvia Rosa deseó bon appetit  a los invitados y procedimos a comer.  El menú del Club France consistió en:

                                    Crema de jitomate a la albahaca

                                    Pechuga de pollo con salsa cremosa

                                        y champignones fileteados 

                                        Tallarines a la mantequilla

                                 Pastel de Boda

                             Petit fours

                               Café               

      Los vinos que se sirvieron fueron blanco y tinto chilenos marca Concha y Toro y para los aperitivos, Whisky JB escosés y Ron Appleton’s, jamaiquino.  Ed y yo estrenamos las copas con borde dorado que nos regalaron mis amigas de la Universidad, el  equipo Ad Hoc.

     El cuarteto amenizó la comida con su armoniosa música y tocó varias veces junto a nuestra mesa. Fue una comida tan agradable pues al mismo tiempo que convivíamos en familia, estábamos rodeados de muchas personas queridas.

     Después de la comida, se le ocurrió a Marisa que, aunque teníamos un espacio pequeño.  podíamos bailar: resultó muy emotivo pues primero bailamos Ed y yo y luego  bailé yo  con cada uno de nuestros hijos y él, con cada una de nuestras hijas, lo mismo con nuestros  hijos políticos.  Yo bailé con Manolo  y con nuestros sobrinos Pepe, Mike y Homerito Juambelz y con Memo Alanís y Ed con  Chela, mi hermana, con mis sobrinas  Gloria, Lucerito y Vicky Así como con  Vicky H., Aurora G.,   Angelita del Valle y con la pequeña Linda Trujano.   Aunque fue breve el tiempo que bailamos con cada uno, hubo oportunidad de decir cosas significativas .  Este momento  tan íntimo y a la vez compartido me pareció de sueño.

     El pastel fue confeccionado en el Club France.  Lo decoraron en  color dorado, decía “Felicidades” y tenía, de pie,  un adorno dorado con un 50  que también trajo Marisa de Dallas y además, un racimo de uvas dorado. Se veía muy hermoso.    Partimos el pastel que por cierto estuvo muy rico.  Luego Linda me acompañó a brindar en todas las mesas.      

    Un poco después,  se llevaron a cabo varias actividades como la de repartir entre los invitados las tarjetas  agradeciendo su asistencia y los recuerditos.  Las tarjetas fueron regalo de Silvia Rosa y quedaron preciosas.  Incluyo una en el álbum.  Son de color crema con letras doradas, tienen un dibujo de unas rosas resaltadas que por cierto son ocho, una por cada hijo. Los sobres se sellaron con un sello dorado haciendo juego con las rosas  y las rotularon Silvia Rosa y Marisa con tinta dorada. Angelito cooperó mucho con   el trabajo relacionado con esta actividad.   Adentro del sobre, en el doblez de la tarjeta, pusieron ocho angelitos de papel metálico dorado simbolizando a mis ocho hijos. Las tarjetas se colocaron en una canastita decorada y las repartieron Silvia Rosa y Chelita.  Los recuerditos eran unos angelitos preciosos, en pasta, imitación cerámica, pintados a mano,  con imán para el refrigerador.  Todos los angelitos  están tocando algún instrumento y Marisa les pintó las alas de dorado.  Atrás tienen un sticker con una guirnalda en dorado con el número 50 y Eduardo y Muñeca, 1948-1998.  Estos se llevaron en una canasta blanca rectangular decorada con racimos de uvas doradas y moños blancos con dorado.  Los repartieron Marisa y Linda.

        En otra canasta decorada llevamos,   en rollitos amarrados con listón dorado,  unas hojas con copias de dos canciones de Wicho:  “Polvo Enamorado” y “Rosas de Abril”.  Estas copias las sacó Angelito en la computadora, quedaron muy bonitas y como adorno, les pusimos dos angelito pegados, cada uno junto a donde aparecía el nombre de Wicho.  Silvia Rosa dijo las siguientes palabras:

     “Mi Tío Wicho fue una figura central en la vida de la familia Peña Alfaro González.     Su inteligencia desbordante, su sensibilidad y mágica presencia dejaron una marca indeleble en nuestras vidas.  Aunque él ya no está con nosotros, hoy, en esta celebración, no podemos dejar de recordarlo.  ¡Y qué mejor manera de hacerlo que compartiendo con ustedes algunas de sus composiciones musicales!

     Esto fue un  merecido homenaje a Wicho, mi hermano.  El cuarteto  tocó “Polvo Enamorado”, todos cantamos con mis cuatro hijas al frente;  la mayor parte de los asistentes también cantó.  Luego, “a capella”  cantamos “Rosas de Abril” para lo cual nos unimos Carlos, Fernando y yo al coro del frente;  muchas personas nos acompañaron también a cantar.  Estuvo hermosa esta forma de recordar a mi inolvidable hermano, Wicho.

     Luego, Silvia Rosa hizo un  justo reconocimiento a Marisa por la bella docoración que llevó a cabo.  Realmente, mi Bebita se dedicó cariñosa e incansablemente a preparar hasta el más mínimo detalle para este festejo.  Tuvo un gran éxito al lograr una belleza de ambiente dorado, festivo y elegante en esta celebración; realizó  un trabajo tan artístico en la decoración del lugar del banquete que llamó la atención de todos los asistentes.. Después se llevó a cabo el concurso para subastar el ramo de la novia a la pareja que estuviera más cercana a cumplir 50 años.  Silvia Rosa actuó como maestra de ceremonias y animó mucho esta actividad.  Pasaron muchas parejas al frente;  las estuvo llamando para que se presentaran por el número de años de casados.  Los semifinalistas fueron Ma. Elena y Luis Muñoz con 46 años de matrimonio y los triunfadores, Angie y Manolo Amaro con 47 así que entregué el ramo a Angie  y Silvia Rosa les deseó a todos las parejas que cumplieran sus Bodas de Oro.

     Todos los asistentes se veían muy contentos y agusto ya que aparte de ser personas muy cercanas a nosotros, se acomodaron por grupitos de amistades o familiares.   Después se pasó  a cada mesa una hoja del álbum y una pluma para que los invitados escribieran algún pensamiento.

     El cuarteto tocó hasta cerca de las 6 de la tarde pero con las otras actividades nos quedamos en el Club France hasta después de las 7 en que nos vinimos a la torna-boda a la casa.

     Además de los Juambelz y nosotros, en la torna- boda estuvieron Manolo, Norma, mi sobrina, Héctor y Dulce, Vicky H. y Pablito, Aurora G.  así como Claudia y Juan Ignacio.  Emily hizo un pozole de pollo riquísimo.  Este día, aparte de Emily y Lety, vinieron a ayudar Martha, Zoila, quien trabaja con Chela y Marcela que trabaja con Manolo.

     La torna-boda estuvo muy divertida, todos regresamos muy contentos del éxito de la fiesta ya que todo resultó perfecto.  Aquí estuvo muy animado ya que Silvia Rosa y Linda cantaron varias canciones como “Qué Serᔠy “Las Maracas de Cuba”   y mis hijos y yo nos quedamos hasta las 2 de la mañana,  hora en que we decided to call it a day.  And  What a beautiful  DAY!   ¡Fue, en realidad,  una fiesta inolvidable!.

     Con respecto a la ceremonia en Santo Tomás Moro y al festejo en el Club France, cabe añadir,  para dar fin a esta reseña, algunos comentarios de nuestros invitados: en relación al cortejo,  opinaron que estuvo muy armonioso y elegante y con respecto a la celebración en general dijeron que era un acontecimiento fuera de serie en el que se cuidó hasta el más mínimo detalle; hubo adjetivos muy elogiosos para la fiesta como   distinguida, hermosa, bonita, perfecta, preciosa, extraordinaria, bella,  fina,  lucida,  maravillosa, agradable, importante, cálida, exclusiva, memorable, conmovedora, esplendorosa, emotiva, brillante, divina, dorada...  así fue también para nosotros, nuestros hijos, nuestros hijos políticos y nuestros  nietos esta inolvidable celebración de nuestras Bodas de Oro.

     Nos quedamos con la impresión de que la Misa y la fiesta no habrían  podido estar mejor y sabemos que esto se debió, en mucho, a la planeación cuidadosa del evento pero sobre todo a la compañía tan maravillosa de que disfrutamos ese día.


 
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Ricardo:

RICARDO

     Recordar a mi Richard es pensar en un niño con una alegría incontenible y una agudeza mental admirable que mucho nos divertía y que no era otra cosa sino el reflejo de su clara inteligencia.

     Pensar en Ricardo de adolescente y de jovencito es recordar su madurez, su dedicación al estudio y su amor a la lectura que lo llevaron a tener conocimientos muy profundos al mismo tiempo que seguía siendo presto a la risa y al buen humor.  Recordar, también, los muchos años en que constituyó un sólido apoyo emocional para nuestra familia.

     Pensar en Ricardo en su vida profesional, nos remite a la dedicación al trabajo, a la organización, a la consecución de sus objetivos y al éxito que estaba obteniendo.

     Recordar la última etapa de su vida,  es revivir su heroica lucha contra  la cruel enfermedad que nos lo quitó y el valor y la dignidad con los que encaró su destino  de perder su propia vida prematuramente y el dolor de dejar a sus dos niños sin su amparo. 

     A sus padres y hermanos su temprana  muerte nos sumió en el desconsuelo.  Un poco antes de morir dijo “Me van a extrañar”  y es cierto, hijo, te extrañamos, te extrañamos mucho.

                             Tu Mami

Febrero 26 de 1998 a cinco años de la muerte de mi Richard.


 
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Semblanza Wicho:

DR. MAURICIO GONZALEZ DE LA GARZA

 

     Ahora que orgullosamente celebramos el 150 aniversario de la fundación  de nuestro Nuevo Laredo, es justo comenzar esta semblanza del Dr. Mauricio González de la Garza, mi hermano, hablando sobre el gran amor que profesaba por Nuevo Laredo, su tierra natal.  En numerosos artículos periódisticos y en algunas conferencias  dejó ver su añoranza por esta ciudad, hizo  memorias de sus vivencias aquí y dejó  claro su cariño por esta tierra y por su gente a la que calificaba  “de limpio mirar, de palabra cadenciosa y de recio trabajo”.  Puso muy en alto el nombre de Nuevo Laredo y el de nuestro estado, Tamaulipas, al que mucho amaba y por el que constantemente se preocupaba. Al morir, ocupabaa el cargo de Presidente del Consejo Municipal para la Cultura y las Artes de Nuevo Laredo, Tamaulipas.  En palabras de la C.P. Mónica García Velazquez, Presidenta Municipal en ese momento, Mauricio González de la Garza “ deja un rico legado de entrañable amor a su Patria mediante su contribución actuante para corregir rumbos, hacer propuestas y con el ejercicio de la libre expresión, buscar ensanchar los espacios democráticos.

     “Escritor por oficio y por convicción, como él mismo decía, supo alcanzar la supremacía en el conocimiento, producto de la perseverancia, clara inteligencia y sensibilidad, a través de su creación literaria y el  ejercicio del oficio periodístico.”

     Nuestros padres, Mauricio González Hinojosa y Josefina De la Garza de los Santos se casaron en Nuevo Laredo, en la Iglesia del Santo Niño de Atocha en 1919 y aquí nacimos  sus cinco hijos en la bulliciosa década  de los veintes.  A todos nos vio crecer esta amada tierra.   Wicho nació el 6 de octubre de 1923, en la casa  de nuestros padres,  en Galeana 213,  a espaldas de la Iglesia del Santo Niño y muy cerca del Río Bravo, donde actualmente vive mi hermano Homero.  Desde pequeño,  Wicho dio muestras de una asombrosa inteligencia, de una gran agudeza mental  y de una simpatía inigualable.  Otros rasgos de su caracter que se advirtieron desde que era niño fueron su generosidad y su natural cariñoso y atento.  Hizo estudios de primaria en la Escuela Miguel Hidalgo.   Más adelante,  pasó a ser un distinguido alumno de la Escuela Parroquial de San Agustín de Laredo, Texas donde se hizo patente su  elevado intelecto y de donde se graduó, con honores, de High School en 1943.

     Con  la inquietud de realizar estudios universitarios en nuestro país, cursó las materias de secundaria y preparatoria en la Escuela Nacional Preparatoria de esta ciudad.  Ya  armado con esa preparación y con unos grandes deseos de acrecentar sus conocimientos, se lanzó a la capital a estudiar Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras donde obtuvo los grados de licenciatura y maestría en Filosofía  y  más tarde,  un doctorado en Psicología en la Facultad de Psicología, también de la Universidad Nacional Autónoma de México.

     Fue un lector infatigable desde pequeño y puede decirse que esta pasión por la lectura fue “in crescendo”.  Siempre siguió siendo un ávido lector.  Lo mínimo que leía era un libro por semana, amén de releer algunos de sus favoritos como  El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha  del  cual  releía una parte cada semana.  Fue también un gran lector de la Biblia la que mucho citaba en sus artículos.

     Fue un editorialista muy valiente y un apasionado de Mexico. Arremetía contra todos aquellos que consideraba hacían algo en perjuicio de nuestro país y de sus ciudadanos a quienes nunca dejó de defender.  Blandió su pluma como una espada en defensa de México y de su gente.  Muchos poderosos temían sus furibundos ataques.  Nunca vaciló en decir sus verdades cayeran sobre quien cayeran.  Fue un parteaguas en el periodismo pues antes de él los que ostentaban altos cargos eran intocables. Solamente  después de que él se atrevió a criticar a personajes importantes de la política, surgieron otros periodistas que también lo hicieron.

     Fue un escritor muy prolífico,  publicó trece libros,   alrededor de quince mil artículos, ensayos  y varios cuentos.  Sus letras tenían la magia de atraer a personas muy cultas así como a otras que sin una alta preparación académica disfrutaban mucho leerlo. Escribía sobre una gran variedad de temas: principalmente tocó aspectos políticos y problemas sociales; hizo muchos artículos sobre  personas  de diferentes ámbitos a quienes pintaba  con una gran sensibilidad;  escribió infinidad de conmovedores  artículos de pésame en los que hablaba de los desaparecidos así como otros de felicitación por algún  evento como boda, cumpleaños, recepción profesional, nombramiento, etc. aunque también escribía acerca de sus numerosos  viajes, de   detalles familiares, sobre peripecias domésticas y sobre sus animalitos que tanto quería, en especial sus perritos French Poodle.  Sus artículos eran no sólo interesantes y culturales - ya que reflejaban la inmensa cultura que él tenía - sino divertidos.   Su columna se llamaba “Mauricio Dice” y los lectores  sentían  como que platicaban  con él y lo citaban con frecuencia diciendo “Mauricio dice”.  Era fascinante constatar la gran variedad  y cantidad de lectores que tenía.  Para él, cada uno de ellos era importante.  Tenían la libertad de llamarle pues él publicaba sus teléfonos y dirección  para estar accecible a sus  llamadas y cartas.    Escribió en los periódicos “Excelsior”, “Novedades “, “Ovaciones”,  “El Norte“ de Monterrey, “El Dictamen“ de Veracruz, “La Voz de Michoacán”, “El Mañana” de Nuevo Laredo y el de Reynosa, “El Diario” de Nuevo Laredo, en las revistas “Visión” y  “Siempre” donde tuvo una columna hasta la fecha de su muerte  y durante los últimos  años  de su vida escribió  un artículo diariamente para “El Sol De México”, perteneciente a la O  Organización Editorial Mexicana la cual los publicaba también en más de sesenta periódicos de provincia.

     Sus libros tuvieron gran aceptación entre el público y se han vendido mucho, sobre todo Ultima Llamada, de contenido político,  del cual se vendieron más de un millón de ejemplares:  se publicó en la época del Presidente José López Portillo y osaba criticar al mismo  Presidente lo que motivó que mi hermano tuviera que vivir en el exilio, en el estado de Texas,  durante varios años.  Este libro tiene una portada en color rosa mexicano y resultó muy explosivo por su contenido y muy llamativo por su color; en esa época era muy común encontrar en diferentes sitios o ver en la calle a varias personas con sus libros Ultima Llamada en las manos.    En una ocasión, mi hermano le dijo a un joven que portaba dicho libro en el aeropuerto:  “Ese libro es mío”.  A lo que el joven le contestó:  “No, es mío”.  Entonces , Wicho explicó:  “Es que yo lo escribí.”   Otros libros muy importantes fueron El Río de la Misericordia, que se desarrolla en Nuevo Laredo, El Padre Prior, sobre el Padre Gregorio Lemercier, de Cuernavaca, Carta a Miguel de la Madrid, también de contenido político,  así como un ensayo sobre el poeta de la libertad, Walt Whitman.  Un libro que era de sus favoritos era la novela Sonata, un bellísimo poema escrito en una prosa delicada, sensible, armoniosa, cadenciosa y  que mucho gustó.  También escribió poesía, hay muchos sonetos y décimas inéditos  sobre distintos temas, entre los que destaca el tema sobre la vida y la muerte.

         Era muy disciplinado, tanto para leer como para escribir, ni una vez falló en escribir y enviar sus artículos que aparecían diariamente.  Era para él un compromiso con sus lectores y al mismo tiempo una alegría hacerlo  pues lo realizaba con mucha facilidad.    Para escribir los libros lo hacía con  una gran dedicación como si no pudiera detenerse hasta haber  vertido  en la magia de sus palabras todas las ideas que se le habían agolpado en la mente. 

     Era un gran amante de la música .  Desde niño tuvo  afición por la música clásica y estudió piano, primero con su  Tía Inés y luego con la Srita. Ofelia García en Nuevo Laredo.  Llegó a tocar el piano muy bien y también a componer sus propias composiciones a lo que él llamaba “jugar con el piano”.  Una de sus composiciones fue la canción “Polvo Enamorado”, con una letra y una música preciosas y que ha alcanzado  mucha popularidad.  También escribió la letra de muchas otras canciones.  Fue juez en varios concursos de la OTI.  Tuvo varias participaciones en radio  y apareció en diferentes programas de televisión.    En Guadalajara tuvo  unas radio cápsulas editoriales en el Inforjal.  Tenía un programa permanente de televisión en el canal  7 de Guerrero en  Acapulco en el que tocaba temas  políticos y sociales de interés para esa comunidad.   

      En la década de los sesentas, trabajó como investigador haciendo libros para la enseñanza del español en Nueva York donde fue muy apreciado.  Como docente, fue un maestro inolvidable para sus alumnos.  Durante muchos años impartió clases en su “alma mater”, la Facultad de Filosofía y Letras,  en la que,  entre otros, tuvo un Taller de  Novela, con mucho éxito.  Sus alumnos lo recuerdan con cariño, no sólo por sus extensos conocimientos, sino por su admirable humanismo.

    Viajó  a muchos lugares, hasta al lejano Oriente, el conocimiento de otras tierras amplió mucho su cultura pues además de las bellezas de cada lugar, se interesaba por la gente, le gustaba mucho observar las diferentes culturas en cada lugar.  De joven, vivió unos meses en un Kibutz en Israel donde participó de la vida comunitaria.  En 1986 pasó una larga temporada en París donde estudió francés.  Su infancia y temprana juventud las pasó en nuestra tierra natal, Nuevo Laredo, a donde siempre regresaba a pasar  temporadas así como también visitaba San Diego , California una vez al año.  Radicó muchos años en la ciudad de México.  Vivió algunos años en Cuernavaca en una casa rodeada de un bello jardín con pavos reales y últimamente pasaba la mayor parte de su tiempo en Acapulco en un departamento junto al mar desde donde el arrullo de las olas del mar armonizaba con su música, amenizaba sus horas de lectura y acompañaba su constante escribir .

     Se adaptó con facilidad a la  tecnología moderna usando con entusiasmo   en un inicio  las primeras computadoras para realizar su trabajo y después,  otras más sofisticadas.

     No cabe duda de que Wicho  fue un hombre multifacético que tuvo la capacidad de ser excelente en diferentes aspectos. Uno de ellas era su admirable humanismo.  Era un extraordinario ser humano, compasivo y preocupado por los demás.  Ayudó a infinidad de personas, a algunas tanto económicamente  como guándolas;  fue  consejero espiritual de tantos que solicitaban su apoyo y  mejoró el curso de la vida de muchas personas.  Por eso había tanta gente  que lo quería, lo respetaba y y le estaba agradecida.  En medio de sus muchas  ocupaciones, siempre encontraba tiempo para escuchar a aquellos que tenían problemas o aflicciones y les  ayudaba con sus inteligentes consejos.  Lo brillante que era le sirvió para alumbrar el sendero de  muchos  otros. 

     Era un gran amigo por lo que a su vez contó con excelentes amigos que lo querían mucho y disfrutaban  con su compañía.  Era un interesantísimo  conversador y las cosas más sencillas las hacía aparecer interesantes y graciosas.  Su plática era chispeante pues aparte de la cultura y la facilidad de palabra que tenía, contaba con un enorme sentido del humor que mucho divertía a los que lo escuchaban.   Dio muchas pláticas  y conferencias en  Nuevo Laredo, en la Ciudad de México, en Tampico, en Celaya, en la Universidad Americana de Acapulco, en la Universidad Panamericana en Mc Allen, Texas, en El Paso, Texas, en la Universidad de California en San Diego,  por mencionar algunos lugares.   En todos los lugares en que se presentó tuvo mucho éxito entre el público asistente.

     Como hermano  fue excepcional, las  palabras palidecen ante lo que él representaba para nosotros, siempre cariñoso, generoso, solícito y atento a todo lo que concernía a mi hermana Chela y a mí.  Puedo decir que era nuestro gran protector y que velaba porque nada empañara nuestra felicidad.  Fue también un hijo muy bueno del que Mamá estaba orgullosa, un sobrino muy dedicado y un tío muy cariñoso.

      Wicho  era tipo norteño.   Era alto , delgado,  gúero, “gúerinche”, decía él: tenía ojos de penetrante mirar y  un porte extraordinariamente altivo: siempre erguido y siempre orgulloso de su origen norteño.  Era un hombre guapo y distinguido.   Su andar ligero y firme a la vez evidenciaba que hacía las cosas sin titubeos.  Al platicar dibujaba  con las manos y golpeaba la mesa para dar énfasis a lo que contaba.  Se reía con facilidad pero tembién sabía enojarse en cuyo caso  era como un trueno,  temible y fulminante. 

     Por herencia familiar de parte de los González,  sufrió un infarto a los 50 años de edad.  Vivió  veintidos años más siempre activo gracias a los cuidados que tuvo y de los que fue objeto  así como a la administración que hacía de su salud.  Durante esos años encaró el padecimiento  cardiaco con un estupendo ánimo y con su característica alegría de la vida.  Nunca dejó de trabajar.  El día de su muerte, el 2 de julio de 1996, publicó el bello artículo “Derecho a Morir”, en el que dice:

     “Un ser humano tiene el derecho a morir con dignidad.  Ese derecho reclamo para mí y le pido, lector, que si alguna vez se entera de que me quieren conservar vivo con aparatos, vaya en mi nombre y proteste.  Si llego a tener una enfermedad mortal, que obedezcan a la naturaleza.  Acepto lo que permita vivir con dignidad pero ni agua para que prolonguen mi agonía.  Quiero morir soñando el cielo.”

     Wicho era una persona generosa magnética, mágica, cariñosa, brillante, inolvidable.  En palabras de su sobrina Linda:

Tío Wicho:

Lo primero que recuerdo de ti

Es tu voz, diáfana, transparente,

Cantabas, diría yo.

Después, tu andar ligero,

Tus manos  inquietas  en el viento

Y en el piano.

Recuerdo tu alegría y tus versos

Contemplabas las cosas como  si fueran de magia

Como si la vida fuera nueva a cada momento

Y la fueras disfrutando mordida a mordida.

 

Te vas pero nos dejas para cuidar

Como una planta

Como una tradición familiar

Como un legado,

Tu amor a la vida.

Tu credo:  el trabajo

Tu dominio:  el pensar

Tu cultura:  escribir

Tu placer:  la alegría.

     Mi hermano tuvo mucho éxito en vida, él dijo,  un poco antes de morir,  que había sido más éxitoso de lo que pudiera haber soñado.  Tuvo también numerosos reconocimientos y recibió la presea Francisco Zarco de parte de”El  Diario“ de Cuernavaca y de México, de la Universidad de Morelos y del Gobierno del Estado de Morelos. .   

     Tres meses después de su muerte, el día 10 de octubre de 1996, en homenaje  a la labor intelectual que él  desarrolló, el C. Gobernador de Tamaulipas, Manuel Cavazos Lerma, inauguró la obra llevada a cabo por el Ayuntamiento de N. Laredo bajo la Presidencia de la C.P. Antonia Mónica García Velázquez de la Plaza “Polvo Enamorado” y del busto del  Dr. Mauricio González de la Garza, en cuya ocasión el Lic. Federico Schaffler dijo estas palabras:

     “Don Mauricio soñaba con un Nuevo Laredo más verde, lleno de nogales y bugambilias, con amplios espacios para el arte, la cultura y la sana convivencia familiar.  Soñaba con un Nuevo Laredo unido, fuerte y decidido, en donde los resabios de dolor y amargura no contaminaran el espíritu, ni interfirieran con el progreso y crecimiento que él anhelaba para su querida ciudad natal.”    

     Termino con una décima de mi hermano, el Dr. Mauricio González de la Garza:

No vivo para morir

Vivo la vida sabiendo

Que todo se va muriendo

En la ruta del vivir.

Mas si he de sobrevivir

Dos minutos o dos años

No serán los desengaños

Los que triunfen sobre mí.

Haré de la vida así

El triunfo sobre los daños.

 

Josefina González de la Garza,  México, D.F. , mayo de 1998

 

 

 

 

 

    


 
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Viajes:

NUESTROS VIAJES

     Cuando nuestros hijos eran niños, viajamos con ellos a varios lugares de la república de paseo.  Con la mamá y el hermano de Eduardo,  Eduardito y Ricardito fuimos a San Luis, Potosí, a Janitzio y a Guadalajara.  Fuimos algunas veces con los niños  a Acapulco, una vez a Puerto Vallarta, a Guadalajara, varias veces a Veracruz y yo fuí muchas veces con ellos a N. Laredo a ver a Mamá y a mis hermanos.  Con Marisa y Linda y Chela, mi hermana,  fuimos a varios ciudades como Cancún, Isla Mujeres, etc.      

NUESTROS VIAJES AL EXTRANJERO

      En diciembre de 1958 fuimos Eduardo Sr., Eduardo Jr., Ricardito y yo  unos días a visitar a Marco, mi primo y su familia a San Antonio, Texas,  un lugar muy querido para mí pues allí pasaba todas mis vacaciones de niña con mi Madrina Inés en la casa de mi Tía Adelaida,  ambas hermanas de Mamá. 

     En 1977 comenzamos a viajar Ed y yo  con cierta regularidad al extranjero: asimismo  mis hijos, al ir creciendo, comenzaron a viajar por su lado, tanto en la república como en el extranjero aunque dichos viajes no están consignados aquí;  además,   Ricardo vivió,  ya de casado,  un año en Washington y cinco en Ginebra, Suiza, de donde se regresó a México con su familia  en 1986; Chelita vive en Turín con su esposo Claudio  desde 1987 y ahora también con su hijo David.  Linda vivió un año en París  en 1987 con Carlos, Daniela y Alán, Fernando vivió en Japón con Silví  del 87 al 90 y en Dallas del 91 al 93 donde ahora radican con sus niños,  Daniel y Tania:   David vivió del 96 al 97 en Phoenix, Arizona con Hilda y Mariana y ahora residen en Cd. Obregón,  Sonora con  la nueva integrante de la familia, Marisa P.A.H..

                                       Dic. de 1977.  Marisa y yo                                                        

Disneyland, Los Angeles,  San Francisco, Las Vegas y  San Diego. E.U.A.

                       Abril de 1978, Wicho, Manolo, Chela y yo.                                       

Washington, Boston, New Orleans, New York.                                        E.U.A.

                                         Mayo de 1978.  Ed y yo.                                      EUROPA

Roma, Venecia, Florencia, Pisa, Capri, Londres, París, Madrid, Viena, Lucerna.

                            Mayo de 1979.  Wicho, Chela y yo.                                 JAPON

Tokio, Kioto, Nara, Hiroshima, Singapure, Hong Kong,          HONG KONG

Thailandia y San Francisco (con Manolo).                                                  E.U.A.

                   Mayo de 1980, Wicho, Chela, Manolo y yo.                                          

Madrid, León, Granada, Sevilla, Córdoba, Toledo,                             ESPAÑA

Marrakesh, Casablanca, Fez                                                            MARRUECOS   

                               Sept. de 1980.  Ed, Chela y yo.                            

Quebec, Montreal, Toronto, Ontario, Niagara Falls,  Chicago,       CANADA

New York, Boston y Washington (vimos a Ricardo).                               E.U.A.

                               Sept. de 1981, Ed,  Chela y yo.

La Habana, Cienfuegos, Santiago.                                                                CUBA

                                    Agosto de 1982,  Ed, Chela y yo.                         CANADA

Vancouver, crucero a Alaska, Juneau, Kitchikan y S.Francisco         E.U.A.

Julio de 1983.  Ed, Chela y yo

Moscú, Talin, Kiev, Leningrado                                                                     RUSIA

                                           Julio de 1985.  Ed Chela y yo                      

Roma, Jerusalém, el Río Jordán, el Mar Muerto, El Cairo,               EUROPA

Estambul, Atenas, Crucero Islas Griegas                              MEDIO ORIENTE

                Dic. de 1985 a marzo de 1986, Wicho, Chela, Manolo y yo

Londres (Dic. 28-enero 4), París (tres meses), Bruselas,  Brujas   EUROPA

Chela y yo a Ginebra, Suiza en marzo (con Ricardo y Fam.)

                                          1986, David, Marisa, Ed y yo

San Juan de Puerto Rico, Crucero al Caribe, Martinica,      PUERTO RICO

 St.  Thomas, Curazao, Granada, Caracas St. John                             CARIBE

                                        Junio a Julio de 1987, Ed y yo

París ( en casa de Carlos y Linda con  Daniela y Alán) Valle            EUROPA

de la Loire; Turín (en casa de Chelita y  Claudio)  Vernazza.

                              Sept. de 1987, Ed,  viaje de su generación

Madrid, Granada, León, Toledo, Sevilla, Portugal                              EUROPA

                           Abril de 1988, Ed, Chela, Ma. Elena y yo         SUD AMERICA

Río de Janeiro, Brazil, Buenos Aires, Cataratas Iguazú

                     Sept., de 1989, Ed y yo con Fernando y Silví                      JAPON

Oíta, Nara, Kyoto, Tokio

          Julio 28 a agosto 22 de 1990. yo

Turín,  al advenimiento de David Martini                                               EUROPA

Julio de 1991, Ed y yo

Dallas (casa de Fernando y Silví, 17 días)                                                 E.U.A.

Julio a agosto de 1992, Ed y yo

Dallas (casa de Fernando y Silví, 12 días)                                                 E.U.A.

Abril a mayo de 1993, Ed y yo

Dallas, (casa de Fernando y Silví, 16 días)                                                E.U.A.

12 a 19 de diciembre de 1993,

Olga y Gloria Guerra, Ma. Elena, Chela y yo

Orlando,  Florida,  a todos los parques de diversión                               E.U.A.

13 al 21 de febrero de 1994, Viaje de los Diez

Silvia Rosa, Angel, Linda, Daniela,  Alán, Carlos Alberto

Marisa, Linda Trujano, Ed y yo

Orlando, Florida, a todos los parques de diversión                                 E.U.A.

25 de junio a 23 de julio de 1994, Chela y yo

París, con Homerito  en su casa, 25 de junio a 7 de julio; con         EUROPA

Homerito en Venecia, 7 a 11 de julio,  Turín (casa de Chelita y

Claudio);  con Chelita, David M., Chela y yo en Florencia,

13 al 16 de julio; regreso a París, estancia con Homerito.

9 de junio a 30 de julio de 1995, Chela, Ed y yo

9 de junio a 8 de julio, Chela y yo en París (casa de Homerito)       EUROPA  

Viaje al Sur de Francia a varias ciudades  Homerito, Chela,

Philippe y yo.  Del 8 al 30 de julio, París, con Eduardo en casa de

Homerito:  Turín con Chelita y Fam. y viaje a Venecia, Chelita, David M.,

Ed y yo.

Enero de 1997, Ed y yo

Phoenix, Arizona (casa de David, Hilda y Mariana) intento de ir al   E.U.A.

Cañón del Colorado, varados en Flagstaff por tormenta de nieve.

18  al 30 de junio de 1997, Ed y yo

Dallas (casa de Fernando y Fam), Austin, San Antonio, Texoma   E.U.A.

12 al 31 de julio de 1997, Ed y yo

Madrid, París, Viena, Praga, Budapest, Ginebra.                               EUROPA

Diciembre de 1996, Viaje Nacional Histórico de los Veinte Peña Alfaros

Huatulco, Chelita, David M., Silvia Rosa, Angel, Linda, Daniela, Alán, Carlos Alberto, Fernando, Silví, Daniel, Tania, David, Hilda, Mariana, Marisa, Linda T., Fernandito T., Ed y yo.

     


 
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Vivos en Nosotros:

VIVOS EN NOSOTROS

Mis muertos morirán cuando yo muera. Mientras tanto, respiran en mi, perfuman las rosas y pintan de azul el mar.
Las personas viven mientras uno las recuerda. Cada persona muere cuando muere el último que la conoció, el último que puede recordar sus ojos, su pelo, su sonrisa,el gesto de un saludo o el pentagrama de su voz.
Lo difícil, con quienes se ha querido, es que al desaparecer de este mundo -- y tal vez de todos los mundos posibles y los imposibles-- es pensar que no los vamos a volver a ver. Es nuestro egoísta amor quien los envuelve en sombras. Pero no verlos no es alejarlos de nosotros, sino lo contrario: tenerlos siempre dentro de uno. Hay que aprender a retenerlos como presencias luminosas, como viento tierno y como sol de oro. Yo supongo que ellos quieren vivir así en nosotros.
Nosotros mismos, aún en la vaguedad imposible en la que pensamos nuestra muerte, estoy seguro que preferimos que se nos recuerde como sonrisa y no como llanto.
Los humanos nacimos al ser, vivimos en contacto con el mundo, a través de nuestros sentidos. Si alguien escapa al mundo sensorial, siempre está la magnificencia de la imaginación, que mueve montañas y vuelve luz la oscuridad.
El esfuerzo de la inteligencia para no permitirle al corazón que pueble la vida de negruras tiene que ser constante; cualquier debilidad es una grieta que termina convirtiéndose en abismo. La ausencia definitiva, la nada, es algo tan inasible a nuestra comprensión como la cuadratura del círculo. No los dejemos en la nada, hagámoslos radiancia.
Los muertos no están enterrados ni están incinerados, formando parte del viento; los muertos están en nosotros, viven en nosotros, en nuestros pensamientos y en nuestros sueños.
Todos sabemos que incinerados o no, con el tiempo seremos polvo. Pero mientras eso llega, cada persona que hemos querido, que nos ha querido, al morir, se lleva un trozo de nosotros y nos deja todo su ser dentro. Ya no se va nunca, nos acompaña dia y noche.
La muerte de los seres queridos nos empobrece y nos enriquece. Podemos incorporar todas sus virtudes, todas sus cualidades y podemos eliminarle hasta sus mínimos defectos. En nosotros está esculpirlos con perfección.
Lo mas doloroso es que ninguna persona se muere una vez. Cuando pensamos que el duelo ya no es punzante, que el dolor es casi un bálsamo de compañía, de pronto, un olor, una palabra,un rincón, un árbol, una mirada, un gesto, un papelito con un recado que se quedó en un libro, un objeto que igual puede ser una obra de arte que un caramelo, de pronto se convierte en un machetazo al corazón y el dolor aparece con ansiosa intensidad. En ese momento hay que sacarlos del vacío y llenarlos de vida. No los dejemos en un ataúd o enterrados como si solo hubieran sido cuerpo. No.
Hay que aprender a resucitarlos, a transfigurarlos, verlos como maravilloso amanecer, a convertirlos en sonrisa, y en ese instante se producirá la resurrección, el sol florecerá y un hálito de acacias acariciará el viento.


 
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Wicho:

Wicho, mi hermano,  recibió, entre otros muchos dones, el de  una inteligencia luminosa, una sensibilidad maravillosa una generosidad ilimitada y una simpatía arrolladora.  El supo incrementar estos dones naturales con la sabiduría que  acumuló con creces durante su vida, no  sólo la sabiduría de los libros sino la sabiduría en el difícil arte del  vivir  la cual compartió con sus seres queridos.

En lo que a mí respecta, tenía la capacidad de aminorar  las penas que yo  compartia con él, de aligerar la carga de mis  problemas , de lograr que   disfrutara doblemente   de mis alegrías pues lo eran igual para él. Su existencia me infundía una  confianza inquebrantable de que él estaba siempre allí y que  eso significaba la seguridad, la protección, la serenidad, el aliento, la esperanza , la fortaleza  y la certeza de que- de su vida-  a través del enorme cariño queme profesó, fluía vida para mí y de que era un celoso y feroz guardián de mi felicidad. 

Ha sido un premio inefable para mí tener a Wicho como hermano y agradezco a la vida por este privilegio  ya que la esencia luminosa de su ser  estará conmigo los días que Dios disponga que yo  esté en este mundo.


 
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Wicho mi hermano:

                                            WICHO, MI HERMANO

 

     Mi hermano Wicho fue una persona eminentemente polifacética.  Se desenvolvía en forma espléndida tanto en su papel de escritor como en el de editorialista, maestro, filósofo, psicólogo, poeta, literato, conversador y hasta, como todos sabemos, en el de compositor ya que incursionó en el terreno de la música de la cual era apasionado desde niño;  fue autor de varias melodías entre las que se destaca la canción “Polvo Enamorado”  que dio ese poético nombre a una risueña plazoleta en un parque de Nuevo Laredo donde se encuentra un busto de Wicho realizado en bronce por el prestigiado escultor Victor Manuel Contreras. 

     Del día de la develación de ese busto, en octubre de 1996, quiero resaltar un hecho para mí significativo.  Cuando llegamos a la plaza, el busto se encontraba cubierto por una manta en espera  del momento de la ceremonía que efectuaría el Gobernador de nuestro estado, Tamaulipas, Manuel Cavazos Lerma.  Muy conmovidos llegamos al lugar mi hermana Chela, mi hermano menor Homero y yo acompañados de algunos de nuestros hijos,  nietos y otros familiares cercanos.  Al bajar del coche y poner pie en la plaza “Polvo Enamorado”, lo primero que hicimos fue elevar la vista hacia el busto de mi hermano y en ese preciso momento, con un movimiento súbito, la manta se desprendió y apareció  su efigie altiva e impresionante como una bienvenida, como un símbolo de que él estaba allí, esperándonos.

     Y así fue durante toda su vida.  Siempre estaba allí,  no sólo para su familia sino también para sus amigos. Por eso, a  todas esas facetas que mencioné en un principio es imprescindible agregar la más importante para mí, la del hermano devoto y entrañable que me brindó su apoyo y su cariño y me alentó en mis inquietudes culturales.

     Nosotros, los González de la Garza, fuimos una familia de cinco hermanos, norteños hasta la médula, que nacimos y crecimos en el Nuevo Laredo antiguo, en la época de la depresión, doblemente fustigados cuando éramos pequeños por la prematura muerte de Papá en circunstancias muy trágicas.  Mamá fue una mujer admirable que luchó denodadamente para educar a sus hijos y que en cierta forma fue quien  fomentó en Wicho el amor a las letras, a la lengua y al saber que tanto cultivaba.

     Todos los hermanos nos llevábamos  dos años entre sí, de tal manera que Wicho era dos años mayor que yo por lo que siempre tuvimos una gran cercanía amén de una gran afinidad en muchos aspectos.  Siempre constituyó para mí una presencia cariñosa y luego, como si quisiera resarcirme por la pérdida de Papá, se constituyó en una  figura protectora  cuya misión era velar por mi felicidad y procurar evitar todo aquello que amenazara empañarla.  Estaba siempre atento a mis problemas, siempre cariñoso y solícito, siempre generoso, siempre dispuesto a escucharme y a prodigar palabras  que aminoraran mis penas.

     El tenía ese don, ese poder, esa magia, que después de hablar con él, la gente, tanto familiares como amigos, se sentía mejor, más tranquila, más en paz consigo misma.  Era, además, un gran conversador, tenía un encanto nato que se agigantó con el acervo cultural que fue adquiriendo a través de los años.  Era un lector infatigable y no sólo eso sino que constantemente consultaba sus libros para confirmar información y datos.   No se lo podía una imaginar sino rodeado de sus amados libros.  Estábamos platicando de algún tema, muchas veces él recostado pues en los últimos tiempos tenía que descansar a menudo, y en cuanto surgía alguna duda, saltaba de la cama y se encaminaba a sus libros para resolverla o para confirmar lo que pensaba pues, además,   poseía   una memoria prodigiosa.

     No cabe duda que su presencia enriqueció considerablemente mi vida y la de mis hijos sobre quienes puedo decir que influyó poderosamente en sus aficiones, sus gustos, su pensamiento.  No sólo para nosotros, sus hermanos,  sus sobrinos y sus amigos entrañables fue valiosa su presencia , sino que sé que  hay por allí muchas personas para quienes su influjo fue altamente significativo y para quienes su partida es también un desfalco doloroso.

     Por mi parte, agradezco a Dios que la vida de Wicho mi hermano estuviera tan intimamente ligada a la mía,  enriqueciéndola.  Agradezco haber contado con un hermano excepcional, de generosidad sin límites, de sensibilidad exquisita  que extendió sus alas protectoras sobre mí y que me quiso con una ternura fraternal inigualable.

     Quiero terminar con unas palabras de Wicho ya que él siempre decía tan bien lo que decía:


 
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Articulos Periodísticos 1984-1985:
Daniela Villanueva Peña Alfaro, nieta de Josefina González de la Garza, quien siempre tuvo un especial cariño con su Abi, encontró estos escritos en Diciembre del 2010, que escribió La Muñeca en 1984-1985 y que fueron publicados en el Diario de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Daniela los transcribió y tituló el email con el cual me los envió como "Tesoro Encontrado". A continuación las palabras de Daniela: Hace unos cuantos días, mi hermosa mami y yo, al revisar unos papeles que teníamos guardados en la bodega, encontramos -traspapelado- este documento. Los escritos de mi Abi no sólo son una joya familiar sino también una joya literaria. Disfrútenlos. Un abrazo a todos y feliz año 2011. Los quiere, Daniela.
 
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Cupidos de la Plaza:

27/III/84

Cupidos de plaza

Casi todos los habitantes del Nuevo Laredo de los cuarenta sa­brán a qué se refiere el título que antecede a estas líneas. La figura de los cupidos de aquel enton­ces en la Plaza Hidalgo distaba mucho de la de los cupidos de las pinturas antiguas: rubios, regordetes, por­tando un arco y una flecha. Los de Nuevo Laredo eran niños mexicanitos de la clase baja, morenos, platicadores, mal vestidos, algunos hasta descalzos y en lugar del arco y la fle­cha traían un ramo de gardenias.

 

¿Qué muchacha que iba a la sere­nata de la Plaza Hidalgo los jueves y los domingos no recibió una o varias gardenias? Las gardenias, que en otros lugares se usan para adornos mortuorios, en Nuevo Laredo eran emisarios del amor. Traían prendido un papel de china blanco con algunas palabras escritas en una vieja máquina: "te quiero", "eres mi amor", "siempre te amaré".

 

Los niños tenían un doble papel: eran vendedores de las gardenias y enviados de los compradores a entre­gar la flor a su predilecta a la que los niños localizaban en base a descripciones diversas y a veces hasta gracio­sas: "Mira, se la das a la chaparrita de vestido blanco", "a aquella delgadita güera con el pelo liso", "a la de la falda ampona", "a la que tiene las chapas muy pintadas", "a la del pelo rojo con una banda en la cabeza", "a la morena del permanente". Los niños identificaban a la "afortunada" (quien debía mostrarse un poco sor­prendida y sobre todo no parecer ansiosa por recibir la gardenia) corrían a alcanzarla y caminaban junto a ella: "dice el muchacho alto de traje crema que si la acompaña", "se la manda aquel que está parado en la esquina, viendo pa'ca".

 

Más elocuentes que los recaditos eran las miradas. Como las mucha­chas bajo el son de la banda munici­pal, caminábamos en sentido inverso a los muchachos, era muy emocio­nante sentir unos ojos fijos al tiempo que las amigas, apretando el brazo decían: "Mira, ahí viene".

 

Cuántas miradas diferentes se cru­zaron en la Plaza Hidalgo, la del bello reloj que implacable nos marcaba la hora de regresar a casa: las diez de la noche. Había miradas ansiosas, coquetas, enamoradas, indiferentes, despectivas, embelesadas y hasta ira­cundas, todo bajo los árboles cargados de pájaros dormidos y el incitante perfume de las gardenias.

 

¡Cuántas de aquellas gardenias quedaron aprisionadas en gruesos libros como testigos mudos de unas miradas que se encontraron para separarse después! Y los cupidos de la Plaza Hidalgo que tan alegremente cumplían su cometido y que fueron en tantas ocasiones portadores de felicidad... ¿dónde están ahora?...

 

 

 

http://www.nuevolaredo.gob.mx/images/ciudad/galeriaantigua/PlazaHidalgo.jpg

Plaza Hidalgo, Nuevo Laredo, Tamps.


 
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Franqueza norteña:

17/IV/84

Franqueza norteña

 

La proverbial franqueza norteña tiene sus bemoles. No me negarán que la aprovechamos para decir nuestras verdades, algunas veces antecedida por aquello de que: "Como yo soy muy franca..." y zácatelas, ahí va el ramalazo. Sobre todo cuando una vive lejos del terruño, antes de hacer uso de este privilegio de decir las cosas tal cual, lo anuncia para que su interlocutor se prepare: "Ya sabes que yo soy de Laredo, así que soy muy franca por lo que..." como "sobre aviso, no hay engaño", ya la gente sabe lo que le espera.

 

Una comadre de Chela, mi her­mana, de Laredo, le dijo una vez: "Ay, comadre, tú eres tan franca que un día te van a dar una cachetada". Esa misma comadre le dijo a Chela en una reunión: "Oye comadre, ¡qué buenos te han salido esos zapatos, cuántos años te han durado!" A lo que todos voltearon a ver los zapatos, pen­sando más en lo segundo que en lo primero. O también ese cumplido de: "Cómo me encanta tu vestido, me acuerdo que lo estrenaste en el 'shower' de Irma". Como la niña mayor de Irma en este momento acaba de entrar a primaria, el cumplido es algo dudoso. Esto, por cierto, entra en una costumbre norteña de decir una cosa buena antes de una mala, como por ejemplo: "¡Qué bonita es fulanita, lástima que esté tan arrugada!", ¡"Tanto dinero que tiene Laura, lás­tima que sea tan paya para vestirse!" o "La nena tiene una cara preciosa, pero cómo ha engordado". En reali­dad, esta costumbre do una buena y una mala no es por maldad sino para atenuar la segunda parte porque ¿no creen que dicha así, directamente, se oiría muy feo?

 

Ahora bien, ¿cómo ven nuestra franqueza norteña desde fuera? ¿Qué piensan de nosotros, "la gente franca y sencilla del norte", como nos dicen? Creo que, en general, confían en nosotros, dicen: "Los norteños no son hipócritas, con ellos sí sabe uno a qué atenerse pues dicen lo que piensan. Son muy derechos y lo que dicen, lo dicen de corazón, no de dien­tes para afuera".

 

Sin embargo, hay gente que se ofende por esta forma directa de expresarse de los norteños. Una amiga capitalina mía -esto es cosa aparte- una vez que en un restau­rante pedí la carne asada término medio, pero más bien crudona, me dijo "me había olvidado que tú eres de los bárbaros del norte", bueno, pues ella, con su fina ironía, me comentó hace poco:

 

"¡Gente franca y sencilla del norte! Lo que pasa es que son ustedes unos malvados para decir las cosas. ¿Sabes qué me dijo una sobrina política de Torreón? Pues me dijo: Oye tía, ¡tenemos que ir a una barata en una zapatería de Av. Revolución, donde hay unos zapatos que te van a encantar porque son de ese tipo antiguo, antiguo que a ti te gustan". Ella opina que una gente del sur no habría dicho cosa tal.      

 

Y yo pienso, pues sí, sí somos distintos pero nos gusta como somos, con nuestra franqueza y con nuestro modo directo de decir las cosas; así pues, que nos tomen tal y como somos o nos dejen ya que no tenemos intenciones de cambiar.


 
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En Laredo brillan más las estrellas:

24/IV/84

 

En Laredo brillan más las estrellas

 

Mucha gente se extraña cuando platico que en Nuevo Laredo, durante el verano, dormíamos en el patio. Obviamente en ese tiempo en la casa no teníamos aire acondicionado, sólo teníamos un abanico eléctrico giratorio que papá había comprado y que era motivo de orgullo para nosotros porque era grande, fuerte y aparentemente indestructible como papá. Sin embargo, no bastaba para disipar el tremendo calor. Así que, poníamos nuestra hilera de catres en el patio y antes de dormirnos platicábamos bajo las estrellas. En ocasiones hacía tanto calor que yo rociaba las sábanas con agua; mamá decía que esto me iba a ocasionar reumas pero no fue así, lo que quiere decir que no todo lo que las mamás dicen que le va a suceder a una, le sucede. Lo cierto es que en el patio dormíamos muy frescos, hasta nos bañaba el rocío en la madrugada y nos dábamos el lujo de taparnos con frazadas pero el lujo mayor era el de dormirnos cobijados por las estrellas.

 

Cuando yo era chica pensaba que las estrellas eran algo particular de Nuevo Laredo pues se veían tan cer­quita que hasta parecía que las podía una tocar con la mano. Más tarde, aunque me di cuenta que no eran de nuestra exclusiva propiedad, las sen­tía muy mías. Como mamá nomás me dejaba salir los jueves y los domingos (de ocho a diez de la noche para ir a la Plaza Hidalgo a la serenata) muchas noches que los demás salían, me que­daba yo en la casa y me acostaba a ver las estrellas. El cielo estaba tan lleno de estrellas que no era posible contarlas y a la que una se quedara mirando en particular, ésa, en respuesta, lan­zaba destellos especiales. A veces caían aerolitos, en cuyo caso una debía pedir un deseo que por lo gene­ral no se cumplía. Parece tonto decirlo pero yo establecía un diálogo con las estrellas; pensaba y pensaba cosas mientras las veía y me respon­dían resplandeciendo más. Yo no pla­ticaba de esto a nadie en ese tiempo porque lo que les decía a las estrellas era y sigue siendo un secreto entre ellas y yo. Lo que sí decía era que estaba segura que en ningún otro lugar del mundo podían tener más brillo las estrellas ni podían estar más cerca de la gente.

 

Tal vez ahora, a las generaciones acostumbradas a la refrigeración, esto de los catres y las sábanas rocia­das con agua les parezca deprimente; el caso es que no lo era; era una experiencia muy bonita por la oportuni­dad irrepetible (al menos para mí) de dormir bajo las estrellas.

 

En ese tiempo, yo creía que nunca iba a salir de mi Laredito -así le decía yo al Nuevo Laredo de entonces- pero sí salí y de eso hace muchos años. Después he estado en muchos lugares y he comprobado que, en realidad, la impresión que yo tenía sobre las estrellas es cierta. Las estrellas bri­llan más en Nuevo Laredo. ¿O será cuestión mía? ¿O tendremos los de Laredo un pacto secreto con las estre­llas y por eso allí son más brillantes? Si no lo creen, fíjense cuando vayan a otra parte y verán que en Laredo las estrellas brillan más.

 

http://www.tramz.com/mx/nl/nl3.jpg

Avenida Guerrero, Nuevo Laredo, Tamps. 1923


 
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El casino de Nuevo Laredo:

30/V/84

El casino de Nuevo Laredo

El Casino de Nuevo Laredo era toda una institución, sede de la ma­yor parte de los acontecimientos sociales importantes, como bodas, posadas, bailes de Fin de Año, tertu­lias, bailes de Pascua y otros más. Era, desde luego, un símbolo para los neolaredenses.

 

Los bailes allí eran muy lucidos, no porque el local fuera elegante, sino por la concurrencia. Nuevo Laredo siem­pre ha tenido fama de tener muchas muchachas bonitas así que era todo un espectáculo ver tanta muchacha vestida de gala. En aquel tiempo, para los bailes formales, se usaba el vestido largo. Los había de tul, de brocado, de tafeta, de encajo, de tela metálica, etc., por su parte, los muchachos no se quedaban atrás: había cada mucha­cho guapo que cuando iban mucha­chas de fuera nos moríamos de celos pensando que nos iban a birlar a nuestros galanes, "nuestros", porque eran "local boys".

 

¡Cuántos tipos de bailes diferentes nos tocó bailar en el Casino!: entre otros, el "sing", el danzón, la conga, la bamba y la raspa con la raspa retum­baba el casino en forma tal que pare­cía que se iba a venir abajo.

 

De hecho, el edificio del Casino ya estaba algo venido a menos y en realidad no era tan hermoso, lo que pasaba era que nosotros, al subir las escaleras, nos sentíamos como princesas ascendiendo las escalinatas de un palacio. Sin embargo, en ciertos aspectos, no privaba tanta formali­dad. Por ejemplo, para pedirle a una muchacha la siguiente “parada", los muchachos, desde lejos, hacían una seña, un medio círculo con el índice que quería decir: "¿Bailamos la que sigue?" A veces, las muchachas contestábamos con un doble movimiento que significaba: "De ésta a la otra".

 

Otro dato curioso es que los papás y las mamás iban sin fallar a los bailes importantes; algunos, a divertirse por su cuenta, pero los más, a vigilar a sus niñas. Mamá, aunque trabajaba los 365 días del año para sostenernos, hacía también el sacrificio de ir a "cuidarnos" a Chela, mi hermana, y a mí. Con su fino y elegante cuello tenía mucha facilidad para localizar­nos en la pista de baile. Cuando vol­teaba yo a verla, me hacía una discretísima seña con el índice o con una elocuente mirada de sus grandes ojos moros que quería decir que no bailara cerca de mi pareja, sino que observara lo que le habían enseñado a ella, de acuerdo a los cánones Porfirianos: bailar a la distancia del brazo: tipo vals. Para evitar tales anacronis­mos yo le recomendaba a mi acom­pañante que no bailáramos cerca de donde estaba Mamá.

 

A las doce en punto, Mamá, como el hada madrina, sacaba su varita mágica y nos indicaba a Chela y a mí que ya era hora de irnos. Así que, con un suspiro, bajábamos la escalera, no sin echar antes una última mirada al baile que apenas estaba en su apogeo. Como casi nadie se iba a esa hora y nosotros no teníamos carro, muchas veces nos íbamos del Casino a la Av. Galeana, donde vivíamos, a pie. Visto en retrospectiva, esa imagen me produce ternura: caminando con nuestros zapatos plateados, con la anchísima falda de tul en la mano para no pisarla y a veces con la cabeza cubierta por una de aquellas chalinas de encaje muy lindas con piedras brillantes —rhyme stones- que trataban de competir con el maravilloso cielo estrellado. Así, entre piedras y hoyos, llegábamos a la casa de regreso del esplendoroso baile del Casino.

 

¡Cuántos romances se iniciaron en el Casino! Algunos culminaron en matrimonio; algunas Romeojulietescas no lograron cristalizarse; de todos modos, creo que somos muchos los neolaredenses que recordamos el Casino con añoranza.

 

Desde hace muchos años, el Casino ya no existe. Cuando lo derrumba­ron nos rompieron algo muy dentro del corazón, pero mientras haya quien lo recuerde, no habrá desapa­recido del todo. Cierren los ojos, los antiguos asistentes al Casino, y nos verán a todos nosotros formando un grupo alegre, multicolor, lleno de vida y de juventud haciendo al Casino retumbar con la "raspa" o dándonos el consabido abrazo en las fiestas de fin de año: "¡Feliz Año! Happy New Year! Happy New Year! ¡Feliz Año!

 

A los que recuerdan el Casino: ¡Feli­ces recuerdos!


 
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Alcancía de amor:

9/ V/ 84

Alcancía de amor

 

 

Últimamente ha habido una se­rie de "consejos" publicita­rios, principalmente radiofó­nicos, con un objetivo muy claro y definido: mejorar la actitud de los padres hacia los hijos. Tal vez ustedes han escuchado algunos como: "Pla­tica con tus hijos", "dedica tu tiempo libre a  jugar con tus niños”, "haz un esfuerzo por comprender a tus hijos", “tus hijos son lo más importante" y otros más. Todos ellos de "TÚ", pues ahora, en la capital, les ha dado por tutear a los destinatarios de algunos anuncios en un intento de acerca­miento y eso no a todos les cae bien. Piensan que con tutear a la gente van a ganarse la confianza y la credibili­dad de quienes los leen o los escu­chan. Como esos anuncios de: "Gana ciento veinte mil pesos mensuales en tus tardes libres, acude a…" Luego resulta que se trata de venta de libros a comisión, que la cifra prometida es pura engañifa y que el hablar de tú es solo para dorar la píldora…

 

Pero volviendo a la publicidad mencionada al principio, creo que es gubernamental y no me parece mal pues todo lo que sea tendiente a unifi­car a la familia es digno de encomio. Lo que me preocupa es una cosa. No sé si ustedes estén de acuerdo. Toda esa publicidad está volcada a desper­tar e impulsar la obligación de los padres hacia los hijos pero jamás he oído que se les aconseje a los hijos que traten de comprender a sus padres ni que se les sugiera que sean un apoyo moral para sus progenitores aún des­pués de haberse separado de la casa paterna.

 

Y me pregunto: ¿No será un tanto arriesgado fomentar, en la nueva generación, la llamada ley del embudo? ¿No considerarán, luego, los hijos como cosa natural que la obligación, inclusive moral, debe ser unilateral? Hay algo implícito en los anuncios que parece señalar, no una interrelación familiar, sino un papel definido de los padres de dar, dar y, dar y de los hijos de recibir, recibir y recibir.

Lo que se inculca a los niños tiene repercusiones importantes en sus razonamientos y en su comporta­miento futuro. Recuerden la historia de la frazada: el hombre que le dijo a su hijo, niño aún, que fuera a dejar a su anciano padre al bosque pues ya no les era útil y allí lo abandonara a su suerte, pero eso sí que le dejara una frazada para que se resguardara de las inclemencias del tiempo. Ya entrada la noche, regresó el niño con la mitad de la frazada y la siguiente explicación: "Esta mitad la traje para cuando yo te mande tirar a ti".

 

Con esto no quiero decir -que quede claro- que los integrantes de la clase media pretendamos que nues­tros hijos sean una inversión para nuestro sostén económico en la vejez. Rudyard Kipling lo explicó en unos versos a su hijo:Nunca en mis afanes por verte contento he trazado signos de tanto por ciento”. Más adelante, el poeta dice lo que de acuerdo con las leyes de la vida sucederá: “Un agente mío llegará a cobrarte, será un hijo tuyo, sangre de tu  sangre, y a él, hijo mío, deberás pagarle”.

 

Además, por fortuna, con deshonrosas excepciones, los mexicanos, somos buenos hijos. Los extranjeros que radican temporalmente en México se sorprenden agradablemente ante la unión existente en la familia mexicana, no sólo en el estricto núcleo familiar, sino incluyendo abuelos, tíos y primos, lo que no sucede en otros países donde los viejos están implacablemente relegados.

 

Estoy de acuerdo con Kipling en que no hacemos cuentas de tanto por ciento al educar a nuestros hijos, pero no me negarán que consciente o inconscientemente, sí sentimos que son una inversión de cariño, algo así como una alcancía de apoyo y de amor.

 

Entonces, hay que cuidar nuestra alcancía; que nadie demerite nuestro papel de padres, que no se menosprecie el esfuerzo, que en cumplimiento de nuestra obligación, realizamos día con día.

 

Que no nos destruyan el cochinito que debe contener monedas de amor para los padres


 
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Los presentes muy “presentes”:

16/V/84

Los presentes muy “presentes”

La palabra regalo, en un diccio­nario de sinónimos, trae, entre otras, las siguientes anota­ciones: obsequio, ofrenda, don, dádiva, donación, recuerdo y pre­sente. Presente viene del latín præsens: que está delante o en presencia de uno. Una vez que mamá le dijo a Wicho, mi hermano: "Hijo, a dondequiera que volteo en mi recámara, pienso en ti porque veo regalos tuyos", él le contestó: "Por eso se lla­man presentes, mamá". Y es cierto, el objeto regalado recuerda la presencia del dador.

 

Los regalos se han acostumbrado desde la antigüedad. Recordemos los cuentos de hadas en los cuales éstas concedían preciosos dones a sus protegidos. La Biblia que relata la pere­grinación de los Tres Reyes Magos para llevarle valiosos presentes al Niño Dios; hasta los mismos sacrifi­cios de nuestra cultura pre-hispánica eran ofrendas, regalos a los dioses para congraciarse con ellos.

 

Así que el regalo ha existido y existe en todas las culturas. En la nuestra se dan obsequios para feste­jar infinidad de acontecimientos como bautizos, primeras comunio­nes, cumpleaños, bodas, graduacio­nes, aniversarios, Navidad, y otros más. Les regalos casi siempre son agradables y suelen proporcionar alegría, tanto al que los da como al que los recibe.

Todos tenemos atesorados en nues­tra memoria regalos inolvidables que han quedado presentes para siempre. Cuando cumplí ocho años, papá me regaló un anillo con un pequeño brillante y me dijo: '"Como eres chiquita, el brillante es chiquito: cuando seas grande, te compraré un brillante grande". Como el hecho de que yo fuera grande y papá estuviera presente no llegó a cristalizarse, traigo en el dedo meñique de la mano derecha el anillo con el brillante chi­quito, sin ningún brillante grande a su lado que lo opaque. Al verlo, tengo presente a papá y sus ilusiones de darles a sus hijos brillantes y otras cosas más.

Hay otros regalos que aunque no tengan el fulgor ni la resistencia de un brillante, permanecen presentes en la imaginación. Yo atesoro uno de esos que recibí el día que cumplí diez años. Cuando era chica los días de mi cumpleaños eran muy especiales, no solo por los regalos que recibía, sino porque mamá me daba la opción de ir a la escuela o quedarme en la casa, me preparaba un menú a mi gusto y, aunque los tiempos eran críticos, siempre estrenaba vestido, ya que mi madrina Inés me confeccionaba un modelo excepcional, para esas ocasiones.

El día que cumplí diez años amane­ció como cualquier otro día frío de fines de noviembre en Nuevo Laredo, pero no era un día como cualquier otro: era un día muy particular por­que en esa ocasión el número de mis años iba a constar, por primera vez, de dos cifras. Al abrir los ojos, me pareció un enorme caramelo el ves­tido a rayas que mi madrina había terminado el día anterior y había col­gado cerca de mi cama. Encontré, también, un regalo, recuerdo con agrado el crujir del papel de china al romper la envoltura para ver el con­tenido que ya olvidé.

 

Ya estaba vestida de caramelo cuando entró Wicho a felicitarme. Traía en las manos un enorme cartón que despertó, de inmediato, mi curiosidad. Wicho era un niño inquieto, cariñoso, inteligente y generoso. En sus ojos se reflejaba el agrado que pensaba producir con su regalo. De pronto, volteó el cartón para que yo lo viera y, como si se tratara de una marquesina brillante y multicolor apareció lo siguiente:

 

JOSEFINA

10

 

Con paciencia infinita y gastando sus quintos de no sé cuánto tiempo, Wicho había comprado cientos de chi­cles de a centavo, con envolturas de diversos colores y los había pegado con engrudo al cartón, dándole a mi nombre y a mi edad gloria y esplen­dor a través de su cariño fraternal.

 

Me quedé fascinada por la origina­lidad del presente y durante algunos días lo guardé intacto en mi cuarto, hasta que un día:

-¿Me das un chicle?

-Bueno

 

Así que, los chicles los mascamos y algunos los pegamos indebidamente debajo de la mesa del comedor; los envoltorios multicolores que le daban a mi nombre un aspecto festivo y alegre, los tiramos y el cartón, cuando al fin quedó desposeído de todos los chicles, fue a dar a la basura, pero el presente, en esencia, quedó presente para siempre en mi memoria.

 

Nunca imaginó Wicho esa mañana que me había presentado un regalo eterno. Cada día de mi cumpleaños, revivo esa escena y lo veo entrando sonriente a mi cuarto llevando en las manos su original presente:

 

JOSEFINA

10


 
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Los “traga-fuego”:

24/V/84

Los “traga-fuego”

 

El subempleo impera no sólo en la capital, sino también en al­gunas provincias. En la Ciudad de México hay infinidad de hombres y mujeres en la calle que, durante los altos de los semáforos ofrecen en las esquinas las chácharas más variadas que pueden ser accesorios para coche: espejitos, tapetes; juguetes para niños: pizarrones, caleidosco­pios; juguetes para grandes: monitos para colgar en el coche, ranitas que brincan; material informativo: perió­dicos, revistas; guías para desplazarse por la ciudad: mapas, guías Roji; chi­cles; cosas de comer como paletas, morelianas, muéganos y hasta agua­cates. Ya llegando al reino vegetal, no hay que olvidar la diversidad de plan­tas que venden, con o sin maceta y ramos de flores que van desde la exó­ticas orquídeas a las incomparables rosas y hasta las modestas margari­tas. Luego, llegamos al reino animal: en la calle le ofrecen primorosos cachorritos, albos conejos y hasta pollitos recién salidos del cascarón; bueno, ya nada más falta que vendan bebés de verdad, de esos que traen las peyorativamente llamadas "Marías" en el rebozo.

 

Además, no como objetos de venta, sino como integrantes en miniatura del subempleo, hay una nube de niños de ambos sexos que limpian los parabrisas de los coches con unas jergas de tan dudosa lim­pieza que a veces dejan los cristales más empañados que antes.

 

A todo esto, se ha sumado ahora una legión de indígenas danzantes (matachines) que trabajan individualmente, cada uno en una esquina, ataviados como cuando van, por su mero gusto, a bailarle a la Virgen de Guadalupe el día 12 de diciembre. En la cabeza traen unas plumas multico­lores muy venidas a menos y se cubren con una capa raída de algo que en sus buenos tiempos fue tercio­pelo. Tocan una flauta con unos sones muy tristes tal y como corresponde a su triste condición. La gente les da dinero pues tal vez aprecia que hagan este esfuerzo en lugar de convertirse en asaltantes.

 

Lo más inquietante de todo este gremio desprotegido de todos los derechos que marca la ley para los trabajadores son los tragafuego, un "oficio" vistoso, impresionante y peligrosísimo. Por lo general son jóvenes, algunos adolescentes y como la mujer, especialmente en la clase baja, se ve obligada a luchar por la sobrevivencia lo mismo que el hom­bre, últimamente he visto mujeres tragafuego.

 

Los tragafuego toman su puesto en alguna esquina de la ciudad, espe­ran el alto del semáforo, se echan en la boca un trago de petróleo y empie­zan a lanzar enormes lenguas de fuego multicolor. Recuerdan a los dragones que de acuerdo con las fábulas arrojaban lumbre para com­batir a los caballeros que intentaban vencerlos. ¿Y los tragafuego, a quién combaten? ¿Al hambre? ¿Al desem­pleo? ¿A la inflación? ¿Al sistema?

 

Los conductores de los coches y los transeúntes adoptan actitudes diferentes en cierto aspecto: algunos les dan dinero y otros, no, pero casi ninguno se atreve a verles de frente las caras quemadas, ennegrecidas e hinchadas porque cada uno, de alguna manera, se siente culpable, sin saber precisar la razón, de que estas cosas sucedan en nuestro país.

 

Así que, los conductores ven de reojo a los tragafuego que tienen una mirada de reto; por un momento se quedan pensando en lo terrible de esta situación; luego siguen su camino y al llegar a la comodidad de su hogar ya no les resta un solo pensa­miento para los tragafuego porque ¿verdad que uno solo no puede arre­glar el mundo?

 

Hace como dos años vi una entre­vista en televisión con un doctor que advirtió sobre la alta peligrosidad de esta práctica de tragar fuego y dijo que necesariamente daña al orga­nismo en forma irreversible. Luego se publicó en la prensa que el gobierno había prohibido tal exhibi­ción tercermundista y que no se per­mitiría nunca más.

 

Allí quedó la cosa. Los tragafuego siguen ardiendo, los conductores siguen viéndolos de reojo y el sistema aparentemente se olvidó de ellos en aras de otros asuntos más importantes.

 

Total, si se mueren unos cuantos tragafuego, ni se va a notar en el pró­ximo censo. ¿Cómo la ve?


 
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Palabras y Cosas:

30/V/84

Palabras y cosas

 

En cada región del país hay dife­rentes particularidades de ha­bla, no solo en cuanto a entonación sino con respecto a expresiones y a vocabulario. Esto causa problemas o simplemente hilaridad por las confu­siones que genera. Hace tiempo una sobrinita mía, norteña ella, fue a comprar algo en un "estanquillo" en México (tendajo en Laredo) y como no le entregaban el dinero que le sobraba, preguntó: "Oiga, señor, ¿y la feria? A lo que el hombre le contestó, muy serio: "No, niña, la feria en este barrio es hasta el día de San Juan".

 

Un famoso lingüista suizo dice que la unión formada por un signifi­cado y el nombre que le damos es como una moneda: una cara repre­senta la imagen o la idea que tenemos de una cosa y la otra cara, la palabra que usamos para nombrarla. Palabra y cosa son elementos diferentes entre sí, pero el hombre, al dar un nombre a una cosa, establece una relación entre ellos. Lo que sucede es que esta legislación se nos escapa cuando nos cambian una cara de la moneda.

 

Yo recuerdo que cuando llegué recién casada a Orizaba, fui a una tlapalería a comprar rodadillos, que en Laredo quería decir entonces algo que se ponía debajo de las patas de los muebles para moverlos. Me atendió muy solícito el hijo del dueño que ha de haber dicho: ¡Ajá, muchacha nueva en Orizaba! Bueno, pues cuando yo le dije que quería unos rodadillos, él me dijo que a la vuelta había una tienda de artículos de cocina donde, sin duda, podría conse­guir el rodillo para extender la masa que era, de seguro, lo que yo buscaba. Yo le dije que a lo que él se refería como rodillo, se llamaba palote. Entonces le expliqué la función de los rodadillos y me dijo que se llamaban carretillas a lo que le contesté que las carretillas eran para llevar, jalando manualmente, algún material de construcción. De cualquier manera salí con los rodadillos, o carretillas, según el muchacho, pero no dejé de  sentirme un poco como extranjera.

 

Una vez que dije que iba a hacerle la bastilla a un vestido me dijeron: "Para nosotros, la bastilla está en Francia. Aquí eso se llama dobladillo". No entendían la palabra matitas por plantas, ni tampoco, género, por tela, ni calcetín por lo que allí llamaban tobilleras. Ustedes deben recordar muchas otras palabras más que se siguen usando en forma diferente a pesar de que ahora, con la televisión se ha unificado más el vocabulario en el país.     

 

En Orizaba usaban el verbo "chispar", que yo no conocía, en lugar de zafar, así que cuando la sirvienta me dijo: "la plancha se chispó", yo le dije: "si echa chispas, ha de tener un corto”, pero no, no era eso; todo se "chispaba": "se me chispó el plato", "se me chispó el dobladillo", bueno, con decirles que hasta los niños se  "chispaban": "se me chispó de la mano".  

 

Yo tuve que acostumbrarme a escuchar otras expresiones, algunas graciosas, como esa usada por la gente del pueblo cuando una muchacha tenía un bebito sin tener marido, decían: "Nomás le hicieron el favor". Menudo favorcito, ¿verdad? Tuve, también, que dejar algunas de las palabras norteñas para que me entendieran o no me malinterpretaran: por ejemplo, si en Orizaba les decía a mis hijos: "Ay, que güerquitos éstos", la gente creía que yo decía "puerquitos". Sin embargo, me afe­rré, hasta la fecha, lo mismo que a mi identidad norteña, a muchas expre­siones de mi tierra.

 

Por eso, no me sorprendí un día, no hace mucho, que uno de mis hijos -ellos nunca han vivido en Laredo— llegó a la casa y me dijo: "Qué bonitas están tus matitas, mamá". Yo sonreí ante el uso norteño de "matitas" y me quedé pensando que no sólo son las expresiones lo que se transmite sino las formas de ser y que los hijos de norteña, algo de norteño habrán de tener.


 
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Botellas que Vendan:

8/VI/84

 

Botellas que vendan

 

 

 

El botellero tenía un ojo apagado y con el otro veía al mundo con desagrado como si todo lo viese a través del sucio costal que lo hacía encorvarse bajo su peso tintineante. Recorría las calles del Nuevo Laredo de mi infancia con su incesante pre­gón ante el cual algunas amas de casa salían a la puerta, contentas de poder realizar esta rara operación para ellas, de vender, en lugar de comprar y comprar.

 

Yo lo espiaba tras de la ventana con cierto temor a pesar de que no acep­taba del todo la idea de que el bote­llero se llevaba a los niños en el costal. ¿Quién pudo haberme asustado con tal mentira? ¡Nunca mamá! Ella jamás trató de infundirnos miedo ni nos inculcó supersticiones. Una voz cuyo dueño no recuerdo me había dicho: "Son malos, todos los botelle­ros son malos...".

 

Esta falacia de señalar a los botelle­ros como "robachicos", valiéndose de su miserable apariencia para atemo­rizar a los niños es más censurable aún que la invención del "coco" o de la "mano pachona" que, aunque temibles, estaban en el mundo de la irrealidad; de cualquier manera, qué espantable arrullar a un niño al son de: "Duérmase mi niño y duérmase ya, si no viene el coco y se lo comerá". Esto era terrible -espero que ya no se estile- pero más condenable todavía, el tomar a un personaje real, ino­cente de toda esta urdimbre, y pre­sentarlo ante los niños como un ser amenazador. El botellero, ajeno a estas calumnias, en su dura lucha por la vida, transitaba por las calles con su incesante pregón:

¡Botellas que vendan!

 

Tras la ventana miraba yo al sucio botellero con una mezcla de disgusto y compasión. Pasaba siempre incli­nado, sin levantar la mirada al cielo, como si para él no brillara ya la espe­ranza, como si el peso que lo hacía doblarse no fuera solo el de las bote­llas sino el de las penas acumuladas sobre sus espaldas haciendo que su paso fuera lento y cansado y que su rostro trasluciera desencanto, des­aliento, desamparo... Miraba siempre al suelo como si deseara que en lugar de que él pisara la tierra, ya la tierra pesara sobre él, como si anhelara poder desprenderse, por última vez, de ese costal al que el destino parecía haberlo ligado para siempre.

¡Botellas que vendan!

 

Muchos años después, llegó a mi casa, en Orizaba, otro botellero, total­mente distinto al de mis recuerdos infantiles: los ojos brillantes y en lugar de una mueca de desencanto, una sonrisa de esperanza, de con­fianza y de amor a la vida.

 

Le vendí unos enormes pomos y contando las monedas me dijo: "No completo el dinero. ¿Puedo traer lo que me falta después?".

 

Asentí. Animado por tan inusitada muestra de confianza en su honradez, señalando los pomos, preguntó: "¿Puedo lavarlos aquí?".

 

"No" contestó inmediatamente, a través de mí, la niña que espiaba al tuerto botellero, todavía bajo el influjo de aquella voz que decía: "Son malos, todos los botelleros son malos...".

 

Un destello de desilusión brilló en sus ojos pero sin perder del todo la sonrisa dijo: "Mañana vengo".

 

"¡Bah! ¡No volverá!", pensé, pero... ¡Volvió! Allí estaba su sonrisa y del sucio bolsillo del pantalón extrajo unas monedas que me entregó. Lo vi irse, alegre, despreocupado con el costal al hombro, como si no le pesara, tal vez porque no contenía, además de las botellas, un fardo de penas como el de aquel otro.

 

Y me quedé pensando: ese brillo en los ojos y esa sonrisa, ¿podrán perdu­rar en un pobre y humilde botellero?

 

¡Botellas que vendan!


 
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Los Trabajadores del Metro:

15/V1/84

Los trabajadoras del metro

 

La primera vez que entré a la estación Viveros de la línea tres del metro, la más cercana a mi casa, me invadió un sentimiento de orgullo, de ternura, de solidaridad hacia los trabajadores del metro: una emoción un tanto explicable... Desde tiempo antes de que se iniciara la construcción del tramo que va de la estación Zapata a la de Ciudad Universitaria se había mencionado la posibilidad de esa importante extensión. Yo leía estos planes con desasosiego, no solo por el riesgo de que nuestra casa, que está enfrente de los Viveros de Coyoacán sobre Av. Universidad, sufriera alguna mutilación, sino, también, porque teñí referencias sobre las molestias y problemas infini­tos que significa tener obra del metro enfrente de la casa.

 

Una mañana, hace como cuatro años, muy temprano, me encontraba leyendo en el hall de la parte de arriba de la casa —los demás aún dormían— cuando oí unos ruidos extraños provenientes de la avenida Universidad. Me asome por la ventana y ¡allí estaban! ¡Los trabajadores del metro iniciando sus labores muy temprano en una mañana muy fría! Me quedé mirando la actividad que llevaban a cabo y súbitamente se transformó la imagen; realicé una inversión temporal y espacial: ya no era la altiva avenida Universidad siendo profanada por taladros y picos, sino la avenida Ocampo en Nuevo Laredo: no hacía frío, sino el asfixiante calor de un mediodía estival en mi tierra; yo tenía siete años y estaba en la verja de nuestro jardín esperando a Papá.

 

La avenida Ocampo tenía ese día una apariencia inusitada: por lo gene­ral tranquila y transitada más o menos por gente conocida, ese día nuestra cuadra estaba completamente llena de hombres. Parecía como si hubieran sembrado semillas de hombres en Ocampo y hubieran brotado rápidamente pues se veían así, plantados, salidos de la tierra. De tantos que eran, a primera vista daban la impresión de una masa compacta pero en realidad eran como un sembradío, con surcos bien trazados. Sucedía que en la esquina de la casa estaba la C.T.M. y habían llevado a estos hombres a alguna manifestación o la verdad no sé a qué. El caso es que después de horas plantadas allí, languidecían, se secaban por momentos... el sol implacable reverberaba sobre sus cabezas y sobre la mía.

 

De pronto llego Papá. Casi sin decir palabra se quitó el sombrero, se encaminó a la cocina, buscó la olla más grande que pudo encontrar y la llenó de agua fresca. En seguida me pidió que le ayudara a llevar unos vasos con agua y salimos a la calle. Sin decir nada, Papá, como si amorosamente regara unas plantas, comenzó a repartir vasos agua y los hombres comenzaron a revivir. Yo, alternativamente, veía las caras de los hombres y la de Papa.

 

Otra vez, bruscamente, regresó la imagen de los trabajadores de avenida Universidad. Efectué un cálculo mental del número de hombres que laboraban frente a la casa. Me encaminé a la cocina, busqué la pila más grande que pude encontrar, la llené de agua y como hacía frío, hice café. Al rato, precedida por el espíritu de Papá y acompañada por mi esposo y mi hija Linda -cada uno de nosotros con una charola- salimos a la calle llevando cuarenta vasitos térmicos con café y luego tres charolas con ga­lletas. Los trabajadores levantaron la cabeza con sorpresa e interrumpie­ron sus actividades para tomar el café; los conductores de los vehículos que pasaban disminuían la velocidad para ver la escena.

 

La obra del metro frente a la casa duró dos años y medio; constituyó, como me temía, una serie de molestias y problemas: estacionar los coches a cinco cuadras de la casa, caminar entre piedras, arena, escombro y lodo, pasar la calle por un puente endeble sobre un hoyo de 24 metros de profun­didad, tener la casa salpicada de lodo, estar sometidos a los ruidos ensordecedores de las gigantescas máquinas, de día y de noche y muchas otras molestias más. Había detalles chuscos, también, como por ejemplo que los trabajadores, no solo les chiflaban a mis hijas cuando llegaban, sino todos en coro, a mi esposo cuando salía a correr en "shorts" a los Viveros. En tiempos de lluvia, como el lodo estaba muy resbaloso, yo salía con unas botas viejas y los za­patos en la mano; había un muchacho jarocho, jefe de una cuadrilla, que en cuanto me divisaba comenzar a patinar, me gritaba: "Espéreme, señito, ahí voy por usted".

 

Hubo sucesos trágicos también: cerca de la casa hubo dos accidentes en los cuales murieron varios trabajadores. Por lo general, eran gente del campo que había venido por primera vez a la gran ciudad: muchos de ellos pernoctaban en unos cuartos preconstruídos instalados en terrenos de los Viveros. Los domingos lavaban su modestísima ropa y la tendían en los árboles. Hablaban su idioma entre ellos y reían muy orgullosos de tener trabajo y de tomar "Pepsi-Cola” en lata.

 

Los trabajadores sí trabajaban desmintiendo a los detractores de la gente del campo que dicen: "Son unos flojos que no quieren hacer nada”. Cuando tienen el aliciente de un salario medianamente decoroso y quien los dirija acertadamente, hacen las cosas muy bien; quien lo dude, que vea el Metro de la Ciudad de México.

 

Así que, no resulta inexplicable que, después de dos años y medio durante los cuales estuve viendo de enreja la construcción del metro, se me hiciera un nudo en la garganta al descender las escaleras de la estación Viveros y pensar en todos aquellos que trabajaron, rieron y murieron en la construcción de la línea tres del metro que, para fortuna de muchos, llega ahora hasta nuestra amada Universidad.


 
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Retrato del Marchante:

 

6/VII/84

Retrato del marchante

 

Cuando mamá me visitaba en Orizaba decía que cómo era posible que además del trabajo que tenía con tantos niños tuviera yo una "clientela" diaria de limosneros y marchantes. Los marchantes eran los indígenas que bajaban de los cerros aledaños a vender su mercan­cía.

Vendían papas, duraznos, manzanitas, tierra para las macetas (le llamaban zámano) y otras cosas más. Vestían de calzón blanco, no muy blanco, por razones obvias y calzaban huaraches con suela de llanta. Trabajosamente hablaban el español, tra­bajosamente cargaban su mercancía y trabajosamente sobrevivían. Les comprara yo o no les comprara, ellos siempre me pedían un taco.

Los tacos de marchante eran famosos en la casa. A mis hijos tam­bién les gustaban “Hazme un taco de marchante, mamá". Podían ser del guisado que hubiera quedado, aun­que las más de las veces eran simple­mente de arroz y frijoles, pero eso sí, calientitos y con chile jalapeño. A diferentes horas del día interrumpía yo lo que estuviera haciendo para prepararles tacos a los marchantes.

 

Nuestro comedor en la casa de Orizaba era como un aparador, con un gran ventanal que daba a una pri­vada. Un día, a la hora de la comida, se apareció por la ventana, que estaba abierta, un marchante: la ventana lo enmarcaba como a un estrambótico cuadro. A su vez, el cuadro que se ofrecía ante sus ojos era el de la enorme mesa, con su brillante cubierta de "formaica", los platos rebosantes de comida y ocho niños comiendo en ruidosa compañía.

 

-¿Me compras zámano, rnarchanta?

-No, gracias.

 

-¿Por qué no quieres? ¿Ya tienes?

-No, lo que no tengo son plantas.

 

Y pensaba, ¿pero qué tiempo tengo yo para plantas? Si así, no logro un instante de reposo. Ahora, como raro triunfo, había logrado sentarme ante un plato de humeante sopa, pero ¿llegaría a tomarla caliente? Segura­mente no.

 

El marchante seguía fijo en su marco: "Debo levantarme a darle un taco", pensé, "sí, un taco, ahorita me lo va a pedir". Casi lo oía: "¿Me das un taco, marchanta?". Pero en lugar de eso, con dignidad pues los indígenas aunque vistan harapos, están revesti­dos de una gran dignidad, haciendo un esfuerzo por no mirar la mesa, ni los platos, ni la comida: "Otro día vuelvo", musitó casi.

 

Levanté los ojos: el marco de la ventana lucía extrañamente vacío, acongojado, un marco desnudo de retrato. ¿Y el marchante? Se fue... sin taco, sin pan, sin nada...

 

El tomar la sopa caliente cesó de ser un placer. No era, después de todo, tan importante. Debí haberle dado un taco al marchante; hubiera significado tanto para él y para mí ¡tan poco! Solamente tomar la sopa fría o volverla a calentar... La imagen del marchante me perseguía y me quedé pensando: "Sí, marchante, otro día, otro día te daré un taco caliente y dejará de perseguirme tu cara extrañamente enmarcada en mi ventana".

 

Pero jamás volvió. Y por eso se quedó grabado en mi mente como un retrato antiguo, de esos que causa dolor ver: el marchante de blanco, no muy blanco, ofreciendo zámano frente a mi ventana, un retrato que sólo existe en mi imaginación pues ¿quién ha visto que se retraten los marchantes?


 
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Mi Perrito es Plateado:

13/VII/84

Mi Perrito es Plateado

Desde hace milenios de años, el perro ha buscado la compañía del hombre. Tal vez esto se inició debido a que este noble animal no contaba con elementos suficientes para defenderse de algunos animales salvajes y pensó que el Rey de la Creación lo ampararía o, tal vez él, en su nobleza, quiso proteger al hombre. El caso es que ha sido su compañero fiel durante tanto tiempo que se ha ganado el ser considerado "el mejor amigo del hombre”.

 

La compañía entre estos dos seres del reino animal se observa en todos los niveles: desde los perros de casa rica entrenados especialmente para defender a sus amos hasta los pobrecitos perros desnutridos que recorren la ciudad cojeando penosamente, por haber sido atropellados alguna vez, siguiendo a sus paupérrimos amos en su trabajoso peregrinar. En fin, lo que puede decirse de los perros es que siempre conocen y cumplen con su obligación, que es más de lo que puede decirse de muchos seres humanos.

 

Todo esto viene a colación para contarles de mi perrito que es un primor. Para empezar, es de color plateado, con ojos del color de la miel cuando está oscura y unas pestañas tan grandes que ni las más exageradas pestañas postizas se atreverían a tener tamaño tal. Es muy juguetón, ¡le encanta correr por el pasto! De pronto, se para: "sniff, sniff" -a oler las flores- ¡eso le gusta! Cuando siente el perfume de las flores, se estremece todo, en una imagen perfecta de vida y al mismo tiempo como una prueba de la existencia de Dios, pues a él también lo hizo Dios.

 

Pero no les he dicho cómo se llama. Me lo regaló Wicho, mi hermano, e hicimos concilio familar para elegir el nombre –fluctuábamos entre los nombres usuales y los exóticos- y no nos decidíamos. El asunto llegó hasta mi clase de conversación con alumnos extranjeros que tengo en la UNAM, a lo que un alumno japonés –que no hablaba mucho como nosotros pero más sustancioso- me dijo:

 

"En Japón, nombre perrito, no problema: así color perrito, así nombre. Ejemplo: perrito blanco, Blanquito; perrito negro, Negrito". Ante inferencia tan práctica, yo me quedé pensando que con razón les queda mucho tiempo libre a los japoneses para estar ideando calculadoras y otras cositas más. El caso es que de acuerdo a la teoría nipona, le deberíamos de haber puesto "Plata" o "Plateado" o algo así. Pero no, le pusimos Melville, como el autor de Moby Dick.

 

Bueno, pues Melville es muy obligado: no se duerme hasta que todos los miembros de la casa llegan en la noche lo que no deja de ser un problema los viernes y los sábados que mis hijos regresan más tarde. Cuando yo llego en mi coche, sale a la banqueta y les ladra a los que pasan para que sepan que él me cuida. En la noche duerme a mis pies con la cabeza reclinada en una almohada de bebito.

 

Melville ha tenido muchas peripecias; una vez quise pescar a una rata y esta le mordió una pata y no lo soltaba; otra vez, saltando en el pasto, se lastimó un ojito con una rama; otra ocasión, muy temerario, se brincó del carro en plena Av. Miguel Ángel de Quevedo; todos los carros se detuvieron y recogimos a Melville sano y salvo.

 

Melville es muy fiel y muy alegre; lo que pasa es que es un tontuelo que no sabe que los carros matan. Ya uno lo mató y ahora está acostadito, con su cabeza reclinada, en su almohada de bebé, pero no en mi cama, sino en un hoyo, bajo un pastito donde le gustaba correr. Ya no me cuida.


 
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La Juventud se Va:

19/IX/84

La juventud se va

 

La juventud se va y se va de pri­sa como el viento... así comen­zaba una canción de los años cuarenta y en aquel tiempo la idea me parecía una falacia. Solo al paso de los años, al recordar la brevedad de esta etapa, nos damos cuenta de la fugacidad de la juventud, ese "tesoro divino" que no siempre es apreciado por sus poseedores. Más tarde, hay quienes darían todo lo que tienen por ser jóvenes y lozanos de nuevo. "¡Cómo quisiera encontrarme parado en una esquina, sin nada, con lo puesto nada más, pero joven!" me confió en una ocasión una persona entrada en años y poseedora de una considerable fortuna. No sé qué tan sincero haya sido su deseo pero es una realidad que mucha gente suspira por la juventud perdida.

 

En la comedia "Noche de Epifanía" de William Shakespeare hay una deliciosa canción que dice: "la juven­tud es tela de poca duración". Sin embargo, a pesar de su "poca dura­ción" y de la escasa experiencia con que se cuenta, es una etapa en que suelen hacerse decisiones importantes. En ese lapso los acontecimientos se suceden con mucha rapidez. La vida nos presenta alternativas cons­tantes: seguir este camino o éste otro y la elección puede ser determinante para toda la vida.

 

Lo extraño es que el joven que decide no es exactamente el mismo que después, de adulto, sufre las con­secuencias. El ser humano cambia mucho a través de su vida. Por ejem­plo, el idealismo que es un denomina­dor común de muchos jóvenes se relega, por lo general, al paso del tiempo debido a que no funciona muy bien, que digamos, en este mundo práctico nuestro. Este cambio no es nada nuevo ni sorprende a nadie pues ha sucedido a través de muchas generaciones. Esto, entre otras cosas, va creando la llamada brecha generacio­nal; los padres no aprueban la actitud de los jóvenes; éstos, a su vez, muchas veces no comulgan con las ideas de sus mayores. Recuerdo que el prota­gonista de la novela Catcher in the Rye de J. D. Salinger, tenía horror a ser adulto porque le desagradaba el papel que éstos adoptaban pero intuía que irremediablemente representaban su propio futuro.

 

La juventud actual es más afortu­nada que la de mi generación porque son más dueños de sus personas que lo que nosotros éramos. Se les con­cede más el derecho de hacer sus pro­pias decisiones. Antes, en una familia más que en otras, se ejercía un con­trol tan estricto que en muchos casos causaba una especie de parálisis interna, una cierta incapacidad de actuar. Eso era lo que se consideraba conveniente: que los jóvenes se rigie­ran de acuerdo al modo de pensar de los padres. Ahora no es tan fácil; los jóvenes no permiten ciertas imposiciones; exigen más libertad. Hay quienes opinan que se les debería cortar las alas pero ese no es nuestro papel; nuestro papel, ya sea como padres o como maestros, es el de ayudarlos a desenvolverse para que puedan "volar solos" y hacerlo bien.

 

Otra característica de los jóvenes es ver siempre hacia adelante porque tienen perspectivas de un futuro extenso ante ellos, un futuro que tal vez vislumbren como brillante. A la gente madura el futuro se le ha redu­cido así que no puede evitar asomarse a su pasado, examinar las decisiones tomadas y considerar si el sendero elegido fue el mejor. El caso es que no se puede echar marcha atrás. "Juventud hay una y nada más", finaliza la canción con la que inicia este artículo. No se puede volver a ser joven y comenzar de nuevo. No se puede prolongar la juventud física más allá de lo que lo permiten los elementos biológicos; lo que sí pode­mos lograr es atesorar una juventud espiritual por medio de una actitud positiva hacia la vida, de alegría por las pequeñas cosas cotidianas y de interés por los demás. Ah, y no hay que olvidar, aunque parezca egoísta, hace falta quererse a uno mismo y consentirse proporcionándose gustos y alegrías. Así, aunque nadie haya logrado encontrar la fuente de la eterna juventud, se puede ser joven de corazón.


 
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Diversiones de Antes:

 

1/X/84

Diversiones de antes

 

Una cosa que les llama la aten­ción a mis alumnos extranjeros es la capacidad del mexi­cano para divertirse. En cada esfera social se las ingenian para tener acti­vidades que les proporcionen espar­cimiento. Las diversiones varían también, según la época, de acuerdo a lo que esté de moda. No sé qué tanto hayan variado las costumbres en este aspecto en Nuevo Laredo pero las diver­siones de antes (hace treinta o cua­renta años) eran sencillas y al mismo tiempo encantadoras.

 

Los días de campo a Sabinas eran una diversión favorita para buena parte de la población de Nuevo Laredo. Nos levantábamos de madrugada para aprovechar el día y nos íbamos en grupos de familiares, amigos y vecinos. Unos se iban en carro pero también había gente que se iba en "troca" lo que resultaba muy diver­tido; la gente cantaba por el camino y al llegar al Ojo de Agua, hasta aguacates se podían cortar desde la “troca”.

 

En el Ojo de Agua el paisaje era fascinante; ofrecía un remanso de paz y frescura -un oasis en nuestro ardiente verano laredense- con el verdor maravilloso de los árboles y la transparencia cristalina del agua. Había actividades para todo el día. Nos metíamos al agua sin importar­nos mucho el modelo de nuestro traje de baño, comíamos todos juntos de "pic-nic" y en la tarde, como broche de oro, había música y baile. Al regresar se sentía una como que había hecho un viaje más largo.

 

En realidad, en aquel entonces no viajaba una mucho; es decir, sí salíamos fuera pero casi siempre a ciuda­des donde teníamos parientes, casi nunca a hoteles. (Perdón por la generalización con respecto a los hoteles, la referencia es a la mayor parte de la gente que yo trataba). De seguro era por austeridad pero ni cuenta nos dábamos. El hecho de ir a San Anto­nio, a Monterrey, a Villaldama, a Sal­tillo y hasta a la Ciudad de México constituía una movilización bastante importante. Tal vez sucedía así porque no se oía, como ahora, tanta men­ción de viajes a Europa y a otros lugares lejanos. A nosotros nos pro­porcionaba alegría viajar a donde podíamos ir.

 

La actividad dominguera comen­zaba con el cumplimiento de una obligación religiosa: la asistencia a misa a la iglesia del Santo Niño de Atocha, única en ese tiempo en Nuevo Laredo. Por cierto, hay que confesar cuánto se mezclaba el aspecto social con el religioso. Por lo general, estre­nábamos los vestidos en misa y entre rezo y rezo, estábamos muy al tanto de quién estrenaba y quién no. Por eso era bueno tener un lugar estraté­gico desde donde se pudiera dominar a la concurrencia. Luego, mientras se escuchaba solemne, la voz del reve­rendo y muy apreciado Enrique Tomás Lozano, las muchachas, furti­vamente, volteábamos a la parte de atrás de la Iglesia para ver si habían venido a misa nuestros respectivos novios. Su asistencia les confería un cierto halo, como una especie de santificación.

 

Después de misa, la Av. Guerrero se convertía en un vistoso desfile ya que casi todos, los muchachos con sus trajes y las muchachas, luciendo sus atuendos, nos íbamos a dar la vuelta o a tomar una coca al kiosko de la Plaza Hidalgo. (Es curioso, si íbamos "acompañadas" nomás pedíamos una "soda" para que dos muchachos no gastaran mucho ya que la mayoría traía poco dinero -en ese aspecto tam­bién la cosa era algo austera). En la tarde era casi obligatorio ir al cine. En aquellos años Nuevo Laredo era pequeño y "todos" nos conocíamos, así que en el cine saludaba una a "medio mundo". Había películas muy tristes por lo que Chela, mi hermana, y yo nos llevábamos pañuelos de mis her­manos como "paño de lágrimas". Una vez nos preguntó mamá que qué tal había estado la película y le contesta­mos: "Muy buena, tres pañuelos cada quien". Eran aquellas películas de "Cuando los hijos se van" y cosas así que tenían como objetivo principal deprimir a los espectadores.

 

A las ocho de la noche en punto ya estaba la juventud de Nuevo Laredo "partiendo plaza" en la Plaza Hidalgo, donde además de la banda municipal se escuchaban piropos y risas alegres. Las parejas, cogidas de la mano, platicaban deseando que el tiempo no corriera tan veloz. El bello reloj de la Plaza, haciendo caso omiso de esos deseos, se apresuraba a dar las diez y la plaza quedaba vacía año­rando el rumor de los pasos y de las voces que le habían dado vida y movi­miento durante dos horas.

 

Falta espacio, más no memoria, para recordar otras de nuestras diversiones. "¡Qué sin chiste!" tal vez piensen ahora pero para nosotros eran emocionantes nuestras diver­siones de antes.


 
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La Cajita Idiota:

6/X/84

¿La “caja idiota”?

 

Todos, en alguna ocasión, hemos oído y leído críticas a los programas de televisión. En realidad, últimamente la programación, al menos en la ciudad de México ha mejorado mucho; algunos canales se preocupan por tener programas edu­cativos y amenos a la vez lo que significa un loable esfuerzo. (Ojalá pronto los pasen también en la provincia).

 

Hasta las telenovelas, tan critica­das, tienen su punto bueno. En los Estados Unidos se refieren a ellas como "soap operas" (óperas de jabón) por los dramones que escenifican y por los anuncios de detergentes que las acompañaban casi exclusiva­mente cuando aparecieron en la tele­visión. Ahora ya se ha superado esa etapa y anuncian diversas toallas femeninas, uno que otro desodorante y toda suerte de artículos para ani­mar a las amas de casa a trabajar con más ahínco.

 

Aunque no puede negarse que las telenovelas tienen defectos, tie­nen también sus ventajas, como la de forzar a algunas amas de casa a un merecido descanso pues sin la televi­sión, se seguirían trabajando toda la tarde, estoy segura. Además, para las personas mayores que ya no pueden tener muchas actividades fuera de casa son una verdadera bendición pues hacen un corte en el día que tal vez se haría eterno sin esa distrac­ción; les proporcionan un tema de conversación y discusión con las ami­gas, parientes y vecinas y, de cual­quier manera, les ayudan a tener la mente activa pues tienen que seguir la trama de la telenovela.

 

Hay quienes se mofan de las per­sonas que ven telenovelas por el con­tenido que generalmente tienen (o que no tienen) pero lo importante es que cada persona esté contenta con sus actividades —ella— no lo que opi­nen las demás. La buena literatura o la buena música no pueden recetarse como la única forma aceptable de diversión ya que a muchas personas no les divierten.

 

Ahora bien, con respecto a la población infantil, creo que se comete un abuso con los menores de edad sometiéndolos (aunque aparente­mente es por su voluntad) a largas jornadas televisivas. "Es que al niño le encanta ver la televisión, se queda embobado y ya se sabe todos los anun­cios". Claro, vemos a niños de tres años repitiendo: "Si es Kotex, sí con­fío". Es evidente que a esta edad los niños no pueden decidir si lo mejor es estar frente a la televisión o no; esto lo deciden otras personas. Hay niños de dos años que pasan un mínimo de cuatro horas frente al aparato. Hace tiempo leí un artículo sobre un estu­dio realizado en los Estados Unidos en un campo militar donde vivían los militares con sus familias. Resulta que había muchos niños pequeños que inexplicablemente padecían vómitos y se descubrió que estas cria­turas pasaban seis horas o más viendo televisión. Desde luego es más senci­llo tener al niño clavado frente a la "caja" que entretenerlo o sacarlo a un parque pero es una injusticia imponerles esa "actividad". Si un adulto quiere estar diez horas frente a la televisión, allá él, pero que no se decida por el niño.

 

Este afán per adherir a los niños a la televisión ha dado como fruto el horror de programas con niños "vedettes". Da pena, en algunos casos, ver a las criaturas contorsio­nándose con grotescos movimientos eróticos aprendidos para atraer al público. El resultado es: los niños artistas explotados, extraídos de su medio ambiente normal y sintién­dose, además, lo máximo, los felices padres de los artistas acumulando ganancias, los niños televidentes embobados y contorsionándose en la misma forma desagradable y los televidentes adultos, cambiando canales furiosamente, en su afán por escapar de estos "enanos". En fin, creo que la televisión está ya demasiado satu­rada de este tipo de espectáculos y conste que esto no incluye los progra­mas infantiles realizados con profesionalismo.  

 

Volviendo a las críticas a la tele­visión, por mi parte, no estoy de acuerdo con una señora que dijo: "un día desconecté la ‘caja idiota’ y la encerré en un closet y desde enton­ces, vivo agusto". La cuestión es esco­ger los programas a nuestro agrado y disfrutarlos. Y si no hay nada a nues­tro gusto, siempre nos queda el anti­guo recurso de leer.

 

¿No creen?


 
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¿Te comes las uñas?:

14/X/84

 

¿Te comes las uñas?

 

Si usted o alguna persona de su familia se come las uñas, ¿se ha puesto a pensar qué es lo que lo motiva a hacerlo? Según términos médicos, ésta práctica se llama onicofagia y viene definido en un dicciona­rio especializado como "hábito morboso de comerse las uñas". En cuanto a explicación psicológica, leí que se trata de un acto de autodestrucción. Tal vez sí, porque a veces hasta duelen los dedos. Yo una vez soñé que me los había mutilado.

 

Que yo sepa no existe, ni en los Estados Unidos, donde son tan amantes de tener sociedades de esto y de lo otro, una sociedad (así como la de Alcohólicos Anónimos) que fuera "Come-Uñas Anónimos", donde cada quien contara sus problemas. Tal vez porque este vicio no es tan grave pero, ¿verdad que sí es feo?

 

Desde luego, hay otros vicios más feos porque perjudican a terceros, como el de fumar o el de dar golpecitos al interlocutor al platicar para darle más énfasis a la conversación. Recuerdo a una conocida en Orizaba que tenía esa costumbrita y cuando se quedaba junto a mí me dejaba el brazo adolorido; qué bueno que no me daba los golpecitos en la espalda pues me hubiera dejado tuberculosa.

 

Volviendo a lo de comerse la uñas, este vicio es más frustrante para las mujeres, pues se supone que entre otras cualidades, debemos tener las uñas largas, largas y rojas, rojas como Jackeline Andere y todas las artistas de las telenovelas y en lugar de tal lucimiento, ahí está una con las uñas todas chatas y si se las pinta de rojo, parecen confeti.

 

Yo me comencé a comer las uñas de chica por imitación y admiración. Mi hermano, Rodolfo, se comía las uñas mientras se quedaba pensando y luego decía cosas inteligentes, lo que me hizo inferir que el comerse las uñas era muy intelectual, como una clara evidencia de un pensamiento profundo. Luego resultó que no es esa la imagen que se proyecta, sino que lo que la gente juzga al ver a una per­sona comerse las uñas es que está nerviosa, preocupada, indecisa, molesta o hasta furiosa. Hasta ahora, lo más que he logrado dejarme de comer las uñas ha sido durante unos meses, pero nunca hasta completar un año, por lo que no me puedo consi­derar "rehabilitada".

 

Ahora bien, independientemente de lo que opinen los demás. ¿Qué piensa cada uno de los que se comen las uñas? ¿Por qué lo hacen? ¿En qué momentos? ¿Saben qué los empuja a hacerlo? Yo, hace muy poco, analicé la situación y me di cuenta de que no me como las uñas por estar nerviosa de algo que vaya a suceder, sino como una recriminación de algo que hice o dejé de hacer, algo que dije o debía de haber dicho, por haber hecho tal cosa o por no haberla hecho.

 

Si ese es el caso de otras personas, puede que tengamos remedio. ¿Cómo? Siendo menos severos con nosotros mismos. ¿No se ha fijado que muchas veces nos exigimos más de lo que seríamos capaces de exigirle a otra persona? Veámoslo de otra forma: si el asunto, de todos modos no tiene remedio, ¿para qué desquitarse con las pobres uñas? Y si tiene reme­dio, pues manos a la obra y no a la boca.

 

Eso es lo que hay que hacer de ahora en adelante para que ya no suceda lo de esas ocasiones en que se arregla una muy bien y cree que no le falta detalle y se siente soñada, para que de pronto alguien descubra el secreto ese tan evidente, porque está en la punta de los dedos, y le diga a una en tono de reproche:

 

"¿Apoco te comes las uñas?".


 
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“Mamá decía…”:

3/XI/84

“Mamá decía…”

 

 

“El fruto del espíritu es amor, gozo, paz...." Ga. 5:22.

 

Es extraño decir "mamá decía…" Después de tantos años de citar­la con entusiasmo y decir "mamá dice..."; es casi sacrílego utili­zar el copretérito para referirse a mamá así como es casi irreverente hacer uso del verbo "morir" al hablar de ella. El verbo para mamá es "vivir", no "morir".

 

Mamá convirtió su vida en una cátedra del "buen vivir". Supo dis­frutar de las pequeñas cosas y alzarse ante las grandes penas. Se enfrentaba con alegría a este reto cotidiano que es el vivir y daba gracias a Dios cada mañana por el regalo grandioso de un nuevo día: "Todas las mañanas, al despertar, pienso qué maravilla es vivir un día más".

 

Mucho le preguntaban a mamá el secreto de su longevidad, de su prodi­giosa salud y de su asombroso buen humor. Mamá decía que lo que ella consideraba un factor determinante para tener una actitud alegre hacia la vida era haber tenido una infancia feliz. "Si una persona, como es mi caso, fue feliz de niña, tiene más fuer­zas para soportar los golpes de la vida y uña dosis mayor de alegría".

 

Una cosa que aconsejaba mamá era realizar las cosas buenas y agradables y empequeñecer las malas y moles­tas, tanto en las personas como en los sucesos. Cuando conocía a una per­sona, le buscaba alguna cualidad hasta encontrarla: "¡Qué bonitos ojos tiene ésta muchacha! ¿Verdad hija?" o "¡Qué hermoso pelo!" o "¡Qué buen cutis!" Yo no siempre veía los ojos tan bonitos o el pelo tal hermoso como lo veía ella. Lo más admirable de esta faceta del carácter de mamá era su afán por encontrarles aspectos positi­vos a las personas.

Sobre los sucesos, cuando se tra­taba de algo molesto, decía que había que hacer todo lo posible por hacerlo a un lado, olvidarlo, y cuando era algo doloroso decía que había que tratar de sobreponerse: "No es bueno rumiar las penas, no se gana nada, lo único que saca la gente es mortifi­carse más".

 

Mamá abogaba mucho por el cui­dado en el arreglo personal. Decía el refrán ese de "mujer compuesta quita al marido de la otra puerta". Ella nunca salía de su recámara sin peinarse, ni a la calle sin ir perfectamente bien arreglada.

 

Mamá fue una admiradora de las bellezas naturales. Salir con ella era tomar consciencia de las bellezas inesperadas que se pueden encontrar casi en cualquier lugar: "Mira, hija, qué precioso se ve ese árbol, lleno de follaje", o "fíjate en éstas florecitas silvestres, no por humildes dejan de ser hermosas". Disfrutaba, enormemente de los viajes, reteniendo en la memoria las imágenes de los lugares que conocía. Le molestaba que algu­nas personas, cuando ella regresaba, se interesaran, más por saber qué había comido durante el recorrido. "¿Por qué le dan tanta importancia a la comida? Lo interesante es conocer nuevos lugares". Su opinión con respecto a la comida es muy explicable pues, era muy parca para comer. Jamás mostró, ante un platillo, el entusiasmo desbordante que demostraba, por ejemplo, ante una flor.

 

Mamá amaba la paz y ponía los medios a su alcance para lograrla. Decía que cuando era jovencita, su mamá le había dicho: "Hija, tú puedes vivir entre herejes".

 

Aparte de sus hijos, su mayor orgu­llo era su salud. "Nunca en mi vida me he enfermado, nunca me ha dado una calenturita, ni un dolor de cabeza, nada. ¿No te parece raro?" Con respecto a esto, mamá decía que muchas de las enfermedades se gene­ran en la mente, que si se piensa que uno no se quiere enfermar, se enferma menos. Decía: "A mí no me gusta ni hablar de enfermedades. Es un tema muy aburrido". El caso es que la vida de mamá fue un himno a la vida. Ella acarició a la vida y la vida, a su vez, la acarició a ella. A su pasó sembró y cosechó amor y les legó a sus hijos y nietos enseñanzas fincadas no sólo en el ejemplo sino a través de lo mucho que mamá decía.


 
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¡Qué cosas!:

12/II/85

¡Qué cosas!

"Cosas que suceden, que suelan pasar, cosas que ni el alma se puede explicar…"

 

Cosa no es una palabra bonita pero debemos admitir que es una especie de comodín en nuestra lengua. Tiene una gran mul­tiplicidad de usos. La utilizamos para designar objetos, acciones, sucesos, personas y hasta estados anímicos.

 

Son incontables los objetos a los que podemos referirnos con la palabra "cosa". Para muebles: "Hay que qui­tar esa cosa de allí". Para ropa: "No sé qué cosa ponerme". Para efectos per­sonales en general: "Que nadie toque mis cosas". Para acciones: "¿qué cosa le hiciste al niño?". Para sucesos: "Me pasó una cosa increíble". Para reve­lar sorpresa: "¡Qué cosa!" Para algo extraordinario: "¡Es una cosa nunca vista!" Para lo contrario: "No es cosa del otro mundo". Para lecturas ''¿Qué cosa estás leyendo ahora?" Para enfermedades: "Tiene una cosa muy rara". Para medicinas: "¡Qué fea sabe esta cosa!".

 

"Cosa" suple también el uso de cerca de o poco más o menos: "Hará cosa de media hora que se fue". Para indicar un estado de ánimo de morti­ficación o de pena: "Me da cosa". Como expresión cariñosa a las perso­nas: ¡Qué cosa tan hermosa!" Para referirse a actos verbales: "Es muy rara, dice cada cosa..." Para pensa­mientos: "Las cosas que se le ocurren a una..."

Usamos "cosas" para hablar de determinada situación: "La cosa está que arde". Para un asunto: "Se trata de una cosa muy delicada". Para cuestiones: "La cosa es ver si te con­viene aceptar". Para agrupar multiplicidad de vivencias y sentimientos: "¡Qué cosas tiene la vida!". Además, es una palabra muy cómoda cuando se nos olvida el nombre de algo: he aquí una conversación entre dos ami­gas mías: "Mi suegro tiene esa cosa del azúcar... ¿Cómo se llama?".

—Irigenio.

—No, diabetes, contestó la otra tristemente.

 

En expresiones coloquiales se usa para una persona que se subestima: "Es muy poquita cosa". Al contrario, para alguien que se da mucha impor­tancia: "Se cree la gran cosa". Cuando se actúa con disimulo: "Como quien no quiere la cosa". Para algo que es falso: "No hay tal cosa". Para indicar prevención: "No sea cosa que te descubran". Para algo que consideramos solo de nuestro interés o incumbencia: "Eso es cosa mía".

 

Por supuesto, la palabra "cosa" abunda también en dichos y cancio­nes populares como: "Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar" y "... solo falta allí una cosa que muy pronto ya tendré, como estoy recién casado, adivíneme lo que es... Rancho alegre..."

 

"Cosa" viene del latín causa y está definida en un diccionario como "todo lo que tiene entidad, ya sea espiritual o corporal, natural o artificial, real o abstracta". El caso es que los humanos vivimos rodeados de cosas (objetos) que se vuelven indis­pensables para nosotros. Entre más elevado es el nivel económico, mayor es el número de cosas que se requie­ren. Las cosas se convierten en una especie de barómetro que registra el buen gusto y el estado financiero de su dueño: "Se viste muy bien, tiene unas cosas lindas". “Se rodea de puras cosas finísimas”. Las cosas cobran tal importancia que a ellas dedicamos gran parte de nuestro tiempo, en buscarlas, comprarlas y mantenerlas en buen estado. Llega a tal grado la asociación cosa-persona que hay un dicho que reza: "Todas las cosas se parecen a su dueño".

 

De pequeños, los niños creen que sus cosas son una extensión de sí mis­mos, por eso el niño llora si alguien le pega a su osito o a algún otro de sus juguetes. La gente, muchas veces, suele cobrarle afecto a sus cosas ya sea por su utilidad o simplemente por su presencia que hace agradable su entorno porque son representativas de algo o de alguien. Hay personas que hasta dejan instrucciones para que alguna cosa, muy cercana a su corazón, sea enterrada con ellos.

 

En fin, la cosa es que las cosas, aún siendo inanimadas, tienen un lugar preponderante en nuestras vidas. ¡Qué cosa! ¿Verdad?


 
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Todo por un Peso:

 

19/II/84

Todo por un peso

 

 

El sistema colectivo Metro es, sin duda alguna, un gran auxiliar de los capitalinos; es rápido, eficaz y, desde luego, muy económico. Yo pocas veces hago uso de este medio para transportarme, pero reconozco que en muchas ocasiones resulta mucho más conveniente que ningún otro. Hoy utilicé la línea tres para ir a la estación Balderas a la de Coyoacán, pasando por siete estaciones.

 

La estación Balderas por lo general está llena, a reventar, al llegar al andén, advertí un grupo de mujeres indígenas que de seguro visitaban la capital por primera vez. El color y la forma de sus atuendos me hizo pen­sar que eran chiapanecas. Las acom­pañaba un joven indígena quien, según su actitud un tanto protectora y como de guía, estaba iniciado ya en el ajetreo de la gran ciudad. Toda la gente veía al grupo con curiosidad y extrañeza, por supuesto más de lo que suelen mostrar ante un grupo de extranjeros europeos o norteameri­canos y las mujeres se veían temerosas y asustadas. Su estatura parecía encogerse más aún ante las miradas curiosas. Recordé que mamá decía de los indígenas: "Ellos son los verdaderos dueños del País, más que nadie, porque ellos estaban aquí antes de la llegada de los españoles".

 

Pensando eso, observé a las mujeres pero no parecían sentirse dueñas ni del País ni de nada, sino que daban la impresión de querer disculparse por estar ocupando un lugar en el andén y por atraer las miradas de tanto "meshica".

 

LLegó raudo el Metro y perdí a las mujeres con sus multicolores atuen­dos. Subí presurosa a un carro que iba lleno y me así al tubo con ambas manos. Junto a mí estaba parada una joven con el pelo chino alborotado y unos pantalones a rayas muy ajusta­dos. Con un equilibrio maravilloso, utilizó ambos manos para proceder a maquillarse, yo temía que en un frenón cayera sobre mí pero en la siguiente estación se desocuparon unos asientos y ambas nos sentamos.

 

Mientras yo, con mis ojos de viajera del Metro poco experta, me dediqué a observar a la gente, la niña siguió maquillándose. Subió una muchachita que vendía agujas americanas de "falluca" a cien pesos el paquetito. No sé cómo le hacen para vender la "falluca" tan barata. Después de ella, pasó un hombre: "Perdonen la molestia, señores pasajeros, soy de la huelga de Refrescos Pascual, bla, bla, bla". La verdad es que la gente ya está cansada de que "boteen" los de los Refrescos Pascual y pocas personas le dieron dinero.

 

Luego subió un hombre que vendía un folletito con chistes picantes que estuve a punto de comprar pero me contuve pensando en “qué dirán” los del Metro si lo compro.

 

Una niña pasó vendiendo pastillas salvavidas a veinte pesos el tubito; se me hicieron muy baratas y compré dos. Últimamente oscilo entre estos dos extremos: las cosas se me hacen horriblemente caras o, en vista de la tremenda carestía, muy baratas.

 

El carro seguía bastante lleno; subió un cieguito a cantar acompañado por un niño; aunque cantaba bastante feo, ése sí recogió dinero. La mucha­cha se acabó de maquillar; no era bonita, pero tenía el encanto de la juventud y se veía segura de sí misma, casi desafiante, bajó en !a estación Zapata con su bagaje de ilu­siones y un libro "Cómo hacer teatro" en la mano.

 

El Metro llegó a Coyoacán, que era mi destino y me bajé pensando cuánto había recibido por un peso.


 
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